lunes, marzo 19, 2007

Dialéctica del error

Si pensar es, en efecto, difícil, ello no puede ser sino la consecuencia de que la gran mayoría de nuestros razonamientos estén sometidos al error. Abstraerse de la cotidianidad de nuestras convicciones para sumergirnos en el pensamiento significa crear un espacio entre las proposiciones que tejen la urdimbre de nuestros engaños.

Y sin embargo, resulta a su vez difícil concebir el error, si es que el razonamiento y el lenguaje forman nuestra realidad y no simplemente la señalan. Pues si el error forma parte, en su forma lógica, del entramado racional, y éste a su vez se confunde con la realidad, es preciso suponer que no exista un error como tal, un error al menos imaginado como referencia falsa a la realidad. El error sería tan constitutivo de la realidad como lo es la verdad, abriría un hueco en el que su propia estructura fuera tan válida como la estructura de la verdad.
Si el lenguaje y la realidad se hallan indisolublemente ligados, el error no será entonces sino una nueva realidad, una nueva urdimbre o tejido que deberá ser respetado en su particularidad.

Cuando se trata de la estructura metafísica del mundo, el error parece desvanecerse. No cabe duda de que en la configuración de los actos cotidianos y mundanos el error tiene sus reglas, y por ello ha de establecerse con una posición determinada. Esto quiere decir que mientras es posible demostrar inmediatamente un error en el nivel pragmático del significado, tal condición se muestra irrelevante en su aspecto metafísico. En el terreno de los fundamentos últimos el error se desploma como se desploma la verdad, cediendo un espacio individual e inalienable, que es el espacio tanto de la libertad como del vacío.

Pero incluso en la vida cotidiana el error tiene un carácter único. Si el proceso del pensar como un acto separado momentáneamente de los objetos que lo inundan se considera habitualmente extraño y alejado de la existencia, no es por otra razón que porque en el acto de existir estamos superados por el pensamiento y no tenemos un control directo sobre él. En la mera existencia cotidiana, el error es el tejido del que se alimentan nuestros actos. El error cotidiano es verificable y a la vez fundamental. El error metafísico es indemostrable y a la vez etéreo, intangible. Ello quiere decir que el error tiene un doble valor: de elemento en la vida cotidiana, de obstáculo en el acto de la reflexión.
Entre estos dos errores tiene que vaciarse y llenarse de continuo un pensamiento que oscila entre el letargo de la certeza y la lucidez de la ignorancia.

No es posible rebelarse contra el error de forma violenta. Es preciso, por tanto, elegir un camino menos doloroso, un camino que no nos precipite hacia el vacío de lo incognoscible. Pretender por todos los medios un conocimiento de lo enigmático en el mismo sentido en que podemos obtener una verificación del conocimiento inmediato es descabellado. Se ha de esperar a que el tiempo aclare de alguna forma el lugar y la posición del tablero en el que jugamos.
El error nos sostiene a la vez que es condición de posibilidad de la verdad. Ello no significa que debamos quedarnos anclados en él, pero al mismo tiempo tampoco suponer que alguna vez podremos deshacernos de una forma absoluta de sus telarañas. El movimiento de oscilación entre la claridad que otorga lo desconocido y la tautología infinita de la cotidianidad debe saber no desesperarse ante la exigencia de una solución.

Esto es menos que un consuelo, aunque la culpa no la tenga nunca el razonamiento. Si una virtud hay en el acto de filosofar, es precisamente poder atentar contra el imperio de las convicciones. Ahora bien, que nadie se engañe: probablemente nuestras convicciones sean inamovibles, aún cuando pensemos que se hallan con razón fundamentadas. Pero quizás el razonamiento logre, sino destruir, al menos hacer tambalear esos edificios irracionales que se mueven en el fondo de las sombras, aquel lugar en el que nuestra presencia absoluta estará vetada para siempre.

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