miércoles, enero 10, 2007

Lógica de los límites


La lógica de los límites parece haber querido establecer un mundo en el que no es posible lograr una cosmovisión, como acto de entendimiento, en el que el mismo órgano del ojo parece fracasar en el esfuerzo por determinar su objeto, y ha preferido ofrecernos un mundo siempre cambiante en el que estamos inmersos, atraídos por su gravedad insuperable.

Es en ese sentido que aparece el límite como lo únicamente discernible. El pensamiento se queda aquí otra vez un tanto limitado, en cuanto que queriendo discernir las cosas por su estructura lógica, muchas veces no logra llegar a determinar el ámbito propio en el que se mueve, creyendo hallarse en un lugar que en realidad no le corresponde.

Por otro lado, parece que no existe ese término medio que afianzaría la distancia entre dos ámbitos ontológicamente distintos (uso esta expresión en cuanto que la lógica misma es insuficiente, en cuanto que ella sola no es capaz de determinar el ámbito por hallarse siempre ya en uno preestablecido), que no existe una mediación sino un salto, un salto siempre incomprensible: el salto de aquello que de no ser pasa a ser, o de poseer una cualidad a alcanzar su contraria.

En efecto, no es discernible de forma lógica el paso del no-ser al ser. Pues para que algo llegue a ser, ha de haber sido ya. Por eso Parménides llega a la conclusión de que no puede existir algo así como el no ser, y acaba haciendo coincidir el ser con el pensar. Sin embargo, el devenir muestra que esto no es así, y que de hecho las cosas se estructuran mediante saltos lógicamente inexplicables.

La diferencia entre lo meramente lógico y lo ontológico se establece por lo tanto como la diferencia entre lo que es susceptible de ser dividido por el entendimiento (lógica), y lo que, más allá del entendimiento, es propiamente. Por supuesto, este ser tiene siempre prioridad sobre la lógica.
El filósofo que odia el pensamiento no deja sin embargo de relacionarse con él; su odio es lógico, no ontológico; subsiste una relación que intelectualmente está negada, pero que cae bajo un ámbito concreto y distinguible.

El límite por tanto no conforma la composición del objeto, pero divide a dos objetos distintos, los separa y los enfrenta, sin llegar a determinarlos por completo. Más bien pareciera que esas líneas existen como fronteras de territorios nunca concluidos e indeterminables, pero, en definitiva, de alguna forma existentes.

La incapacidad de abarcar ontológicamente ámbitos distintos es la que confirma el fracaso del entendimiento, y también la deficiencia de su luz: porque el entendimiento cree superar el ámbito en el que se encuentra solamente por medio de su propio ser, cuando no tiene en cuenta que existe una brecha en cuanto al ser que le limita con otros seres.

Esta obsesión por la pretensión ilegítima del entendimiento llevó a San Anselmo a derivar la existencia de Dios por su esencia; he aquí el caso más flagrante del peligro del pensar en su confianza extrema. No es posible escapar a esta lógica de los límites; siempre estaremos en tierra o mar, en el cielo o en el subsuelo, y nada cambiará ese hecho aún cuando podamos volar con la imaginación países inexistentes.

La comprensión podrá afirmar cuando en realidad no ha dejado de negar. Y esos límites también nos instalan en la deficiente vida comunicativa que nos lleva al extravío y a la incomprensión, en un mundo en el que creemos poder resolver conflictos mediante un diálogo en realidad inexistente.

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