viernes, diciembre 08, 2006

Átomos y vacío


Los que como yo estamos al margen de la comunidad académica y de sus lenguajes especializados sufrimos a menudo el hostigamiento persecutorio de sus secuaces o bien la indiferencia arrogante del adaptado.
Pero la culpa no viene de una posible rebeldía de la que fuéramos responsables, sino más bien del hecho de que nuestra tradición filosófica nos ha despojado de maestros y escuelas, y ahora estamos arrojados a una tierra nueva y virgen que fomenta la mayor de la sospechas y el peor de los escepticismos.

En definitiva este es el hecho: algunos de nosotros hemos tenido que enfrentarnos al desierto desolado que es la filosofía en cuanto dada como una experiencia vital en la que se juega nuestro destino, nuestra alma y la posibilidad seria de la existencia.

Este problema del lenguaje académico ha llevado a algunos a creer que la utilización no precisa de los conceptos o la creación de categorías nuevas está al margen de la realidad a la que supuestamente estarían más apegados los académicos.
Sucede que no se dan cuenta de que no hay realidad alguna de la que hablar, aún cuando la filosofía sea creación sólo en cuanto que también es descubrimiento.
La razón que sostenemos para no depender necesariamente de tales conceptos es que ellos están a la base de la construcción de una realidad de la que aún pende, como en el aire, su status ontológico, y por tanto, el criterio que de valor y posición a tales conceptos. En otras palabras: la indeterminación de todo lo ente sigue quedando como principio fundamental de toda la filosofía, y tal principio que actúa como legitimador para permitir anular el juicio académico de la Filosofía como institución, es el mismo que da cabida al escepticismo. Pero ello no es peor para el escepticismo, sino para la Academia.

El concepto no es tanto una creación como delimitación de un ámbito de la realidad que se da en diferentes manifestaciones.
En este punto de vista se origina la idea de la fenomenología como realidad en cuanto que dato dado, pero también un profundo temor: el que prevalezca la estructura de las cosas frente al entramado del cual la estructura debería ser solo su previa arquitectura.

No hay más remedio que explicar esto recurriendo a Demócrito, cuando dice que el color, la forma, etc, todo esto no es sino convencional, pero en realidad, sólo hay átomos y vacío.
Y lo mismo es aplicable a la comunidad académica: sus sistemas están perturbados por la estructura y lo que queda al final es la estructura misma, condición de posibilidad también de la iluminación, mediante la puesta en marcha de esta arquitectura en otras combinaciones posibles, de otros ámbitos o modos de darse de la realidad.

Lo que podría ser por tanto un motivo de cierta alegría para el creador se convierte, para un escéptico como yo, en un motivo profundo de desilusión.
Así es como, pensando sobre estas cosas, he recordado las más grandes evocaciones de los poetas acerca del amor, la amistad, la existencia, la juventud, la alegría, el vino y el placer, y todas las explicaciones, unas más conciliadoras, otras más revolucionarias, acerca de sus múltiples sentidos, y una frase terrorífica me ha venido a la mente, no pudiendo ir más allá de ella ni más acá, sometido a su mortal estructura, pues, al final, "todas las cosas son convencionales, pero en el fondo, solo hay átomos y vacío”.

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