lunes, abril 18, 2016

La brecha eterna, entre moralidad y política.

  La entrevista a Arnaldo Otegi por parte de Jordi Évole ayer en Salvados ha removido, remueve y seguirá removiendo toda clase de sentimientos encontrados entre la población española, como se escenificó bien en las redes sociales ayer. Las reacciones fueron variadas, pero básicamente se centraron en torno a dos elementos de juicio: que la entrevista era difícilmente sufrible pero necesaria, y que la entrevista era difícilmente sufrible y además una osadía por parte de un Jordi Évole que aparecía de pronto como un colaborador de Otegi o un simpatizador del terrorismo. De lo que no cabe duda alguna es de que este tema- al menos hoy por hoy- es espinoso en ambos lados: en la derecha y en la izquierda, allí y aquí, no se puede tomar parte en el debate sin afianzarse en una posición que establezca una polaridad absoluta- ( víctimas/ asesinos, estado totalitario/ víctimas, etc), y al mismo tiempo salvarse de la crítica despiadada. (como queda claro, por ejemplo, en el documental Asier eta Biok, de Aitor Merino.) Por esto mismo, no voy a dar mi opinión, sino más bien, intentar localizar algunas -posibles- causas de la incomprensión mutua, que no permite siquiera que la realización de una entrevista como la de ayer esté exenta de complicidad, culpabilidad o cualquier otra cualidad in/moral que pueda imaginarse.

Dejemos sentado desde el principio que, visto desde un punto de vista meramente estratégico y político, la actividad de ETA ha resultado un absoluto fracaso. Es algo que incluso se deduce de los comentarios de Otegi: 'que el Estado español desearía ahora mismo que la actividad de la banda armada retornase', con el objetivo de justificar su política, aunque fuera de hecho verdad, es indirectamente una confesión del fracaso del terrorismo como estrategia política: Otegi nos está diciendo que la actividad de ETA beneficiaría al Estado español; flaco favor nos hace entonces esta clase de lucha a las fuerzas de izquierda que quieren revertir el poder de la derecha en este país. Es a todas luces evidente que incluso desde el punto de vista del marxismo, la estrategia de la banda armada ha estado infinitamente lejos de lo que podría ser un análisis marxista serio de la situación. En este sentido, el análisis de clase y de coyuntura de ETA- como el que en su día hizo el PCE-R y otros marxistas-leninistas o maoístas en nuestro país-es de un error de calado cosmológico, pues uno se pregunta por qué la vía hacia la paz no se planteó ya a inicios de los 80, a finales de los 90, o en cualquier momento antes de ahora. Esto en cuanto al aspecto meramente estratégico y político.

Pero vayamos al meollo del asunto: la incomunicación, la violencia emocional que genera cualquier debate entre la izquierda abertzale y la sociedad española, la incapacidad de situar el debate por culpa de la confusión de dos ámbitos radicalmente distintos. Me opongo a ver en Otegi a un asesino desalmado. Desde luego, esa es la actitud fácil, la que no exige reflexión sino tan solo ebullición de los nervios derivada de un sentimiento abstracto de justicia. Esto no significa que entre la gente de ETA no haya- o no hubiera- asesinos desalmados, pero a mi modo de ver, justo ahí estriba la confusión y la imposibilidad del debate- y, a largo plazo, la posibilidad de una nueva relación entre Euskadi y el estado español-. Lo que no ha entendido- y no entenderá- la mayor parte de la gente que gustan de hacer esta clase de reflexiones viscerales, es la interpretación que la izquierda abertzale daba a su relación con el estado español- una cuestión eminentemente política, desde luego, pero también existencial: mientras desde el estado español veíamos una banda desalmada que ponía bombas en centros comerciales sin saber muy bien por qué, desde allí simplemente se ejecutaba una operación militar en el marco de una guerra. Y he aquí a dónde quería llegar: la relación de comunicación entre estos dos sujetos es imposible en la medida en que uno habla desde un discurso moral y otro habla desde un discurso político: lo que inmediatamente aparece como repulsivo, intolerable, casi blasfemo, para el espectador español de término medio, la frialdad asesina- como he leído por ahí- de Otegi, no es la consecuencia de un alma psicópata, sino el efecto de un pensamiento que no ha salido de la esfera política: Otegi habla desde el cálculo político, algo que puede parecer inhumano, pero que no lo es tanto cuando el sujeto está convencido de que él mismo es un luchador sincero y fiel a su pueblo, que está implicado en una tarea que logrará la emancipación de los suyos respecto del opresor, etc. Es este discurso lo que hay que analizar para entender- que no justificar- a Arnaldo Otegi. Se puede determinar unilateralmente, desde luego, que la interpretación de ese conflicto es delirante, es un error, etc. Pero entonces ya estamos en el discurso político, entonces podemos entrar en un debate negociado que ofrezca razones a favor y en contra de una u otra interpretación del conflicto. 

El ciudadano español no llega tan lejos. Es curioso cómo un ideal típico en la mayoría de las culturas occidentales- el héroe que mata o se mata por su patria, el conquistador que libra a los indígenas de su ignorancia, el hombre blanco que aniquila pueblos lejanos porque en ellos se ocultan graves amenazas para la civilización occidental- se convierte en el contra-ideal más terrorífico cuando los afectados somos nosotros.

Desde luego, ninguno de los dirigentes de la foto de las Azores evaluó su 'intervención' en Irak en términos morales, sino estratégicos y políticos; y el daño en este caso no fue el de la colocación de unos artefactos en centros comerciales o el de tiros en la nuca a personajes con responsabilidad política, sino la destrucción integral de todas las infraestructuras de un país, el desalojo de millones de vidas y la destrucción del futuro de todo un país; ahí es nada. La hazaña del héroe que lucha por su pueblo ha llenado los argumentos de la cultura occidental, desde los westerns hasta la lucha contra alienígenas intergalácticos. No nos asombramos cuando en un país en guerra, un soldado de un bando o de otro mata a un civil; el conflicto vasco-español ha sido tan sui generis en esto que no sólo no compartíamos trincheras, sino siquiera un relato de lo que estaba pasando: para ETA, había una guerra. Para el ciudadano español, estas bombas eran actos solitarios de un grupo de dementes o asesinos sin alma.

El que es consciente de hallarse en una guerra no tacha al enemigo de inmoral, pues resulta a todas luces un absurdo, ya que en toda guerra hay víctimas inocentes. La falta de conciencia -o el rechazo a compartir el mismo relato sobre el conflicto vasco-español- ha llevado en este país a posicionar el tema desde la moral, no desde la política. Pero, como bien se sabe, la moral no hace política, y mucho menos arregla las heridas que la política ha infligido en el pasado.