miércoles, enero 03, 2007

La mutación indefinida


Probablemente el valor general de la filosofía sea casi nulo. Cuanto más grande y poderosa sea una filosofía, más inútil será: a la vida, a la existencia y al ser no le gustan ni la razón ni los esquematismos.

Hegel ha sido justamente criticado por la desmesura de su sistema, que solamente en cuanto que exceso es loable y digno de aplauso; todo el barroquismo de su lógica se fue cada vez alejando con mayor velocidad del sentido común, pero también de la realidad: al final, acabó estrellándose como un gran barco demasiado provisto para la corta distancia que tenía que recorrer.Los cascotes rotos de su dialéctica ahora vuelan inconexos en el tiempo, quedando como antiguas reliquias de un esfuerzo fracasado.

No hay que culpar al filósofo por ello; al fin y al cabo, el hombre se distingue de los demás seres del Universo por su capacidad de malgastar y destruir el tiempo e invertirlo en cosas inútiles; el mismo concepto de utilidad es algo inútil, y todos sabemos que oculta un miedo a la verdadera ociosidad, que es la que late detrás de todos los fantasmas humanos.

Sin duda, prefiero a Nietzsche cuando dice que ha escrito con su propia sangre; él intuyó que debía seguir con su pensamiento el hilo de la existencia, y por ello simuló su movimiento. Se le ha acusado de rencoroso, enfermo y fragmentario en su filosofía sólo porque emuló la forma de la vida, que es asimismo rencorosa, enferma y fragmentaria; siguió su curso demasiado cerca y finalmente comprendió el valor imposible de la existencia, cegándose en la locura.

¿Cuál es el valor, entonces de la filosofía? Sin duda, tiene uno: actualizar, vitalizar aquello en lo que estamos implicados. Precisamente por su valor de actualización continua, es poco probable que una filosofía sincera se hipnotice bajo formas categóricas cerradas; si de verdad es buena copiadora del ciclo de las cosas, cada vez tendremos una nueva imagen de la implicación en la que vivimos y de aquello que nos interroga. No se trata en cualquier caso de ejercitar el ojo, sino el oído: tener buen oído para la música de la existencia es el primer paso para no fosilizarse.

En el Ocaso de los Ídolos leemos: “Todo lo que han estado utilizando los filósofos desde hace miles de años no son más que momias conceptuales; nada real ha salido con vida de sus manos”.

El peligro de la filosofía está en el hipnotismo: quedar asombrado por una idea que se impone a la cabeza de forma obsesiva y que aparece como la esencia de todo lo ente; en contra de esta negra pasión ya se ha escrito mucho, y nuestro presente es en cierta forma una revulsión contra el mecanismo general de la filosofía antigua y moderna.

Lo significativo de la actualización en el contexto de la implicación del hombre con el ser reside en aprovechar la indeterminación ontológica de las cosas mismas. Repensar el ser significa también mirarlo de otro modo, no dar nada por concluido. Ello genera angustia, es cierto, pero también posibilidad: cada carácter particular se inclinará por una u otra opción en virtud de la calidad de su sangre.

Si existe un valor en la filosofía, éste ha de residir, por tanto, en esta facultad para vitalizar la morada de la vida, es decir, el pensamiento; pues al vitalizar el pensamiento, también hallamos una nueva oportunidad para la vida. Éste deseo de mutación indefinida de las cosas ha de llevarnos a la resistencia de las ideas de coherencia, progreso y desarrollo. Lo propiamente artístico de la vida ha de hallarse en la diversidad siempre cambiante de las cosas, de nosotros y de nuestra relación con ellas. La idea de una linealidad progresiva en la que el desarrollo y la madurez del hombre se avienen con una madurez en la visión de las cosas es otra vez consecuencia de la visión que ha caído en su propio letargo.

El arte en dar cobijo al ser y la existencia en la forma del pensamiento es condición de la riqueza y de la salud en el espíritu; la actualización continua del alma como el perpetuo traer la juventud a los ojos cansados de su visión extenuante y dolorida.

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