viernes, diciembre 29, 2006

Del dolor y el placer

La poesía fundamentada en el sufrimiento provoca placer”. Estas palabras de Antonio Gamoneda no tienen el sentido que yo les daré a continuación, y, sin embargo, de alguna manera lo indican, aunque el propio poeta no sea consciente de ello. En realidad, el sentido al que me refiero acaso no exista, al menos para los ojos, pero sí quizás para otros órganos que no gozan del conocimiento visual.

Que el sufrimiento provoca placer, y aquí ya declaro abiertamente la tergiversación, es algo propio de los estados de alienación y desesperación, pero no por ello menos cierto y digno de ser estudiado. No sólo el dolor en cuanto que dolor activo, sino el placer ausente, y ello significa que no sólo son “masoquistas” las prácticas habituales que caen bajo este nombre sino en realidad muchas más conductas y actitudes tanto naturales como sociales.

La misma sexualidad está basada, sin duda alguna, en la capacidad para gozar de lo doloroso. El dolor controlado es precisamente el vértice del placer sexual. Lo que en una relación sexual se goza en cuanto fin se halla ausente en cuanto medio. La característica extravagante de la sexualidad es precisamente ésta: que gocemos lo que aún no se ha llevado a término, y que lo gocemos como algo incompleto que a un tiempo desea ser completado.

Una relación sexual no terminada es desde luego frustrante para los amantes; pero,¿acaso ellos no han estado de continuo gozando tal relación, antes de llegar a su supuesto fracaso? Lo que alimenta lo sexual es por tanto el goce de una ausencia que se vive como estado alterado del alma, como pasión que perturba sin duda alguna el alma.
Puesto que por perturbación del alma entendemos toda esa apetencia que nos coloca en una situación de necesidad no concluida, y de la que se precisa un término adecuado, y en la que ciertamente la tranquilidad del espíritu es “alterada” por un elemento ajeno.

El espíritu epicúreo no ha cesado de insistir en ello, pese a que su máxima se centra en el placer: pero Epicuro entendió demasiado bien que el estado de alteración que provoca la voluptuosidad no se aviene cómodamente con la tranquilidad del espíritu.
También se ha llamado a menudo a los melancólicos “morbosos”, y a los estados depresivos enflaquecimientos de la salud espiritual.
En fin, ya Platón pensaba que el que padece no es dueño de sí, y que por tanto aún el que goza de tales cosas sufre en realidad.

Pero,¿qué mas da todo esto? En verdad el goce lleva en sí sufrimiento, y cierto sufrimiento puede provocar cierto goce. Lo importante de ello es que en todo caso se lleve a feliz término la sed que provoca el deseo insatisfecho. Por tanto, no es oportuno determinar como enfermedad esta relación plegable de goce y dolor, sino más bien poner todos los medios que se hallan a nuestro alcance para que, en caso de necesidad, puedan ser satisfechas nuestras más oscuras inclinaciones.
Yo sería en principio un gran portavoz de la licencia y la voluptuosidad, pero reconozco que el placer nos lleva a un extremo de infinita insaciabilidad, y que ello significa solidificar el medio en que se goza la ausencia pervirtiéndolo en dolor.

Estaré a favor del libertinaje cuando tenga la posibilidad de recluir a mi voluntad tantos harenes de mujeres como quiera. No hay nada más estúpido que engrandecer el libertinaje cuando no se puede satisfacer su deseo, ni nada más hipócrita que condenarlo por la misma razón. Hay que suponer, por tanto, que los grandes libertinos gozaban la gracia caída del cielo de un placer ilimitado y asegurado.

A quienes vivimos en cierta soledad no nos queda sino poner en suspenso algunas cosas, a pesar de que quien conoce la doble vaina del placer no puede sino hallarse tranquilo ante su ausencia. Desde luego, un espíritu calmado es más sano para los huesos y más feliz cuando el ojo del entendimiento está activo sobre todas las cosas. Y ésta es, pues, la enseñanza que extraemos de esta deliberación : no sufrir por la ausencia del placer más que por el propio dolor que éste conlleva.







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