lunes, marzo 26, 2007

El eco silencioso

En el fondo de todo comportamiento autodestructivo hay la urgencia de una solución definitiva que ampare la racionalidad de la esperanza. El nihilismo no puede ser, desde este punto de vista, sino el reto que se enfrenta con el abismo como grito de auxilio en las profundidades del silencio. En ese grito la metafísica tradicional y los fundamentos racionales de la civilización sólo producen un eco que el desesperado ya no puede asumir como posible solución.

La solución ahora no puede tener la forma de un fundamento porque el mismo fundamento ha negado una solución adecuada a la queja del sujeto. El hombre en el momento de su máxima desolación ha comprendido que la decadencia que le inunda no está en él sino en el mundo que lo ha fundado. La mirada abismática no es por esto una defensa de postulados bien fundamentados, tanto como un grito o una petición hacia quien fue Dios, fundador o Ley y que ahora yace muerto en las espesuras de un bosque abandonado.

En este páramo desolador solo caben dos opciones, por tanto. Una es la de hundirse progresivamente en una melancólica añoranza que perpetúe el efecto primordial de la resistencia originaria, catapultando su fuerza positiva como libertad y creación; la otra es la de abrirse al abismo en la forma misma de esa libertad. Si esto es quizás complicado es precisamente la condición de posibilidad de supervivencia de un espíritu que ya no puede retornar sus pasos hacia un pasado que sólo en la forma de la idealización existió en realidad.

La dificultad de este camino consiste en que por primera vez no se trata de un camino que parta de la absoluta certeza ni de la verdad amable e ingenua de las proposiciones físicas o metafísicas. No, ahora se parte precisamente en el quicio del abismo. El rodaje del pensamiento requiere nuevos planteamientos, nuevas vías y tránsitos, cuyo inicio es la desolación y cuyo progreso y evolución se quieren muy distantes de esa desolación inicial.

Todo lo contrario, después de Nietzsche nos vemos obligados a movernos en un espacio ambiguo cuyo horizonte está representado por una nueva y más humana visión de las capacidades de la inteligencia y del mundo, un acercamiento a la contingencia cuyo peligro y posibilidad viene dado por la oscilación entre el acontecimiento y la palabra, entre el fenómeno y la expresión.
Que nosotros, nietos del pensamiento occidental, querámoslo o no, renunciemos a este viraje en la historia de Europa o que lo aceptemos, no cambiará nuestra fortuna. Hacerse responsable de un estado de cosas al que podemos mirar atentamente o de forma cínica rebelarnos hacia él en el olvido, no nos librará de su dominio dialéctico.

La pregunta de nuestra época no ha sido ya lanzada desde la cómoda habitación en la que un Descartes aburrido reflexionaba, sino desde las blancas cimas de la Engadina, donde un Nietzsche abismático comprendía el destino de nuestra civilización, mirando, hasta quemarse los ojos, el abismo que se abre en la carencia de la respuesta del otro.

1 comentario:

David Carril dijo...

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