miércoles, marzo 21, 2007

La sombra de Montaigne

El caso de un pensador como Montaigne nos esclarece cuáles son los caracteres del escepticismo, por un lado, pero quizás nos indique mejor aún el carácter de sus opuestos, a saber, el de aquellos que llamamos dogmáticos o que se precian del intento de un saber absoluto.

Y es que, siguiendo a Horkheimer, Montaigne reproduciría la esencia del escepticismo, que en su vertiente política es el equivalente del conservadurismo. Parece paradójico, pues escepticismo es sinónimo de criticismo, y una razón crítica no es fácil de engatusar. Otra cosa es que las condiciones sociales dadas favorezcan a determinado representante del escepticismo, pero tampoco por ello creo que sea lícito concluir que todo escepticismo es conservador. Al menos, habría que hacer justicias a las enormes diferencias entre el escepticismo antiguo y el escepticismo que inaugura Montaigne.

Pero, para continuar la paradoja, si bien es cierto que la actitud de Montaigne no es intrínseca al escepticismo, lo contrario podría revelarnos un dato, a saber: el romanticismo de todo movimiento revolucionario, y como consecuencia, su fatal dogmatismo. Este "fatal" dogmatismo no es desde luego un término moral. Ridículo sería juzgar a una doctrina fuertemente estructurada con los medios de un relativismo débil y ambiguo. Por lo tanto el relativismo tiene que callar y dejar hacer a este romanticismo.

Para mí, esa es la esencia de un cinismo escéptico que quiere revisar que en el fondo del problema no haya un fundamento farsante. El dogmatismo es algo esencial a todo movimiento revolucionario que se precie, ya sea en el pensamiento, en el arte o en cualquier otro asunto debido a que reafirma la necesidad, ya sea racional o irracional, de una esencia o fundamento poderoso bajo el cual los fenómenos han de callar momentáneamente. Todo acto de rebeldía en ese sentido es profundamente conservador, está teñido de la nostalgia de un régimen mejor. Pero, en contra del idealista habitual, el cinismo al que me refiero admitiría el idealismo no en base a su posible legitimidad epistemológica, sino precisamente en base a su pura irracionalidad, a su existencia, y no a su racionalidad, a su ímpetu y acción, y no a la verificabilidad de su teoría.

Este tipo de comportamiento está basado a su vez en la necesidad de una epoché escéptica continua que no necesariamente ha de convertirse en fin, pero que juega como medio en el que aún uno puede acometer la empresa de una difícil libertad, que por ser genuina, no está exenta de contradicciones. En esta libertad el escéptico mira con sospecha todo movimiento que aún en su negatividad esconda falsos fundamentos en la forma del anti-fundamento, y prefiere por ello la ingenuidad romántica cuando ésta adquiere caracteres de fuerza y movimiento. No es, por eso, un romántico este escéptico, como tampoco es un escéptico absoluto, sino temporal. Tal espíritu espera incómodamente una respuesta que le satisfaga en la antesala del sufrimiento.

No hay aquí interioridad ni comodidad como la había en Montaigne, sino el temor a una posible caída en la locura, una vez hemos roto todas las murallas de los fundamentos que nos sostenían. Este sufrimiento es una espera dolorosa, es cierto. Pero quizás sea la única libertad, ahora bien: libertad que precisamente por su posibilidad es reducida, acrisolada entre los difíciles caminos que hacen del pensamiento un enjambre ruidoso en las tinieblas.

2 comentarios:

Viper dijo...

Veo que sigues tan en forma como siempre, ofreciéndonos con asiduidad interesantes píldoras de conocimiento.

Un saludo del Clan del Oso Blanco!

David Carril dijo...

Gracias Viper, tus animos son siempre refrescantes. Saludos al Clan.