jueves, junio 20, 2013

Cuando el buen americano toma su cuchillo. La purga.

The Purge, la noche de las bestias (2013) es una película de terror norteamericana que no tendría el mayor interés si en ella no se diesen cita una serie de elementos representativos que caracterizan de forma fiel tanto la mentalidad del país más poderoso del mundo como la deriva que en muchos aspectos está tomando la organización social y política de nuestras sociedades contemporáneas. En un hipotético futuro no muy lejano (2022) del que se ha erradicado casi por completo el paro y la violencia, se instaura un día anual (el día de La Purga) en el que queda permitida la violencia y el crimen, bajo el pretexto de liberar las pasiones reprimidas por la ley moral de la civilización. Esta permisividad- que guarda profundas similitudes con las antiguas fiestas dionisíacas en el marco de las civilizaciones griega y romana, y bajo las cuales se dinamitaban los hábitos sociales que permitían la civilidad- se aprovecha para ejercer de forma legítima la violencia sobre el débil, el marginado, el pobre o el inmigrante, de modo que sirva a su vez para limpiar la ciudad de todo lo que podría suponer una amenaza para el ciudadano americano, acomodado y protegido en su vivienda y poseedor de un cierto capital económico. Tal es la situación de la familia protagonista de la película. El día de La Purga tiene también en la película su origen mítico (con sus Padres Fundadores), que se remonta a una crisis social y económica en un pasado reciente que solo pudo resolverse mediante la adopción de esta abolición de la ley y la civilización. En un contexto de crisis extrema, se eliminó de la sociedad norteamericana, mediante el uso legítimo de la violencia, al paria, al desclasado, al parado, al que no podía acceder a la renta del rico y que por ello mismo suponía un problema social. 


En este contexto cobra una extrema importancia la seguridad. Conectando con la verdadera deriva de nuestras sociedades contemporáneas, la película nos ofrece un mundo obsesionado con la seguridad y la vigilancia- el padre de familia protagonista de la película trabaja para una empresa que instala sistemas de seguridad- todo ello vinculado al famoso día anual en el que es clave el requisito de mantener a buen reguardo la propia vivienda de aquellos que deseen ejercer la violencia o de quienes huyan de sus captores. Y eso es lo que efectivamente sucede. Un hombre negro- que podríamos suponer, un inmigrante, un desclasado o simplemente un excluido de la sociedad- logra refugiarse en la casa de los protagonistas. Sus captores, sabiendo que se ha escondido en la casa, amenazan a la familia con que también los matarán a ellos si no le ofrecen a su víctima. Como era de esperar en un film norteamericano, la familia protagonista no solo protege al hombre negro, sino que además tampoco elige participar en el día de la Purga. Finalmente, los captores penetran en la casa y el film deriva en la típica película de acción norteamericana, con el final esperado: el hombre negro salva a la familia de sus captores y ésta acaba por darle las gracias al primero.

La película no solo pone en tela de juicio la posibilidad de una seguridad absoluta- la obsesión que ha guiado a la administración Bush a raíz del ataque a las torres gemelas el 11S y la nueva política mundial de seguridad. Asimismo traza un posible- y terrorífico- devenir de la estructura social mundial en la que solo unos pocos- poseedores de haciendas, capitales y poderosos sistemas de seguridad- sean los verdaderos beneficiarios de la riqueza social, frente a una barricada en la que pobres, desesperados y excluidos del sistema se ven arrojados al mundo del crimen para poder sobrevivir. El toque ácido del film lo pone una enloquecedora legislación que, para salvar a los ricos de la turba parada y excluida, permite el abuso y el crimen sobre estos un día señalado en el año. Claro que el buen americano no solo utilizará su ira y violencia acumulada a lo largo del año contra el pobre o el mendigo. Como sucede en la película, la envidia y los celos de los vecinos pondrán en jaque también la vida de los protagonistas, estableciendo las consecuencias infinitas de una tal instauración legislativa criminal.

Pero hay más. Hay algo en esta película que recorre también la médula de la psicología de la sociedad estadounidense y que nos revela la profunda enfermedad que aflige a este país. En primer lugar, el reconocimiento semi consciente de que algo va mal en esta sociedad. El buen americano- el protagonista- no quiere participar en el Día de la Purga. El buen americano sabe que hay algo en esto que está mal, que no es bueno. Pero también sabe que él forma parte de esa sociedad privilegiada que ahora puede, si quiere, asesinar sin consecuencias. Sabe que él no es el negro excluido, el parado, el inmigrante, que posee una hacienda con un sistema de seguridad casi perfecto y que se encuentra protegido de la violencia que se va a desatar en ese día. En otras palabras, el buen americano tiene que expiar la culpa que consiste en su pertenencia al mundo de los opresores.


Para resolver esta contradicción, el filme tiene que acudir al castigo controlado de sus protagonistas. La destrucción de las fronteras de la seguridad, el contacto con el mal, el dolor, todo esto es algo básico en todo film estadounidense de esta clase. Aunque se sabe que finalmente el protagonista quedará salvo, tiene no obstante que expiar su pertenencia a la maldad. La sociedad estadounidense es depravada, pero a través de su símbolo esencial- el buen americano- puede justificar su depravación al mismo tiempo que justifica y salva a su símbolo esencial, el buen americano. Todos ganan en la película. El agradecimiento final que la mujer protagonista dirige al negro no solo representa la mediación esencial de esta figura en la salvación del buen americano. Es gracias a que ella ha podido expiar su culpa ocultándolo de sus asesinos, que ahora ya todo puede continuar con tranquilidad. La sociedad americana está salvada a través de la ejemplaridad de uno de sus miembros. Es como si un club de asesinos quedara legitimado por la bondad espontánea y circunstancial de uno de los suyos. He aquí, quizás, la gran paradoja que no hace sino evidenciar el profundo trauma moral y la hipocresía de una sociedad norteamericana verdaderamente enferma.