martes, enero 23, 2007

Para una precaria teoría de la sexualidad

En la doctrina del esquematismo de Kant, el filósofo de Königsberg trata de encontrar el principio que unificaría las formas de la sensibilidad y las formas del entendimiento, y cree hallarlo en el tiempo; el tiempo sería el eslabón perdido que permitiría comprender cómo es posible la síntesis entre el mundo sensible y el mundo inteligible.

Sin embargo, yo veo en la sexualidad un candidato a la síntesis mucho más aventajado que el tiempo. Algunos dicen que Freud nunca llegó a entender en qué residía la sexualidad; pero bien mirado, el sexo es el punto de encuentro entre la sensibilidad, aportada por la carne en cuanto materia, y el pensamiento, en cuanto suposición por parte del sujeto de la intencionalidad del individuo deseado.

En toda la experiencia satisfactoria de la sexualidad, y sobretodo en la perversión, el mecanismo reside siempre en la facultad de suponer las intenciones del amante; en función de tales intenciones, acciones y pasiones, será posible o no el placer. En la perversión, la intención cobra un aspecto de mayor importancia. Se puede decir que en este caso, el componente inteligible es aún mayor que el sensible.

El otro elemento que constituye la sexualidad como punto de atracción es la carne, como materia. Lo que anima el cuerpo es en este caso la forma o la voluntad, la intención que, por decirlo así, se adueña de él. Así es como Tales creyó que todo objeto físico se movía por una especie de alma inscrito en él. (hilemorfismo).
Por sí solo, el cuerpo es carne insustancial, materia inerte, nada. Es por eso por lo que el aspecto propio de la sexualidad no puede residir en una natural atracción sin más del cuerpo, sino que ésta se halla mediada por el carácter de la intención humana.

Mediante esta reflexión se puede comprender la sexualidad como el centro de la convergencia entre ámbitos absolutamente irreconciliables. La sexualidad es un punto de convergencia en el que esos ámbitos quedan diluidos, y por eso ella misma es incomprensible. Lo paradójico en la sexualidad es esa mezcla entre lo intencional y lo puramente sensible.
Pareciera que se rompe lo sagrado con la sexualidad desde el momento en que se mezcla lo inteligible con lo puramente carnal. Como si la contaminación de lo inteligible en lo carnal, como si su apropiación perversa fuera ya un motivo de excitación, una excitación naturalmente de carácter perverso.

La perversión sólo surge como contacto de lo sagrado con el pecado, de lo inteligible con lo sensible, de lo eterno con lo corruptible. No hay perversión en los animales, pues no existe en ellos la heterogeneidad entre tales elementos. Sin sacramento no hay perversión. Los animales practican un sexo “natural” porque no existe en ellos la condición de la mezcla que provoque un deseo de trasgresión, que sería el móvil o causa propia de la excitación sexual humana.

Una vez expuesta semejante hipótesis con total conciencia de estar navegando en aguas incontroladas, y además con la despreocupación propia del cínico, cabe volver a mirar los ojos acerca de esa enigmaticidad que constituye nuestra propia sexualidad, a modo de posible y precaria conclusión.

Si el origen de la filosofía es el asombro, no cabe duda que la sexualidad tiene que tener un punto de capital importancia en esta disciplina. Y quizás sea porque ella misma es el punto de rotación en el que confluyen los elementos heterogéneos que caracterizan toda la filosofía tradicional. El pensamiento pone en el cuerpo un principio ajeno. Es la perversión natural de la sexualidad.

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