martes, febrero 26, 2008

Saetas anti-académicas


Dado el carácter depresivo de nuestra época, tan heroico es sobrevivir a cada día como no caer en el lazo del escepticismo.

El cinismo se traiciona cuando niega la posibilidad de aceptar un dogma.

Es preferible admitir la inocencia juvenil de perseverar en lo indeterminado antes que la arrogancia senil de anclarse en el escepticismo.

El escepticismo, la más noble vía de paso de nuestros pensamientos, la mayor trampa como su estación definitiva.

Debemos someternos amablemente al desarrollo físico de nuestro pensamiento.

La lógica del pensamiento no viene impuesta por su propia reflexión, sino más bien por el desarrollo de aquello que le permite existir como pensamiento.

Nada puede acatar el pensamiento que no sean las directrices que en todo momento se le imponen como lógicas.

Lo definitivo en nuestro pensamiento no viene dado por el propio pensamiento.

La física del pensamiento, que no es exterior al pensamiento, y que tampoco es su lato resultado.

¿Quién puede ordenar a alguien qué es lo que él debería pensar en este caso?

El sentido de mi pensamiento es la esperanza de que mis convicciones dogmáticas se vean refutadas por el transcurrir de la experiencia.

Un filósofo que busca la refutación de sus terribles intuiciones, cuyo trabajo consiste en buscar obstáculos a sus fundamentales convicciones.

De lo que se trata siempre es de encontrar un asiento cómodo en la espera de la muerte.

Tirar del hilo de nuestras contradicciones es como deducir matemáticamente la fórmula de nuestro alma.

A veces hemos de encontrarnos a gusto en el disfraz momentáneo de una convicción.

Admitir la irracionalidad del mundo no significa convertirse en un apóstol de las penas.

Nadie más pesimista en cuanto al destino del hombre como el estoico; y nadie más capaz de encontrarse feliz entre las cosas.

Ser coherente con una concepción trágico-cínica del mundo supone, invariablemente, reducir a su mínima expresión la importancia de las penas.

Una cosa es hallar el principio de toda realidad en la unidad de nuestro sufrimiento, y otra, reducir la realidad al mero sufrimiento.

Nada más fácil hoy en día que proclamar a gritos el Apocalipsis.

Nuestras convicciones responden a cambios de ánimo tanto como los cambios de ánimo responden a nuestras convicciones.

El erudito elude la refriega final y aparece así como un hombre que alberga pensamientos con coherencia; el verdadero filósofo se enfrenta desnudo con el sinsentido, y le juzgan como un hombre débil y sin consistencia.

Ocultan sus miedos más profundos entre los pliegues elusivos de la tesis doctoral.

Su talento para ocultarse es lo que hace del erudito un fracasado respetable.

Escribir enciclopedias sobre la ignorancia, desarrollar técnicamente la confusión, profundizar en la banalidad, es el trabajo propio del filósofo académico.

Eludiendo nuestra responsabilidad hemos conseguido coronarnos cum laude.

Érase una vez un sabio especializado en todas las porosidades de la imbecilidad.

Ganar un sueldo, a costa de las ansiedades metafísicas de mis alumnos.

El primer acto de bondad de todo filósofo auténtico debe ser anticipar en sus escritos toda posible crítica que más tarde pueda reprocharle algún lector. Es una amabilidad evitar al otro el trabajo innecesario.

Sólo la vanidad y el egoísmo pueden evitar que la filosofía se comprenda como un auténtico aburrimiento.


viernes, febrero 15, 2008

Extracto del Libro del Insomnio (XIII)


742 La contradicción no demuestra la incoherencia, sino la evolución de un pensamiento.

743 ¿Qué es, lo que en definitiva, determina que un pensador se decida por dos tesis de las cuales cabría afirmar, si él en efecto lo desease, la misma validez? ¿Es una casualidad que el proyecto moral kantiano coincida con su proyecto metafísico? La transparencia en la verdad sólo puede dar como resultado una visión asimétrica de la realidad.

744 La obsesión por el “sistema” atacó incluso a Leopardi. Lo que demuestra que el sistema no es el reflejo de una realidad sistemática, sino una proyección de la volición del autor por construir un edificio en el que la razón se complazca.

745 De la confusión por la identidad como ejercicio de ahondamiento en uno mismo a la enfermedad por aquella confusión hay solo un paso.

746 En nuestra época se hallan hábilmente enraizados el conocimiento de lo valioso con la idolatría de la banalidad.

747 Las filosofías clásicas e incluso las modernas son mitos, y como todo mito se refieren a un objeto real, sólo que de forma alegórica y metafórica; el concepto mismo de Idea ha recorrido una travesía de este tipo; de habitar en el supramundo a ser la promesa del conocimiento, y de ahí a un mero reflejo de nuestras percepciones. Pero la cosa en sí misma sigue ahí, liberada de toda metáfora, subyugando nuestras perplejidades.

748 Lo característico de la filosofía y de la poesía es el predominio de la insatisfacción; en estas artes todo goce se consume en la tensión. En la filosofía, porque el pensamiento exige su continua movilización, ya sea en forma de desarrollo o en forma de abandono; en la poesía, porque el goce de la contemplación estética se pierde en la variabilidad de las emociones y tiende siempre a una mayor perfección, que se abisma en lo infinito. La ausencia de una completa satisfacción es el vértice sobre el que gira todo comportamiento intelectual.

749 La “inquietud intelectual”; esta frase evidencia totalmente la naturaleza frustrada de la inteligencia.

750
Schönberg y su ideal del “artesano”. Una labor cotidiana nos salva de la tiranía de las iluminaciones poéticas. El artesano ya sabe lo que va a encontrarse el día siguiente. El genio depende de los caprichos de los dioses.

751 En la poesía el trabajo cotidiano supera a la iluminación. En la filosofía, la iluminación supera todo el esfuerzo de la inteligencia.

752 Sin pretender ser adivinos, los filósofos elaboran hipótesis que sólo un adivino podría verificar.

753 Un filósofo no sabe nada, solo sospecha algunas cosas.

754 Sólo uno es fiel a sí mismo y nunca le abandona. Son dos dimensiones que siempre acompañan al hombre: el sufrimiento y el pensamiento. Por el primero ahondamos en nosotros mismos, nos hacemos más profundos y complejos; por el segundo, nos mantenemos estables en la inmensidad infinita de las variaciones vitales. Estas dos cosas son las únicas que permanecen, que dan consistencia a nuestra alma y al mundo, y ello por su íntima unión, que hace que una esté siempre a la base de la otra.

755 El pensamiento es para el hombre una guía donde amarrarse cuando todo lo que le rodea es infinitamente variable. El dolor de la vida procede del devenir, de quien lo engendra. La vida es el hijo al que la ley del padre le ha determinado fatalmente. Lo vital, lo vivo, tiene de padre al devenir, y de madre a la propia muerte.

756 Quien puede vencer al dolor es un dios más bien que un hombre.

757 Todos los fenómenos vitales sobreviven en una tensión, y en ella alcanzan su madurez y perfección. Ahora bien, se trata de una madurez tan precaria como la que origina toda la vida. Una simple vibración de la cuerda puede destruir el más brillante de los organismos.

sábado, febrero 09, 2008

Algunos consejos para el caminante

No existe plenitud que pueda emerger del contacto con el conocimiento. Lo pleno nunca es objetivo de la conciencia, se halla siempre en la exterioridad de lo absoluto, en el territorio de lo ideal. Por eso toda plenitud se enlaza con el ascetismo, porque lo pleno exige para sí la homogeneidad de sus contenidos, la dedicación en la forma de una purificación.

El ascetismo del poeta obedece por lo tanto a un deseo de plenitud. La perfección se convierte en horizonte regulativo del pensador que lleva hasta el extremo la seriedad de su decisión. Sabemos por tanto que la vía del conocimiento no es plena, y los que ahí han buscado la plenitud no han logrado sino apenas migajas. Ahora bien, ¿ofrecen las vías de lo religioso (Kierkegaard) o de lo poético (Rilke), en su ascetismo dirigido hacia la plenitud, lo auténticamente absoluto? Eso es lo que se trata de averiguar.

Habría que decir que todo movimiento espiritual que de alguna manera instaure o pretenda instaurar una continuidad en la concentración de la conciencia aleja ya de por sí todo lo que tenga que ver con lo absoluto. Y la religiosidad y la poética no se salvan de este problema. La luz, -podríamos decir- cansa, agota, destruye. Lo que se requiere de vez en cuando para no morir en sus redes es lo contrario de la luz: la embriaguez, la oscuridad, la pasividad de la conciencia caída en las manos del destino.

Lo que encuentra toda forma de conciencia activa en su búsqueda es el choque frontal contra la imposibilidad de la infinitud; ante este fracaso la inteligencia se revela en la forma mística, no menos inaccesible, o en el arrebato poético, que busca la luz por la vía de la oscuridad. Pero en la medida en que esa última búsqueda persigue y de hecho consigue una cierta lucidez a contrapelo, el problema sigue sin tocarse: el punto máximo de convergencia con la plenitud de la conciencia nunca coincide con la plenitud propia del ser. Y nuestra búsqueda se marchita en el colapso de la desesperación.

No, la plenitud es sólo alcanzable mediante un movimiento zigzagueante; es preciso retornar periódicamente a la inconsciencia para remontar el camino de la conciencia. La luz excesiva ciega todas las capacidades, y el grado religioso o poético de exaltación sólo tiene como producto final el tedio y la desesperación. Esto supone que la perfecta visibilidad del ser no significa una comprensión absoluta mediante la cual el espíritu alcance su plenitud, sino, por el contrario, un éxtasis nihilista, en el que la abolición de todo contenido particular nos ha conducido a la posesión ingrata de una esencia vacía.

En este movimiento zigzagueante no se trata de enfrentarse directamente a la luz en un acto suicida (Cioran, Nietzsche), sino más bien de aletargar las funciones de la conciencia cuando ésta intuye ya de cerca la remisión infinita del ser. En ese momento es preciso, urgente, girar; sean bienvenidos todos los modos de la atrofia y la embriaguez del éxtasis. El retorno tardío a la vía de la conciencia habrá iluminado nuestras virtudes y errores con una luz nueva, y entonces ya podremos ponernos de nuevo en el camino con la moderación del que conoce sus peligros.