sábado, diciembre 16, 2006

La negrísima melancolía



Quien con la frialdad infantil del erudito habla de cosas como la sobriedad de la razón y el desarrollo del control de nuestro órgano del conocimiento no ha debido verse sometido a ese otro gran mal del mundo llamado acedia y que quiero distinguir de la común melancolía, o de la así llamada nostalgia.

En efecto, la melancolía es sin duda una afección sobre el espíritu que en cuanto propiciadora de un carácter no reviste ninguna desesperanza decisiva. El carácter melancólico es una disposición general, por tanto, una tendencia hacia el padecimiento de la verdadera melancolía, pero no aún la auténtica melancolía.
El melancólico, malhumorado, pesimista, etc, que caracteriza por excelencia el carácter de un Schopenhauer utiliza aún con pasión su razón desplegada de las afecciones y desde allí opera con cierto distanciamiento la reflexión propicia acerca de su melancolía.
Y entonces es legítimo aceptar su opinión pesimista del mundo, pues tal tipo de melancólico caracterial es capaz de alejarse del objeto que en un primer lugar le modeló y le formó, salvándose de su propia destrucción.

Esa nostalgia que en ciertos momentos nos embarga tampoco llega a los cauces destructores de la “visible oscuridad” de Styron; existe aún belleza en su textura, existe de hecho algo que es confusamente hermoso y triste, y ello es motivo de estados anímicos ciertamente exaltados y poéticos.

Nada que ver con lo que quiero caracterizar como ese torrente hipnotizador que, como una tromba de agua, quiebra huesos, carne y alma para adentrarse rabiosamente en nuestro interior; esta negrísima melancolía ya no es objeto del problema XXX de Aristóteles acerca de los hombres geniales ni tratado de acedia de las penas de San Agustín: es la morbidez styroniana, el último lugar al que se puede huir sin que se pueda huir, el lugar propio del acorralamiento, pero también la inmunización de la razón, la destrucción de la esperanza, la soberbia maligna de la locura.

Me atrevo a decir que, en cuestiones de melancolía, soy un erudito, un savant, un perfecto conocedor. Y además voy progresivamente aumentando mi currículum, a medida que cada vez estoy bajo los efectos de una nueva oscuridad. Yo he cruzado ese peligroso límite que enlaza la melancolía natural con la cordura al dejarme llevar por excesos biliosos inmorales que han manchado de negro la atmósfera bajo la que respiro. Entiéndase bien: no se delibera y a causa de tal deliberación se “cae” en algo así como la melancolía, sino que la melancolía y la desesperación inundan la vida entera, la siegan, la despedazan, la penetran hasta orillarnos más allá de las fronteras de nuestro propio espíritu.

Esta negrísima melancolía no hace distinciones ni respeta la autoridad de la experiencia, ni el valor del juicio. Por eso el más prudente puede verse afligido e inundado por ella, pues a menudo la causa efectiva de su devastación no dependen del razonamiento; más bien se avalanzan sobre él, devorándolo.

La otra desgracia es que tal melancolía y su satánica naturaleza no despierten el menor interés en el hombre reflexivo. Es verdad que es un grado extremo de tristeza, una marabunta exhuberante;por eso debería ser objeto de alguna consideración.
El melancólico es abandonado, finalmente en su no-poder-ser y archivado en la ruina de la soledad, sin que ninguna razón universal u ontológica se preocupen por lo que quizás represente, para muchos hombres, algo indigno de ser pensado y meditado.

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