martes, enero 09, 2007

Cuestiones de salud


Según Jean Améry, el estructuralismo destruyó la dignidad humana al diluir al sujeto, al hombre, en la estructura.
Quizás esta destrucción sea, no obstante, buena, positiva, si no moral, quizás sí sana. Desde luego que nunca se destruye el sujeto, y el mismo sujeto al trascender y olvidar su subjetividad no hace sino posponerla o cubrirla; pero ya que no nos es dada la posibilidad de destruir completamente nuestra subjetividad a no ser que destruyamos nuestra propia vida,si podemos olvidarla, habremos dado ya un gran paso.

Quizás debe morir el yo actual que somos para que nazca el nuevo que ya irrumpe: quizás el viejo desencantado que soy esté ya tanto tiempo convaleciente que sólo quede un espectro y no me haya enterado aún de su muerte. La subjetividad del escritor es la que hay que dilapidar, romperla en cuanto centro de atención: el yo no es objeto ni de conocimiento ni de felicidad; un “haz de percepciones”, dice Hume, un límite del mundo, confirma Wittgenstein, y como límite, fuera del mundo mismo.

Durante años he dado importancia a la introspección como posible camino hacia mi propio entendimiento: y sólo ahora, cuando la he arrojado al mar del olvido, es cuando me comprendo. Créanme, no existe ninguna utilidad en el principio socrático del conocimiento de uno mismo. No hay nada que conocer de uno, uno en sí ya está agotado por completo y satisfecho. La melancolía del solitario es propia de un exceso de egoísmo, de perpetuo replegarse sobre la propia imagen para adorarla y engrandecerla. Entendiendo que de aquí no se extrae una enseñanza moral y que moralmente no encuentro razones para preferir la virtud cristiana que el puro egoísmo, si comprendo que por lo menos es más sano su rechazo.

El escritor suele recluirse en sus propias experiencias y al final cae preso de su propio mundo, anegándose en la oscuridad. El poeta, al menos el poeta épico, el poeta que aún no conocía ese invento moderno de la subjetividad, que se diluía estructuralmente en su relato, ése si conocía mejor la salud. La subjetividad como principio de la modernidad señala por lo tanto una decadencia, una enfermedad, el principio de una ceguera inevitable.

Tantos años de introspección solo han servido de camino para negarla; mi esfuerzo se ha dado de golpes con la enfermedad; reconozco vivamente la locura en las formas de la interioridad; la sensibilidad como ideal, como manera de mantener la propia imagen idealizada de uno mismo, es ya un síntoma de locura. Partir del yo, ya sea empírico o trascendental, es una forma de levantar un altar a la subjetividad, una forma de justificar la individuación que es cada uno en el escenario indistinguible del devenir.

El ejercicio que se necesita aquí no es precisamente el de la sinceridad, sino el del puro cinismo: aquí hemos de creernos que es posible la alienación, que finalmente podemos huir de nuestra individuación. Hemos de creernos esto porque jamás podemos escapar a ella; por eso, si bien el yo no da la forma del conocimiento, tampoco es reprobable moral u ontológicamente: se trata, en definitiva, de una cuestión personal: la de determinar si queremos aferrarnos cada vez con mayor violencia a nuestros demonios o dejar que ellos caminen tranquilamente el escenario del gran mundo.

La alienación, desde este punto de vista, es positiva; conviene alejarnos de nosotros y encontrarnos de nuevo en el otro lado del espejo, pero ya lejos, olvidados de nuestra propia sensibilidad: ésta es la única forma sana de dirigirse, aunque no sea la más moral. Pues de nuevo quizás nunca podamos huir de nosotros, pero al menos podemos confundirnos en las sombras: y desde ellas obtendremos una visión más clara, más eficaz y más amplia de todo aquello en lo que estamos implicados.

1 comentario:

Oulu dijo...

La introspección es la salvación a este mundo que no deja de atormentarnos con sus exigencias.
El tenerse a uno mismo en contradicción constante es producto de una introspección que no es preciso abandonar, pero si pulir constantemente para que no resulte tan dañina que nos destruya. Quizás sea mejor ser un viejo desencantado, porque al final, no podemos despegarnos tan fácil de nosotros mismos, ni podemos dejar desvanecerse todo lo que nos lleva tanto tiempo a admitirnos egoistas y subjetivizar todo lo que sentimos.