sábado, noviembre 17, 2012

Acción y "cuestión social"


La acción es un elemento constitutivo de nuestra humanidad. Dicho al contrario: la inactividad, el ascetismo, la abstención, son fórmulas todas de una privación que en cuanto tal, resulta negación de nuestra constitución, rechazo determinado a las determinaciones por las que existimos. La experiencia ascética, una manifestación de esta actitud, que rechaza el mundo, que niega la participación en el mundo, implica la renuncia a esta parte de la humanidad que nos une al mundo como el embrión al útero de la madre: la actitud ascética es, en general, limitación en cuanto negación, por tanto, realización infructuosa, frustración.

En un pasaje de su Testamento, Rilke llama a la actitud ascética “cobardía de la fructificación”. En el asceta se niega el fruto, por tanto, también la palabra, en la medida en que la palabra es un fruto de la actividad intelectual humana. En lugar de ello, se eleva el silencio a categoría moral y ontológica, como modo ético del comportamiento humano y también como modo cognoscitivo, en cuanto el silencio es también superación de la palabra, acercamiento al absoluto. Esta actitud vital, modelo de existencia y patrón moral y de conocimiento era extraña al espíritu de Aristóteles. Para el estagirita, “ Quien no necesita o prescinde de la ciudad es una bestia o un dios”. El ascetismo -ya sea en sus manifestaciones filosóficas, como en los epicúreos, que vivían al margen de la ciudad, o como en las primeros monacatos de Egipto- supera por lo alto el nivel ontológico del ciudadano, al acercarse al dios, es decir, al extremar la posición que el hombre tiene en tanto ciudadano en su relación con el cosmos y los prágmata, los asuntos humanos. 

Por ello mismo, no puede considerarse la actitud del asceta, de aquel que se comunica en silencio y soledad con los dioses a través de los ritos y el silencio, como un hombre que trata de reducir a lo esencial su ser, purificándose de lo exterior, cuanto un hombre que lleva a cabo una especie de hybris invertida: al pretender superar su condición constitutiva mediante su renuncia a realizarla, el asceta se coloca en el lado de los dioses- como el cínico, al estilo de Diógenes, se había colocado en el lado opuesto, el de las bestias-. En efecto, el asceta niega su condición no para rebajarse a lo esencial- como cree- sino para superar esa condición, cometiendo de este modo un acto claro de hybris, que niega en lo fundamental su aspiración a la humildad y al despojamiento de sí mismo.

Esto último nos debería indicar, en efecto, el lugar propio de nuestro ser en el mundo a la vez que el lugar que la acción en el mundo ocuparía con respecto de aquel lugar ontológico. Luego de la modernidad filosófica, que nos separa para siempre del espíritu griego y sus condiciones particulares, la respuesta a la pregunta sobre el lugar que ocupa la acción en la productividad de la subjetividad humana se vuelve más compleja a la vez que necesaria; cuando la democracia deja de constituir un recinto cercano y común en el que la carne del ciudadano participa directamente, transformándose por el contrario en un procedimiento abstracto, lejano e indirecto, la pregunta sobre la acción y sus posibilidades se torna urgente e inevitable. Hay que esperar a Marx para invertir siglos de filosofía en los que la acción se había circunscrito a la moral interna o a los procesos subjetivos para traer de nuevo a la escena la acción del sujeto sobre su mundo, que se había roto después de los procesos de modernización y emancipación burgueses. En definitiva, se trata de vincular de nuevo el mundo a un sujeto que lo ha perdido, que no se entiende con él, que lo considera extraño. La Entfremdung, el proceso de extrañamiento, no es otra cosa sino eso: lo que constata la pérdida del mundo en relación con el sujeto. Hoy la pregunta por la acción vuelve a ser necesaria, toda vez que en ello se juega también el destino de nuestra propia condición humana.

Si de lo que se trata es, como pensaba Nietzsche, de “llegar a ser lo que somos”, recordando la máxima pindárica, la reconsideración de la acción y de los lugares que el mundo nos ofrece para llevarla a cabo es vital. No se trata, en todo caso, y según una formulación liberal moderna, de “estar concienciado con los problemas de la sociedad”, o de ser un “activista social”, sino de comprender que ese tipo de compromiso es consustancial a nuestra condición vital básica, en cuanto afecta a la relación entre nuestro yo y el mundo que le da cobijo. Tampoco se trata de “traer el paraíso a la tierra”, como denuncian los críticos del marxismo, cuanto adoptar el principio aristotélico que nos lleva a realizar nuestra condición, no a superarla mediante la negación- ascetismo- o a negarla simplemente -como en el individualismo moderno-.

La cuestión “social” es algo más que un compromiso moral o ético con nuestra sociedad; se trata, en suma, de la cuestión que nos une al mundo al que pertenecemos; que convierte nuestros actos y nuestros pensamientos en algo más que en un abstruso laberinto por los recintos cerrados de nuestra subjetividad, y que nos abre, de forma dialéctica y solidaria, a la realidad exterior, a ese mundo no regido por ninguna exterioridad metafísica o trascendente, sino -y a pesar de muchos- por nuestras fuerzas activas, sean estas conscientes o inconscientes.





lunes, noviembre 12, 2012

Expresiones obsesivas. A propósito de la XI tesis sobre Feuerbach.


Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert, es kömmt darauf an, sie zu verändern, frase más conocida como “Los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo, lo que hay que hacer es cambiarlo”, podría ser una de esas frases obsesivas, que no se pueden pensar de una vez sin que retornen de nuevo alguna otra vez, porque por sí mismas sintetizan grandes problemas o grandes cambios en la historia de los problemas y las ideas, por tanto, también en la historia misma. A Jünger le causaba gran turbación la primera frase de San Pablo a los Corintios, “Ahora vemos por espejo, oscuramente, pero entonces veremos cara a cara”. Son oraciones alrededor de las cuales puede girar una vida pensante entera; expresiones cuasi-definitivas, mágicas, que hipnotizan a los pensadores, aunque también las oraciones pueden condensarse en palabras simples o expresiones: lo hemos visto con el Ser en Heidegger o con el Hen Kai Pan de Lessing. La frase de Marx es doblemente provocativa, además de ambigua. Provocativa porque parece fulminar de una vez todo el trabajo anterior de los filósofos, como si éstos hubieran estado en las nubes o en algún otro lugar absurdo, y de pronto esta verdad se hiciera clara: parece que nadie se dio cuenta antes de este simple hecho: que los filósofos buscaban la verdad de forma obsesiva sin caer en que la transformación del mundo formaba parte de la verdad; que la verdad no era algo ajeno a las transformaciones del ser en la historia; que el trabajo vivo y las condiciones materiales de la existencia estaban en la base de toda formulación filosófica. Semejante hecho parece banal una vez constatado; pero según Marx, se han necesitado muchos siglos para que esto llegara a hacerse consciente. 

La frase es también ambigua, como dijimos al principio. La primera parte nos dice que “los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo”, pero la segunda no nos dice: “lo que tienen que hacer es transformarlo”, sino que “lo que hay que hacer es transformarlo”. Es obvio que el sujeto de la transformación no es el filósofo, sino el proletariado. Mas la frase parece formulada de manera que parezca que el filósofo no ha cumplido con su misión. Por una parte, los filósofos interpretando el mundo; por otra parte, la urgencia, lo que hay que hacer, “de lo que se trata” que es transformarlo. Por tanto, el sujeto de una parte de la expresión es distinto al de la otra parte, y sin embargo, se logra proyectar sobre el primero una responsabilidad evidente: la frase nos viene a decir, en efecto, que “los filósofos deberían haber transformado el mundo”. Es chocante que en realidad no sea ésta la idea de la frase, pues se exime a los filósofos de toda responsabilidad en la tarea de transformar al mundo: de otro modo, se hubiera precisado que “lo que los filósofos tienen que hacer es transformar el mundo”, cosa que vemos, no sucede. ¿Cómo explicar esta ambigüedad? ¿Qué quiere decir en verdad la frase?  

Tal ambigüedad no puede comprenderse sin ir al origen del problema, y el problema es filosófico. La salida de Marx es aparentemente extra-filosófica: “hay que superar a los filósofos: lo que ellos querían resolver se logra de otra manera”: esta podría ser otra traducción de la expresión. Pero aquí la cosa parece más clara: en efecto, lo que Marx pretendería, según esta versión de la expresión, sería resolver lo que los filósofos han tratado de resolver, mas de forma ineficaz, puesto que solo se dedicaban a “interpretar”; aquí estamos ya muy lejos de la pretensión de pensar esta frase como una salida extra-filosófica, a la manera de “la filosofía es un error, hay que hacer esta otra cosa”; no, lo que plantearía semejante interpretación sería una resolución en otros términos de un mismo problema, un problema filosófico. De otro modo no se comprendería la apelación a la labor filosófica. La ambigüedad de la frase reside en la postura revolucionaria que permite la utilización de la contradicción para desbrozar el ser, para abrir el camino; en esta frase obsesiva, en este dictum de la era moderna, Marx exhibe aquí la dialéctica como herramienta del modo más efectivo, revolucionario y provocador: es por eso que esta expresión no solo nos informa del método dialéctico, sino que ella misma nos muestra cómo funciona en vivo este método: la dialéctica no se distingue de su movimiento, la dialéctica es el movimiento.

Dicho de otra forma, Marx no se limita a eliminar la filosofía, a amputar la función de la filosofía; era demasiado hegeliano para hacerlo. Marx no podría portarse como Wittgenstein- kantiano él- quien, precisamente al hacer brechas profundas entre distintos segmentos de la realidad, se veía obligado a establecer antinomias infinitas, intocables entre sí. El método de Marx no significa una huida de la filosofía, sino una profundización en la filosofía a través de su superación: solo de ese modo se logra la síntesis dialéctica. La razón del escándalo que produce la expresión de Marx reside en esta dislocación que permite lograr el objetivo filosófico mediante métodos que están más allá de lo filosófico mismo, no negando lo filosófico como tal, sino realizándolo en su otredad y por tanto, alcanzando la exterioridad del concepto en cuanto justicia misma del concepto. Los filósofos no transforman la sociedad, puesto que los filósofos deben hacer lo que han hecho a lo largo de la historia: pensar e interpretar el mundo. Solo el proletariado, solo el heredero legítimo de la filosofía, puede, en su calidad de extranjero, realizar el verdadero concepto que le esta vedado al filósofo. Es así como el proletario en cuanto hijo completa la obra del filósofo en cuanto que padre.






miércoles, noviembre 07, 2012

Pensamiento chemtrail


Ya es oficial. La constitución de un nuevo conocimiento popular está en marcha. Ese conocimiento podría llamarse conocimiento conspirativo, y no se trata solo de un fenómeno marginal. Los eruditos y filósofos suelen despacharlo con rapidez- si es que acaso se detienen un segundo a analizarlo- pero siquiera un temperamento sociológico vulgar podría descartar el levantamiento de acta de un acontecimiento cuanto menos preocupante. Ya se trate de extraterrestres que ocupan puestos de poder en el llamado Nuevo Orden Mundial, ya se trate de fumigaciones descaradas sobre la población -los llamados chemtrails-, o el aparente descubrimiento de que la tierra es hueca en realidad, el caso es que toda una serie de fenómenos comienzan a ser interpretados, por bastantes personas, en un sentido abiertamente paranoico. ¿Por qué sucede todo esto? Aquí solo podemos sugerir hipótesis. En todo caso, hay pistas que nos inducen a pensar que detrás de estos fenómenos de opinión- marginal hoy, mañana quién sabe- existen una serie de acontecimientos que, si bien no podemos considerar como sus auténticas causas, podrían ir parejos con aquellos fenómenos o explicarlos en parte. Esos acontecimientos obedecen también a razones filosóficas.

En primer lugar, podríamos avanzar, como primera hipótesis explicativa, la destrucción de las barreras al poder global. Antes de la caída de la Unión Sovíética, existía un límite garantizado al poder omnívoro de cualquiera de las potencias en pugna. La destrucción de ese límite se pagaba con el riesgo de un holocausto nuclear. Tras la destrucción de todo límite que hiciera frente al imperio capitalista, su poder se ha difuminado por todo el globo, llegando a todos los extremos de la tierra. Si bien es cierto que en general esa expansión se ha logrado sin traumas físicos -al menos en la sociedad occidental- el sujeto se ha visto psicológicamente forzado a decidir: si renuncia al envite del sistema, pagará con su salud mental, pues no podrá acogerse a otro modelo social, político y vital que le ofrezca un modo distinto de comprender y organizar su propia vida. El actual renacimiento de las teorías conspirativas podría ir en esa dirección.

La segunda razón es solidaria de la primera. La expansión del poder capitalista a lo largo y ancho del globo no ha sido respondida con la misma intensidad por un contrapoder constituyente suficientemente eficaz como para crear una hegemonía alternativa. De hecho, la subjetividad social ha permanecido, hasta el momento, fragmentada atómicamente en subjetividades individuales, aisladas. Cuando se ha unido en forma de colectivos de resistencia, no ha podido, sin embargo, exportar tal experiencia al conjunto de la sociedad- por distintos que sean los motivos-. El aislamiento del individuo atomizado, incapaz de reproducirse exitosamente en una colectividad o en una sociedad, lo ha conducido a producir sus propias teorías, a levantar una hegemonía individualizada con la que protegerse del riesgo enemigo global. La incapacidad por parte de la sociedad resistente a la hora de crear una hegemonía capaz de defenderse intelectual, política y socialmente a la agresividad del neoliberalismo estadounidense, ha permitido la construcción de un individuo solitario y aislado, que percibe la omnipotencia del poder como una amenaza para su integridad física y psicológica. La incoherencia generalizada de las ideas conspiranoicas, superpuestas unas a otras sin un mínimo de unidad, puede dar razón de esta hipótesis. 

De todos modos, faltaría por dar cuenta del temor que vertebra toda teoría conspirativa. Hay en todas ellas la idea de que un agente externo planifica con una maldad inusitada una serie de objetivos y proyectos oscuros en los que el individuo en particular y la sociedad civil en general hacen de medios o de víctimas. El sujeto paranoico da por supuesto en todo caso que la última intención de su enemigo es destruirlo a él en base a lograr un interés egoísta, por ejemplo, lograr el poder del mundo entero o hacerse con las riquezas de toda la población. Lo cierto es que esto es verdad. Los administradores del poder de este mundo no han hecho otra cosa distinta a lo largo de la historia. La única diferencia con respecto de nuestro momento actual es que las antiguas justificaciones han dejado de surtir efecto y ahora el interés se abre paso de forma descarada sin necesidad alguna de legitimación. Mediante la apelación a Dios en la Edad Media y mediante la apelación al progreso y la emancipación en la Edad Moderna, lo cierto es que estos relatos de legitimación no solo colocaban un velo sobre los actos más inmorales de aquellos que ostentaban el poder, sino que además servían de consuelo metafísico para las almas de los subyugados. Dado que hoy no hay relato alguno con el cual justificar la inmoralidad flagrante de los poderosos, tampoco hay consuelo alguno para los oprimidos. El pensamiento conspirativo sospecha de las intenciones de los poderosos, y con razón. Dado que no existe ningún freno político ni moral para las acciones de aquellos que gobiernan el Nuevo Orden Mundial, es lógico pensar que serán capaces de todo: eso incluye, por supuesto, fumigar a la población a plena luz del día o permitir que los extraterrestres ocupen puestos importantes en la administración del estado.

Hay una razón más que podríamos añadir a las expuestas. La cabeza de la serpiente hegemónica hoy en día es difusa. La globalización tiene, por supuesto, sus núcleos de irradiación, pero la responsabilidad última del estado de cosas mundial está evaporada. La sociedad en red no solo beneficia a los procesos de informatización, sino a la distribución en red del poder. No sabemos si quienes gobiernan en última instancia son los políticos, las grandes corporaciones o un grupo de iluminados- los Iluminati- que saben muy bien hacia dónde camina la humanidad. No hay sujeto constituyente de resistencia, pero tampoco sabemos muy bien dónde situar el sujeto constituyente de poder. Puede estar en todas partes, también encima de nuestra casa, acechándonos. Lo que está claro es que todos los motivos expuestos promueven un modo de pensar esquizofrénico, paranoico en suma. Debemos rezar para que el éxodo antropológico del que hablan Negri y Hardt en su brillante Imperio no sea el camino de la psicosis paranoica, de la desconfianza. Y en último término, ¿Quién sabe si tanta locura no sea la consecuencia de que nuestros gobiernos estén fumigándonos mediante chemtrails arrojados desde el aire?