domingo, mayo 19, 2013

¿Dialéctica o representatividad? La izquierda y los movimientos sociales.



En una situación de crisis- institucional, económica, política- no cesan las voces que, desde la perspectiva de la democracia burguesa, exigen una nueva alianza entre la política institucional y la masa crítica, desplegada a lo largo y ancho del espectro heterogéneo de los movimientos sociales. Hablo, por supuesto, de la socialdemocracia- o lo que se dice tal- puesto que la derecha deja al margen de sus reflexiones los problemas de la comunicación entre masas, movimientos sociales y partidos, reduciendo esta cuestión a las votaciones rutinarias en las urnas cada cuatro años. Mas para la socialdemocracia y para la izquierda en general es inevitable que exista una problemática cifrada en la existencia o inexistencia de una serie de canales comunicacionales que permitan una relación productiva entre los movimientos sociales, entendidos como masa crítica, y el papel de los partidos en su actuación cotidiana y a medio y largo plazo.

Quizás esta cuestión no sea tan crucial para la socialdemocracia institucional, al menos en lo que respecta a aquello que se encuentra más allá de las consecuencias electorales inmediatas. Pero para la izquierda la atención a la relación entre las instituciones y los movimientos sociales que reclaman una serie de transformaciones esenciales para la democracia, no es una cuestión baladí o secundaria, sino que representa- debería representar- el núcleo mismo de su existencia, la tarea primordial de su programa. En efecto, en el nivel simbólico de la representatividad, la socialdemocracia solo debe atender a una coherencia meramente nominal, en la que basta con que las exigencias de esa masa crítica se vean más o menos gestionadas por una burocracia cuya existencia material se encuentra a otro nivel, en otro orden de necesidades con respecto de la masa que representa. Sin salir del nivel simbólico que exige la democracia representativa, la tensión o canalización de las relaciones entre partidos y masa votante se puede resolver atendiendo a un mínimo de exigencias concedidas por parte de la burocracia política, que no obstante permiten seguir manteniendo y promoviendo un abismo material entre la masa trabajadora y sus representantes políticos. Ahora bien, la cuestión es distinta para la izquierda y sobretodo para una izquierda que se autotitula partido de los trabajadores.

Pues eso debería ser un partido de izquierdas, un partido de trabajadores- algo simple y elemental, pero que en nuestro tiempo se ha vuelto un problema-. No un partido que representa a los trabajadores- propio de sistemas de representación- sino un partido en el que sea difícil trazar una diferencia esencial entre trabajadores, movimientos sociales, masa crítica y políticos en sentido propio. Aún con todos los defectos y problemas intrínsecos que se derivaron de ello, el conocido como alistamiento Lenin en la Unión Soviética, consistente en la incorporación al partido de 240,000 miembros nuevos con el objetivo de luchar contra la burocratización del partido, procedentes del proletariado y el campesinado, puede mostrarnos un ejemplo de cómo resolver de forma tajante esa dicotomía odiosa que se plantea- y no debería plantearse- en el seno de la izquierda, a saber, cómo hacer de los partidos de izquierda unos partidos que representen el verdadero interés de los trabajadores, por una parte, y cómo relacionar a estos partidos con unos movimientos sociales que habitualmente se les adelantan en la vanguardia de las exigencias democráticas, políticas y sociales.

La tesis esencial que me gustaría mostrar aquí es esta: que el mero planteamiento de la existencia problemática de una distanciación entre los movimientos sociales y los partidos políticos de izquierda -junto con la exigencia de procedimientos para resolver esa dicotomía- es en sí misma la evidencia de una crisis fundamental en el interior propio de esos partidos. Plantear el problema en términos de representatividad es la mejor evidencia de que no funciona -y no puede funcionar- la relación entre movimientos sociales y partidos. Solo fuera de ese esquema es posible destruir esa dicotomía. Porque el esquema de representatividad establece una relación abstracta, nominal, entre una masa exterior a las instituciones y a menudo crítica con ellas, y una serie de supuestos representantes alejados de esa masa a través de un abismo. No se trata de equilibrar esa relación, sino de destruirla. Para ello, hay que alejarse del modelo representativo y ensayar un modelo dialéctico, en el que la política no sea sino el desarrollo natural de los movimientos sociales críticos, y los movimientos sociales críticos sean la argamasa con la que se funde el edificio del partido. Preguntarse en todo momento si esto es lo que sucede en las relaciones entre nuestros partidos y los movimientos sociales críticos puede ser la llave que nos permita averiguar donde nos encontramos, qué queremos y hacia donde vamos- y queremos ir-.