jueves, enero 29, 2009

Algunos fragmentos de Schelling


376. Todo el universo extendido en el espacio no es otra cosa que el corazón ardiente de la divinidad, el cual, mantenido por fuerzas invisibles, persiste en un pulso o cambio continuo de extensión y contracción..


396....El dolor es algo general y necesario en toda vida, el punto inevitable de paso hacia la libertad...La participación en todo lo ciego, oscuro, paciente de su naturaleza es necesario para elevarlo (a Dios) a la conciencia suprema. Cada ser ha de conocer su propia profundidad. Esto es imposible sin padecimiento....


364. Nosotros no le tenemos miedo a la contradicción, sino que más bien intentamos, en la medida en que somos capaces de ello, comprenderla correctamente..."


( ) Si la vida se detuviera aquí, no habría más que un eterno inspirar y espirar, una alternancia continua de vida y muerte que no es una verdadera existencia, sino sólo un impulso y celo eternos para ser, pero sin ser real".


Tomado de Schelling, Weltalter.

sábado, enero 24, 2009

El espíritu deseante ( extracto)

Como se ha indicado en numerosos lugares, el deseo puede ser definido como la negación de lo presente, siguiendo una sugerencia de Wahl tomada del pensamiento de Hegel. El deseo de lo infinito aparece entonces como ancla, motivo, raíz de la experiencia del espíritu. La negación de la realidad aparece por tanto vinculada a la naturaleza del espíritu, en cuanto que el espíritu está condicionado por el comodín ausente del deseo. Así, decimos con Scheler que existe un antagonismo entre la vida del espíritu y la vida biológica. La vida del espíritu es de hecho el reverso de la vida biológica, el impulso que crece negando el establecimiento circular de la vida. Por eso también cambiamos el término, y en vez de impulso vital, (Bergson), decimos impulso metafísico. Donde hay verdadero impulso, e impulso deseante, es en el espíritu. La raíz del deseo se encuentra en la ausencia de lo metafísico que constata la conciencia. El deseo como tal señala una nada, un límite u horizonte que no puede jamás concretarse, pues tal concreción significa para el espíritu la muerte de su esencia. Este es el motivo por el que la vida del espíritu es un reverso en la vida biológica, una negación de la estabilidad propia de una vida acabada que está regulada cíclicamente y que no espera “nada nuevo bajo el sol”. La vida del espíritu es justamente la negación de la vida, y así lo demuestra la historia misma, que asemeja más bien un trazo irregular y artístico que una fidelidad a la constatación de la eternidad del ser. El deseo anula la satisfacción y provoca la insatisfacción. La historia del espíritu es la historia de un espíritu insatisfecho.

Negando su esencia, negando su existencia, el espíritu avanza, liquida, construye, reconstruye. Sin ningún momento en el que pueda parecer detenerse, su historia es como la de un impulso que ha de explotar por algún lado, y al que ninguna concreción o determinación le satisface. El espíritu es de hecho la insatisfacción misma, como nos recuerda Kazantzakis, y así se asemeja al amante que ha idealizado a su amada en la letanía de su ausencia. Una vez rotos los amarres con la finitud y caducidad de una naturaleza que no le comprende, el espíritu se embarca hacia la experiencia de un contacto futuro con su amada, la trascendencia siempre ausente y negativa a la que ahora el espíritu considera Fundamento del mundo. ¿Será la experiencia del impulso metafísico una experiencia juvenil, un momento de inmadurez en el desarrollo total de lo espiritual? Nadie puede predecir, en contra de lo que pensaba Hegel, dónde acabará esta aventura del deseo. El descubrimiento del espíritu es precisamente la contingencia y la nulidad de su ser, y lo que de negativo tiene la doctrina del nihilismo es también el germen que posibilita la esperanza en la presencia de lo absoluto. El nihilismo aparece como fundamento mismo del espíritu, y como ocasión para una novedad que se halla en continua lucha contra lo que de estático hay en el mundo. Tal es la característica común del espíritu, que se agudiza en lo que hemos llamado el impulso metafísico, motor de la experiencia misma del espíritu en acción. El impulso es el impulso del deseo, de negación de lo dado para ascender negativamente hacia la presencia de la amada. La esencia del espíritu es por esa misma razón, insatisfacción. Toda la experiencia del espíritu es esta negación inconclusa, en la cual todo ha de ser destruido, como dice Kazantzakis, para preservar la materia originaria, la fuerza primordial, de la que surge, con una pretensión de eternidad, lo artístico del espíritu mismo.


De este modo es como se puede comprender que el enigma es también la prueba del carácter de “nadería” del espíritu, de su carácter de brillo, (Schein) a la manera hegeliana. Él mismo desarrolla el enigma al despegarse de la conciencia, al negar la conciencia de lo dado y al asumir la realidad de lo posible como la esencia misma de lo real. El espíritu es la sombra de la conciencia, el impulso ciego que se levanta en la noche de la conciencia para emprender un viaje inacabable. El espíritu en acción, el impulso, es como la voluntad ciega de Schopenhauer: infinito, insatisfecho, aniquilador. Lo que aniquila el espíritu es el espacio de su desarrollo. El enigma se hace entonces más y más poderoso en la medida en que el espíritu se despega de la conciencia, pues cada vez que alcanza un nuevo nivel, cada vez que se aleja más, más razones tiene que dar de su lejanía con la conciencia, más huecos ha de rellenar en su anhelo infinito. El enigma demuestra el carácter nadiente del impulso al hacer ver la imposibilidad de su esencia, y la conciencia propia del espíritu le revela su nulidad, demostrada especialmente en los análisis profundos del Yo, que prueban con claridad lo abismático del sujeto. De este modo el carácter artístico del espíritu favorece, contribuye, produce de algún modo el enigma, le da consistencia, lo hace más inextricable. Porque desde el momento en que el espíritu apunta al enigma, ha hecho ya de su propia esencia un enigma, al negar de continuo su estabilidad y al proyectarse en la Irrealidad del Absoluto. Cada peldaño recorrido es producto de su versatilidad, de su falsedad, y la sinceridad, la idea clara y distinta se pierde en la dialéctica infinita de su desarrollo. No puede existir esencia del espíritu porque su objeto, su razón de ser, es el Absoluto de la Irrealidad.

Lo Irreal alienta por tanto el recorrido, las máscaras del espíritu. Como bien Nietzsche sabía, la máscara es un elemento fundamental de lo espiritual. Pero Nietzsche quedó atrapado en su apología de la máscara, en su negación de la esencia, pues al negar la esencia, lo que realmente estaba haciendo era ponerse del lado del espíritu, que era lo que en su último período de lucidez, en la premonición del Eterno Retorno, negaría. Al alentar el devenir y negar el ser, Nietzsche mismo realiza la última expresión del espíritu, o para decirlo con Heidegger, la última filosofía del ente como negación del ser. Porque lo verdaderamente devenido es el espíritu, y lo que alienta tal devenir es la Irrealidad del Absoluto, lo que niega todo dato y toda percepción consciente. Detrás de las modificaciones infinitas del espíritu se halla la misma esencia: lo Irreal mismo, que obliga al espíritu a no detenerse en ningún momento. Es la irrealidad del Deseo, el Deseo mismo, lo que mueve al espíritu, lo que produce el devenir, y como tal, la nada. La experiencia del espíritu, como sabía Nietzsche, es la experiencia de la nada. La máscara no es una burla de la permanencia, sino el medio que utiliza la misma permanencia para sostenerse infinitamente, sobre el corazón deseante del espíritu. Como el amante, el espíritu queda colgado de esa infinita permanencia de no- ser que utiliza el devenir como su propia manifestación. Sólo el espíritu sabe de enigmas, pues ha perdido ya desde siempre la perspectiva cíclica de la eternidad.

domingo, enero 18, 2009

Las rutas de Sísifo (extracto)

758

No hay modificaciones históricas en el pensamiento humano tan grandes que afecten a lo fundamental.

757

Quizás ser libres no signifique otra cosa que ser conscientes de nuestro propio destino.

756

Pensamientos que ruedan en el polvo del cerebro como los restos de una máquina antigua e inservible.

755

Apresando en categorías cada variación de la experiencia sensible ocultamos con un velo la aparición de la verdad.

754

Toda imagen es un mensaje.


753

El concepto es el anverso de la imagen; la imagen el reverso del concepto.

752

Volvemos a los enigmas originarios como el ratón perseguido vuelve a su ratonera.

751

La naturaleza inventó el enigma para mover nuestros músculos y darnos un sentido.

750

Conciencia no es otra cosa que la activación en nuestra mente de las relaciones y las categorías entre los distintos problemas.

749

Lo que te propone la vida es que seas capaz de superarla.

748

Nada hay más insoportable para el hombre que el que se le oculten los planes secretos de la naturaleza.

747

El aforismo es el resumen escrito para el pueblo de lo que pasa en la periferia de la filosofía.

746

No ha empezado a filosofar el que ha conquistado el núcleo de la filosofía.

745

Lo que ha anudado el hombre tendrá que resolverlo el hombre. Lo que está escrito en los fundamentos del mundo está reservado para Dios.

744

Quizás lo que pensamos y sentimos sean los restos de una explosión primigenia en la que desapareció el Universo.

743

No sobreviviremos a nuestras hipótesis.

742

El pensamiento antiguo puso en la sombra la apariencia de las cosas. Hoy hemos puesto en la sombra a la propia realidad.

741

El hombre piensa porque sabe que es finito. No existiría pensamiento ni filosofía si creyese de verdad en una vida eterna.

740

La esencia de la religión consiste en el deseo activo de anudar nuestra existencia singular con la existencia del universo en su conjunto. Nietzsche es tan religioso como Spinoza o Jesucristo.

739

Toda realización de lo racional exige la existencia de una fuerza irracional en el interior del que realiza.

738

La existencia de las cosas como referencia real a la que invoca el propio concepto de existencia es ajena del todo para el que no participa de la inteligencia humana.

737

Estamos unidos a las cosas materiales tanto por el odio como por el amor.

736

Creer en la exactitud de un concepto es tanto como creer en la exactitud de un sentimiento.

735

No hay felicidad religiosa.

martes, enero 13, 2009

Lost, supervivientes del nihilismo.

Aquí interpretaremos la serie de televisión Lost, (siendo conscientes de la infinidad de interpretaciones que se le pueden dar, resultado de su riqueza argumentativa), como una metáfora de un problema básico de nuestra época. La experiencia del nihilismo y la reconversión religiosa en una época carente de fundamentos, protagonizada en la serie esencialmente por un personaje extraño pero significativo, Jhon Locke.

La transfiguración existencial de Jhon Locke tiene elementos en común con la experiencia religiosa de Kierkegaard y su concepto de lo cristiano como salto de la fe o alternativa en la que no cabe mediación. Kierkegaard concebía la experiencia cristiana como un salto hacia el absurdo de lo Absoluto, absurdo que no admite las mediaciones racionales como las que proponía Hegel, sino que se establece en una relación directa entre el sujeto finito y pecador y lo Absolutamente Otro. Esta relación exige el sacrificio de la razón tal y como la concibe el entendimiento, y en ello se observa la consideración de Dios como algo irreductible al movimiento de la razón. El salto de la fe es, para Kierkegaard, un enfrentamiento cara a cara con algo que está más allá de lo ético y que subvierte lo racional.

En nuestro caso, también para Locke el espíritu de la isla se convierte en lo Absolutamente Otro con el que no existe la posibilidad de una relación dialógica de índole racional, sino una entrega sin condiciones en la cual la existencia se convierte en una prueba continua que no ofrece esperanzas de salvación. La fe de Locke, como la de Kierkegaard, es la fe de Abraham. Es el acto por el que el padre sacrifica al hijo aún sabiendo que con ello Dios no se apiadará de Él. Pero es Eko, ex traficante de drogas, quien padece también una profunda transformación religiosa, el que llevará la fe a sus verdaderas consecuencias cuando la razón evidencie que presionar la tecla del ordenador no significa absolutamente nada. Como el sacrificio de Jacob, la introducción de los números malditos en el ordenador es gratuita. Como el verdadero acto de fe, en el que no existen esperanzas, en el que la experiencia religiosa se convierte en auténtico temor y temblor.

Al igual que toda experiencia religiosa, en el acto compulsivo de la introducción de los números no faltan elementos patológicos. El ritual del obsesivo, que exige la contemplación de una serie de reglas para evitar la catástrofe y la angustia, se parece mucho a esta compulsión numérica en la que la acción irracional de escribir unas cifras que no significan nada tiene gran relación con el contenido de los actos patológicos del obsesivo, los cuales no son tampoco sino actos de fe. En efecto, la relación entre la fe y lo irracional se manifiesta de modo evidente en los rituales de los obsesivos. No hay ninguna razón por la cual creer que las reglas seguidas por el obsesivo tienen alguna conexión con la posibilidad de escapar a la angustia y a la destrucción. Pero para Kierkegaard es inútil tratar de comprender lo que Dios tiene en la mente cuando ordena a Abraham el sacrificio de su hijo. Lo religioso se encuentra por encima, y viola a menudo, lo meramente ético.

Sin embargo, la experiencia de la angustia no se puede separar de la experiencia de una época en la que se han disuelto los fundamentos y en la cual toda meditación es meditación sobre la crisis. Experiencia que tiene su sentido en el argumento principal de la serie: el avión, paradigma de la seguridad, acaba estrellándose contra una isla desconocida que significará una conversión espiritual para los personajes. Experiencia cercana a lo que conocemos como nihilismo, y que vemos en la filosofía de Nietzsche cuando ejemplifica cómo una vez destruidas las seguridades metafísicas, hay que abrirse paso por la selva de las inseguridades filosóficas. Y, al igual que en Nietzsche, los acontecimientos sucesivos y las vivencias de los personajes invocan una interpretación de la realidad que no sacrifica la multiplicidad de lo real a la identidad de la teoría. Al igual que las máscaras y las pieles de las que se despoja progresivamente el individuo Nietzsche, las teorías van quedándose obsoletas a medida que las vivencias ganan en riqueza y complejidad.

Porque lo que al final de cuentas nos transmite la serie, es que lo más importante, más que saber por qué y qué significa lo que les sucede a sus personajes, es la sobrevivencia. Esta es la enseñanza que Kierkegaard quiso transmitirnos, la experiencia de la fe como transformadora de la vida. Y es la fe que lleva a Locke a depositar toda su confianza en la isla. De la seguridad de unas vidas desprovistas de sentido, los personajes pasan a la inseguridad de una vida que les puede otorgar sentido. De la sociedad administrada y el absurdo, a la sobriedad del asceta y la pobreza del cristiano, pensamientos comunes a Tolstoi y Wittgenstein pasando por Kierkegaard. Ellos sabían que sus problemas religiosos eran una cuestión de supervivencia. En la época del post nihilismo, se han de sacrificar las seguridades metafísicas por actos concretos de sobrevivencia. La catástrofe es entonces ocasión para la meditación, para la salvación. Como dijo una vez el loco de Tübingen, en el peligro crece lo que salva.