jueves, marzo 15, 2007

Obstinación

Lo que hace verdaderamente insólito el mundo, y que al mismo tiempo le da el carácter de problema es la imposibilidad de su fundamento absoluto aún cuando esté empeñado el esfuerzo humano en conseguir tal esencia fundamental. La imposibilidad del fundamento absoluto no es una quimera o algo sin importancia. Puede generar verdaderos conflictos en los que la misma posición del sujeto en ese mundo se vea afectada, y con ello el mundo mismo. Veámoslo.

Hablamos aquí de irracionalidad del mundo no como ausencia de una teleología propia del mundo, como una ausencia de fundamento metafísico, sino, al modo de la duda absoluta, nos preguntamos qué validez tiene lo que perciben nuestros sentidos, nuestras suposiciones racionales acerca de la verdad de las proposiciones que fundamentan nuestro mundo.

Hay que volver de nuevo a Wittgenstein. No porque estemos de acuerdo con él ni porque nos guste su forma de filosofar. Sino porque ha sido Wittgenstein quien se ha ocupado de los problemas relativos a ese fundamento absoluto del mundo y lo que de ello se deriva. En sus escritos cercanos a la muerte, aborda el filósofo los asuntos que tienen que ver con la certeza y deduce dos cosas al menos: la primera, que no tiene sentido tematizar aquello en lo que estamos envueltos, a saber, las reglas de juego que deciden sobre lo que conocemos; pero por la misma razón, que tampoco podemos alcanzar un saber sobre la realidad que tenga un carácter de conocimiento verídico.

El ansioso, el místico, el religioso, etc. Todos buscan el punto último y fiable en el que no sea posible continuar la cadena de dudas. Todo el escrito del filósofo vienés evidencia una necesidad constante de razonar lo inevitablemente obvio, pero es que es justo en lo perfectamente obvio donde se cuela la duda irracional, perfectamente legítima en cuanto que el mundo no se ha cerrado todavía sobre sí mismo de manera que sea posible una ciencia sobre él.

Quisiéramos, por tanto, un punto en el que, aún dudando de las proposiciones más obvias y fundamentales, nos condujésemos a un suelo en el que ya no sería posible la duda. Pero la irracionalidad siempre puede socavar ese punto, haciendo de la empresa racional un abismo sin fondo. Wittgenstein lo sabe, pero también sabe que si aceptamos las reglas de juego racionales hemos de aceptar la necesidad de razones suficientes para dudar del mundo. Y con ello la irracionalidad, o más bien, la posibilidad de la irracionalidad, no ha hecho sino empezar. Quizás sea imposible salir de este juego infernal; quizás por eso cada vez que jugamos en él caemos en su círculo vicioso, en su espiral sin límites.

También dice Wittgenstein que de una convicción no se sigue un estado de cosas. Pero, ¿qué le importa eso al loco, al extremista? Seguirá afirmando el solipsismo aunque todo vaya en su contra. Y es aquí donde quizás podamos conformarnos con algo. Una “demostración absoluta”; si no existe tal demostración, ¿cómo podremos estar convencidos de que esto o aquello es de veras un error? Y la respuesta es: no podemos estar convencidos. Ello no deslegitima la razón. Tampoco nos condena a la irracionalidad, aunque no nos proporcione una certeza. La respuesta del vienés es que la duda “ofende”: estamos jugando en todo caso mal el juego. Esos juegos de vida, en cierta forma, no pueden ser atacados en su seno no tematizable como no es atacable una proposición matemática. Pero aún el obstinado quizás no se de satisfecho con esto. Al fin y al cabo, nada que pertenezca a la vida o al mundo en su sentido metafísico tiene siquiera un pequeño paralelo con las matemáticas. Las matemáticas son como las Ideas de Platón: lejanas y perversas, insolidarias con el sufrimiento humano.

No; tiene que haber un punto donde sea preciso parar la cadena de dudas. Aunque quizás no sea posible. Quizás en eso consista el infierno. En el infierno no cesan nunca los tormentos. Hay que aprender a vivir como en un infierno, un infierno de dudas. Comprender el carácter cíclico y terriblemente absurdo de la justificación de una fundamentación absoluta.

¿Por qué absurdo? La fundamentación absoluta que exige el irracional es una pura contradicción, eso es todo. El que sospecha que el mundo oculta un sinsentido profundo, el que niega que la mesa se halle ante sus ojos, el que dude de que tiene un cerebro (ejemplos extremos de este tipo de escepticismo), porque el devenir no le ofrezca razones para suponer que debajo exista una fundamentación teleológica o con sentido del mundo, y por ello mismo pueda pensar que el mundo consista en una voluntad irracional, en un engaño o una artimaña maligna, es el primero que apuesta por la razón.

¿Paradójico? No tanto. A fin de cuentas, ¿qué mayor razón existe que aquella que proporciona los cimientos de todas las razones?
Lo que ahora ha de preguntarse el obstinado es si serán suficientes las razones que esgrima para afirmar la irracionalidad del mundo toda vez que admite que exige una razón fundamental. Lo que ha de ver es si aceptaría una respuesta irracional a su pregunta fundamentada en la absoluta razón. Entonces quizás desconfiaría de la supuesta irracionalidad del mundo porque en efecto le faltarían razones para sostenerla y no tendría tantas razones en contra que pudieran parangonarse al absoluto que exige. Y es que ya se halla en la trampa. Lo que pensó completamente absurdo tenía la forma lógica de una paradoja monstruosa.

Trampas del lenguaje, del pensamiento. Quién sabe. Todavía se podría seguir la cadena de las dudas. Pero ya ni siquiera aquí tendría cabida ningún argumento con sentido (ni tampoco ningún sinsentido). Ello sigue manteniendo el pequeño espacio de la posibilidad extrema. Pero no ya bajo la necesidad de una fundamentación a causa de la supuesta irracionalidad del mundo. Y es aquí donde el obstinado tiene que ceder, al menos por un momento, a su trágico sentido común.

1 comentario:

David Carril dijo...

Disculpad por los ajustes, ya esta habilitada de nuevo la zona de los comentarios. Saludos.