lunes, enero 08, 2007

El horizonte inabarcable


El sentido no existe; insiste o subsiste en la proposición”. (Gilles Deleuze, Lógica del sentido).

A través de vías intransitables para nuestro entendimiento, a lo largo y ancho de una materia que escapa al tiempo y al espacio, se establecen conexiones eléctricas por donde fluye la luz del sentido, hacia algún nodo de conciencia perdido, oculto para el resto del mundo, el individuo humano.

La vida por lo tanto no puede tener un sentido; es más, ha de tener infinitos sentidos. Tratamos al enigma de la vida como un sujeto interlocutor, que estuviera dispuesto a ofrecernos sus joyas a cambio de algunos esfuerzos, o bien como algo que albergara una esencia iluminadora sobre su voluntad y destino.

Pero en cuanto caemos en la cuenta de que no existe un sujeto destinatario de la comprensión o del proyecto inherente al ser o a la vida, que el “hombre” se ha perdido hace ya mucho tiempo con la muerte del primer hombre, que al final nosotros mismos estamos escindidos tanto de nuestro prójimo como de nuestra alma por complejos túneles en los que la luz de la comprensión hace cabriolas con su cola, entendemos que tampoco puede existir un mensaje, si no existe el destinatario.
Que la Historia no es sino una abstracción, con la cual el ser mantiene la misma relación que el sujeto individual y perdido en su ignorancia. Que la memoria no camina largos paseos advirtiendo del sentido no hallado de su ser, que, en definitiva, no puede mantener un diálogo porque no existe un sujeto disponible para esa conversación.

En esa creación de sentidos y de comprensiones, cada hombre particular se maneja con la universalidad al mismo tiempo que con la particularidad que él conforma; la extensión del ser es, visto de esta forma, como una especie de horizonte inabarcable que se encuentra en cierta relación de sentido con el sujeto particular, pero que éste puede alcanzar en sus niveles máximos de generalidad.

La comprensión de tal ser no depende por tanto ni de grandes conocimientos, ni de ninguna cosa en concreto: porque la comprensión sólo existe como generalidad en lo dado en lo particular, por un lado, y porque esa comprensión no son sino ráfagas de sentido que configuran a su vez otros sentidos, pero no a la manera de un sentido absoluto desde el que emergieran, como rayos de luz, todos los posibles accidentes, sino como un verdadero ser escindido y absoluto en su absoluta determinación.

Aquí y allá se manifiestan sentidos continuamente, al ritmo cardíaco de la vida; sentidos que se rompen y se vuelven a formar, sentidos que mueren y que se pierden en el infinito; continuidades que se ocultan y vuelven a aparecer a la llamada correcta; hilos inconexos que toman su vuelo en la más oscura de las noches, y en fin, el mismo movimiento del ser que es capaz de recorrer lo más efímero y sutil de la textura de la vida al tiempo que lo más grave e inaccesible.

En la religión tenemos un modelo de esta capacidad de lo universal de plegarse en lo particular, que desmiente la idea de una sustancia única y al mismo tiempo un borroso panteísmo; Dios hecho hombre significa exactamente la extensión total de las donaciones del sentido; el ser es el horizonte total donde se albergan las posibilidades de esos sentidos; y el hombre es como una lente que sigue de lejos sus movimientos, reproduciéndolos a pequeña escala.

Los túneles que conforman los intrincados laberintos de todo lo que es y todo lo que vive albergan en su interior brotes de luz y de verdad, quizás temporales, quizás ilusorios, pero suficientes para la plenitud de un hombre débil y finito. Que en el entramado de esos túneles veamos una pequeña luz que parezca conformar un mundo es la máxima aspiración que, en este sentido, podríamos exigir a la idea de plenitud; lo que se nos aparezca será algo así como una revelación, pues es a fin de cuentas algo único que conforma mundos objetivos, a saber, los mundos de nuestra subjetividad que son objetos de hecho para un observador externo.

Se trata de la articulación del sentido, algo que es preferible no comprender, sino sólo intuir, y, quizás, dibujar: aquí el pensamiento tiene que ser un fino pincel que describa las manchas y sombras del camino de esa luz por los múltiples, infinitos túneles que conforman el mundo, las cosas y nosotros mismos. Todo un trabajo de artesanía.

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