viernes, diciembre 01, 2006

La errancia del escéptico.


El verdadero skeptikos es consciente de lo que supone su posición: un silencio eterno en relación con las convicciones universales. Alguien, no menos ingenuo que nuestro escéptico, y probablemente más insensato, supondrá que de este modo el escéptico queda al margen del conocimiento y de algunos goces que depararía supuestamente la esperanza en la realidad.

Como si el escéptico tuviera que callar por dudar, y como si dudar fuera, en el fondo, no saber. No sé si hay alguien aún tan ingenuo que llegue a pensar de este modo; (si lo hay, líbreme Dios de despertarle de su sueño), lo que sucede en verdad es todo lo contrario. Todo escéptico puede hablar de todo precisamente por su convicción fundamental de la inanidad de ese todo.
Al que se molesta por estos aires de “superioridad cínica” el escéptico le despacha rápidamente: “tómese ud unas vacaciones y estime más la levedad de la vida”.

Del escepticismo al cinismo, por tanto, sólo hay el paso que lleva de considerar una cosa en su inanidad a arremeter contra ella en forma de burla explícita. Hay algo a un mismo tiempo censurable moralmente en la burla y deseable por otra parte. Al ser humano no se le puede privar de la facultad de la burla, y parece que ésta es más importante de lo que solemos creer.
En definitiva, el rebajar algo en la medida en que es un insulto a la experiencia de la vida, forma parte del mecanismo de fluctuación de la máquina afectiva humana.
El rebajar algo es también un descanso contra la seriedad impoluta de la existencia.
Sólo una hipocresía que es políticamente respetable puede aún oponerse moralmente a este curioso tipo de mezquindad.

Pero el que se burla guarda como en un cofre un dolor inextinguible; preferiría antes ser burlado que burlar; preferiría no tener que crucificar a Cristo de nuevo que ser él mismo crucificado; en realidad, el escéptico profundo exige al cielo y a la tierra una fundamentación que el hombre común no podría soportar ni intelectual ni vitalmente. (Ni, digámoslo de paso, tampoco él). Y, qué paradoja, detrás de su tesis de la levedad del todo, el escéptico sufre en sus carnes no poder amarrar el trasmundo verdadero que hierve en su atormentado corazón platónico.
El escéptico exige no con palabras, sino con sangre, no con intelecto, sino con la carne que soporta su maltrecho espíritu.

El fenómeno del escéptico cansado, que a su edad adulta ya ha dejado incluso de burlarse en la medida en que ello ya constituye un motivo de cansancio innecesario, ha sido sin duda alguna, en otros tiempos, un niño feliz, fuerte, inquieto, idealista.
No existe un escéptico sin idealismo como fundamento orgánico de su alma como no existe alguien que sea enormemente malvado sin al mismo tiempo haber sufrido una enfermiza sensibilidad.

Y así es como en la época de las utopías fallecidas, observamos los frutos caídos de esos árboles antaño poderosos, que, cansados de tanta energía destilada en proyectos fracasados, se mueven con la inercia de ésa piedra ajena al mundo en el que vive.
Y de nuevo la contradicción propia que se mueve en el fondo de todas las cosas, el écart disociado que no es otro que el verdadero Logos del mundo, nos enseña que esa pasividad es una de las últimas formas en que el hombre puede metamorfosearse en sabio:

El último recorrido del filósofo hacia el jardín de una paz idílica, como bien vio Epicuro, y con la conciencia estoica de atenerse a la Naturaleza porque ella es la que rige, parece ser el fin de tantos desvelos idealistas y románticos.

Al final, dicen los estoicos, volvemos al suelo, con lo inerte, con las piedras, con lo orgánico que se traslada por los ciclos de los mundos hasta el infinito. Nuestra conciencia de ello, y la pasividad que alcanza el escéptico, no es sino el saber de ese final, el preludio que ya escucha agonizar las campanas solitarias en el fondo de nuestra trágica humanidad.

Todo esto es verdad, pero no siempre queremos la verdad. Y es que yo no tengo más remedio, dada mi condición de anciano enflaquecido, que hablar así, y afirmo tan severamente por no poder llamar con mi juventud a los plácidos ángeles platónicos que conservan ese gastado concepto de verdad propio de una añorada y divina lozanía, que, como la mujer de Lot, ya es sólo una estatua desdibujada en los fondos últimos de la memoria.

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