lunes, diciembre 18, 2006

El monólogo infinito

En la noche silenciosa, un hombre se busca a sí mismo con desespero, y cuando llega a encontrarse se le esencia su soledad fundamental. Éste hombre medita en las cercanías de un poblado habitado por hombres solitarios, recluidos en su incomprensible mismidad.

Tal poblado crece de la raíz de un territorio que une a estos hombres más aún en su soledad, mediante el lenguaje y hábitos comunes. Y desde lo alto del cielo, cerca de las blancas cumbres, un ave mira imperturbable la tierra bruta y exiliada, una nación única y compacta a causa de su arrojada solitud.

Y si fuéramos dioses que habitaran el trasmundo, ¿no veríamos esta hermosa Tierra que ha dado a luz con dolor el agua y la vida, desarraigada de sus celestes compañeros, ahí en un sistema de estrellas poderosas y ajenas a la existencia de su privilegiada vecina?

Si los astros fueran dioses, el alma de la Tierra sería un pozo helado y melancólico.

Así el silencio como esencia más evidente del ser se despliega de lo más íntimo a lo más universal, del pastor solitario del monte al conjunto de la humanidad, y, atravesando el bosque de la multiplicidad y los fenómenos, aparece al hombre reflexivo como lo que verdaderamente sustenta su ser y el de todo lo conocido: la evidencia del silencio como ser auténtico, la pregunta que retorna sin su respuesta necesaria, la comprensión espantosa de la ausencia natural de un diálogo con lo que nos rodea.

Y en la naturalidad propia del mundo, el hombre rompe su soliloquio infinito creando un interlocutor más bueno y más hermoso, del que el mismo hombre fuera solo su principio, su imagen débil y y semejanza: Dios como el Otro nunca aparecido, como el invisible que reclama el hombre desde su más propia carencia y desarraigo.

La verdadera imagen última del ser coincide con la imagen última del hombre en el recogimiento reflexivo de su soledad.

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