martes, enero 30, 2007

Herejes e inquisidores

Es una lástima que se hayan perdido los fragmentos escritos de Protágoras. Un proceso de impiedad le llevó a abandonar una Atenas contaminada por el dogmatismo de las religiones mistéricas. Su gran acusador, Platón, tampoco hizo mucho porque sus teorías llegaran a oídos de las siguientes generaciones. Al contario, podemos decir que fue su auténtico inquisidor.

Protágoras es uno de los inventores de la antilógica. La acusación tradicional de que los sofistas sólamente se ocupaban de cuestiones relacionadas con la oratoria y el arte de saber convencer, en detrimento de la verdadera areté que proporcionaría el conocimiento de la dialéctica, es sólo una artimaña sofística de Platón.


En realidad, Protágoras tenía su propia forma de concebir la ontología. Quizás fuese el primero que se dio cuenta de lo que sólo mucho más tarde los escépticos iban a poner en práctica, a saber: el axioma de que a todo razonamiento se le puede oponer uno con la misma potencia y validez. Comprendiendo esta gran verdad, para Protágoras quedaba ya sellada la posibilidad del conocer. Con resignación y valentía, proclamó la relatividad de todas nuestras percepciones y se esforzó por lo que estaba al alcance del hombre real; su insistencia en el hombre ha llevado a llamar a la sofística la Ilustración del siglo V.

La otra acusación de Platón hacia Protágoras es la de erística; pero Platón, obsesionado por su Idea monotemática, quizás nunca llegó a comprender lo que implicaba la democracia. La sofística no era cínica; comprendiendo que era imposible alcanzar un conocimiento de la ciencia en asuntos de la política, Protágoras se resignó a fabricar buenos oradores, expertos en el arte de la palabra. Con ello se abría paso a una contradicción en el seno puro de la democracia: pues la democracia lleva en sí misma la potencialidad de su propia incompatibilidad.

La erística es sólo, en definitiva, una consecuencia de la democracia. Los sofistas se dieron cuenta de que el terreno del logos era el terreno de la confrontación. Mancillar al prójimo era solo una de sus máscaras, un elemento que surgiría tarde o temprano; la diatriba, la disputa, la confrontación agresiva, marcan toda la historia del pensamiento. Sería absurdo proponer ejemplos, están por doquier. El amor a una idea es directamente proporcional al odio del que sostiene su contraria. La democracia, por tanto, como espacio de comunicación y diálogo, se revela un disparate.

Sólo alguien extremadamente cínico podría seguir afirmando que sostiene sus ideas porque está convencido de su verdad; la humildad, el carácter de realidad de una idea o una convicción, no se forma por su adecuación a un modelo de verdad, sino que cobra su valor en virtud del pathos del individuo que la defiende.
Es preciso elaborar una teoría de la pasión del argumento. La auténtica verdad, el auténtico criterio de un pensamiento debe ser el grado de implicación con el que lo defendemos. El valor reside ahora en la fuerza, en el compromiso con un argumento que sabemos de antemano elegido ideológicamente por nosotros. No hay vuelta atrás desde el momento en que hemos comprendido los subterfugios de la antilógica. Todo esto no revela poco, sino mucho: el espíritu pasional y la nobleza de un hombre, que se miden más por su esfuerzo y coherencia que por la difícil, cuando no imposible, comprobación de la verdad de lo que piensa.

En definitiva, defender un argumento en cuanto que elegido por mí, preferido por mí, demuestra que yo no estoy subyugado a una idea, sino que la idea sirve para mi propio beneficio, para mostrar la composición de mi espíritu. Quizás haya alguien que considere esta actitud cínica; es, sin embargo, un cinismo que tiene un fundamento mayor, a saber, el de que es imposible obtener una ciencia de una serie de juicios de los que no podemos escaparnos, a no ser en la forma del escepticismo callado, silencioso.

Pero no siempre se pueden callar las cosas. Hay momentos en que, independientemente de que sepamos la veracidad de una causa, hay que defenderla. Esta implicación irracional del juicio en
los asuntos de la vida muestra otra vez el carácter de la existencia y su inadecuación con la verdad. La ética del cínico no es, de este modo, un cinismo malévolo, sino el resultado de aceptar de buen grado la configuración de las cosas, en su irracionalidad, vitalidad y totalidad.

Protágoras dejó este mundo conociendo algo que inquietaría toda la vida a Platón. El ateniense que acusaba al de Ábdera por erístico era a su vez un tremendo dogmático que ejercía a su manera el arte de la acusación. Hay que perdonarle; Platón se valora más por su pasión en la búsqueda de la verdad que por su método. Su chivo expiatorio abandonaba Atenas en mitad de un pueblo vencido por la locura religiosa. Y, paradójicamente, fallecía en esa misma huida, náufrago en las aguas griegas. Sin duda, todo un castigo de los dioses.

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