martes, diciembre 12, 2006

La extrañeza de la comprensión


"¿Qué habrá conocido la humanidad al final de todo su conocimiento? ¡sus órganos! Lo que tal vez signifique: ¡la imposibilidad del conocimiento! ¡Lamentos y náuseas!" (Friedrich Nietzsche, Aurora).

No hay duda de que estamos alienados en la naturaleza por culpa de lo que solemos considerar privilegios de la especie humana. Cosas como el lenguaje y el entendimiento, tan supuestamente beneficiosas para aprehender la realidad tal y como es, se muestran como obstáculos para alcanzarla cuando examinamos los procesos de la comprensión y del conocimiento.
Tales procesos vienen dados por el paradójico hecho de que solamente a cierta distancia de la realidad puede el hombre establecer una relación que de a luz el fenómeno de la comprensión. Es decir, el hombre tiene que escindirse de lo que quiere comprender para poder hacerlo.
Lo que muestra este hecho es que la misma comprensión tiene un dominio propio del darse, y que este dominio está en oposición, o al menos, no en calidad de igualdad, con respecto del objeto que trata de comprender.

Algunos teólogos reconciliadores, como Paul Tillich, han visto en esta disensión merleau-pontiana la oportunidad de introducir el elemento salvífico de la fe y de la divinidad como conocimiento que trasciende tanto lo propio del objeto como lo propio del sujeto, y, alzándose frente a la contradicción, iluminarla por medio del mensaje de la revelación.

En verdad es éste un truco solemne para aliar las potencias opuestas de la naturaleza; la propuesta de Tillich parece ser que solamente una cosa más inexplicable que la realidad inexplicable puede comprenderla en su propio seno.

Lo relevante de esta situación es el oportunismo de algunos teólogos para introducir en las oquedades del lenguaje filosófico sus propuestas, como si por el hecho de que existiesen oquedades fuera legítimo pensar que tales huecos pidiesen una perfecta realización que habría que buscar por otros lados.

A pesar de todo, Tillich ha utilizado una expresión afortunada para referirse a la disensión natural que se encuentra a medio camino entre la realidad y nuestro conocimiento de ella. Habla de la “unidad de la separación y de la unión” refiriéndose a la supuesta unidad que haría posible el conocimiento, aún en su paradoja natural.
Pero no piensa lo extraño de que el conocimiento tenga un dominio propio que necesita estar de este modo distanciado de la realidad a la que quiere acceder; es algo asombroso, desde donde se quiera mirarlo. Saber que la única forma de acceder a la realidad de la que formo parte es distanciándome de ella y, por así decir, mirarla con la lupa del entendimiento, y que, una vez retorne en ella, dejaré de conocerla para “serla”, es algo que nos debería hacer pensar acerca de la posible eficacia de conocer las cosas.

A lo que quiero aludir es a que no dejemos de interrogarnos más allá de este proceso maquiavélico; la pregunta que surge, bullendo entre este mecanismo del conocimiento, es la de qué significa que comprendamos algo; que esta comprensión no es última, sino que, quizás, sea solo un desplazamiento entre tantos otros posibles a los que el alma presta atención; y que finalmente, reside una distancia insuperable entre el ser mismo y su comprensión, de modo tal que es preciso, siguiendo a Merleau-Ponty de nuevo, insistir en que las diferentes naturalezas del objeto y del sujeto nos recluyen para siempre en una disensión insuperable.

Por eso el éxtasis de los místicos sea acaso la única forma posible de conciliación con el ser mismo, y nuestra imaginación se torna religiosa y deseable en sí misma cuando ella nos acerca lo imposible como único anhelo legítimo más allá de lo meramente racional.




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