miércoles, diciembre 06, 2006

La velocidad del devenir


Si algo podemos agradecer a esa ley del devenir que se empeña en cumplir con exactitud la oscura lógica de la naturaleza, no puede ser otra cosa que la esperanza de que con el cambio también se vaya lo más malo, aunque no deje de ser cierto que lo malo parezca durar más que lo bueno y agradable.
Si este consuelo puede servirnos de algo, entonces podemos también augurar que nuestra civilización científico técnica también algún día desaparecerá, eso sí, ello no significa que el hombre pueda llegar a trascenderla.

De cualquier modo, es precisamente esta civilización la que ha enaltecido de manera sublime el devenir bajo la idea de efectividad y rendimiento. Ambas ideas, convertidas en valores morales plenos, ofrecen una curiosa función: la de oscurecer o mitigar el dolor de la interrogación bajo la fuerza de la velocidad y la maquinaria.

Este aumento de cambio continuo favorece la percepción de que bajo la máquina de alto rendimiento no queda nada que desear, nada importante o relevante, pues ya todo se ha traído a la luz de la eficiencia: la eficiencia nos muestra la realidad en su mejor momento, a saber, en el momento de la plena realización que se manifiesta ante todo por la velocidad y la eficacia.
Curioso este señuelo, que, con un mayor incremento en nuestra percepción del devenir, hace de éste algo en perpetuo y cada vez más rápido movimiento. Con todo ello la técnica cree poder por fin establecer su ideal de progreso en crecimiento exponencial, pues nada cabe criticar aquí acerca de un hombre que se ha superado a sí mismo como un corredor en sus mejores marcas; y un mundo regido por tal valor de efectividad no puede ocultar ninguna lacra, que en cualquier caso, queda removida y nublada por el efecto incesante del devenir mecanizado.

Pensemos cual es la esencia de nuestra época en estos términos y veremos que la presencia de la velocidad es directamente proporcional al hastío y a la inanidad; el mundo corre en la medida en que no sabe a dónde ir, y correr es lo mejor que puede hacer uno cuando está arrinconado por interrogantes que no puede disolver.

Y tampoco las ruedas de esta maquinaria disuelven la arena que les liga al suelo de su fundamento: allí quedan, testigos de una marea gris que se empeña en distorsionar un vacío fundamental, un pliegue abismal que pone freno a un devenir mecánicamente controlado.
Y entonces vemos tras los bajos de este aeromundo la interrogación crecida hasta límites insospechados, cada vez más virulenta y tediosa, cada vez más cerca de nosotros y cada vez más presente en su enigmática amenaza.

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