jueves, diciembre 14, 2006

Pistis y gnosis


Existe una actitud en cierta medida generalizada de rechazo al que se empeña, fastidiando la conformidad de los demás, en hurgar más allá de las creencias que nos permiten actuar como individuos en una comunidad determinada, en buscar celosamente algo que parece unido de forma indisoluble a una arrogancia terca e incomprensible.

Esas creencias a las que me refiero tienen un valor supremo para la propia comunidad; unen los espíritus, sellan fronteras, delimitan identidades. El límite que se halla al otro lado de estas creencias entra en el terreno de la incorrección política o en el de la soberbia intelectual. Pues bien, esta pistis ya fue en su día colocada en oposición con la episteme o nóesis propia del conocimiento verdadero, y se trasladó de la filosofía platónica a la teología cristiana.

Es curioso que el mismo desespero que Pablo acentuaba en relación con el conocimiento erudito de los sabios griegos, y su franca intención de promover un conocimiento para el pueblo, en forma tal que pudiera facilitar la unidad de la comunidad cristiana, es pervertido por esos teólogos que no pueden dejar escapar el saber griego y lo inmunizan en su teología, de forma tal que unen el camino de la teoría con el de la fe en Cristo y el saber divino.
Así quedaba justificada la hybris intelectual, pues habían visto la similitud entre la teoría divina griega y el conocimiento de Dios que es superior a los hombres (Pablo).

En el terreno de la pistis o creencia generalizada, uno se halla en conformidad con lo que le rodea. El límite de la creencia generalizada toca con el abismo. Precisamente porque se trata de un abismo, los partidarios de la opinión llegan a odiar a los orgullosos que se atreven a transgredir la norma de la comunidad. El abismo o el infinito no es sino lo que toca con la creencia trascendiéndola. No hay nada definido tras tal creencia.

En lo que se equivocaban los partidarios de la creencia verdadera, como nóesis, era simplemente en que si bien es cierto que es legítimo trascender la mera creencia, ello no produce de inmediato un conocimiento superior.
Más bien nos encontramos ante la absoluta nada, y a partir de ella, caminos fragmentarios que en su lentitud piden mucha más paciencia y humildad que orgullo, contrariamente a lo que pretenden algunos.

Así pues la decisión para aquel que se vea arrastrado por el límite de la creencia resulta llena de dificultades. El miedo de uno y el odio de otros se combinan en este escenario trágico. La repugnancia pedante y la exigencia de saber tiran cada uno de su cuerda. Pero todos se olvidan de que la exigencia de saber y la arrogancia que conlleva tal exigencia se funden en un polo a menudo indistinguible.

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