martes, noviembre 28, 2006

El juez implacable.


En algún lugar escribí, en algún papel que ahora debe andar durmiendo bajo el polvo, la siguiente frase: “La madrugada que nos levanta del sueño despierta también nuestras angustias. La noche es la hora de la honda confesión. El insomnio es juez de nuestras oscuridades. Pues es en la soledad donde también nos mostramos puros, y donde no existe apelación posible, donde se hace justicia sin ninguna compasión”.

Todos los insomnes egregios, (entre los que sobresale uno que, si bien no es egregio en materia del pensamiento, sabe mucho acerca del sufrimiento y de las noches en vela, quizás su mayor e incluso única virtud, estoy pensando en Émile Cioran), han comprendido que el insomnio no puede ser otra cosa que un pago por ciertas actitudes contrarias a la vida, por astutas y peligrosas imbricaciones en los terrenos metafísicos de la realidad, que, lejos de ser ámbitos neutrales donde practicar la ciencia, se revelan muchas veces como auténticas divinidades en las que el contorno físico del mundo pierde sus conexiones de causalidad para devenir destino meditado.

En efecto, el insomnio no tiene otro sentido, aparte de este terrible pago por la lucidez, que el de continuar el hilo de la consciencia que, una vez implícito en el sueño, se pierde para retomar nuevo y distante. Cada día se distancia del anterior por esta breve cortina de sueño en la que perdemos gran parte de nuestro tiempo vital. El descanso, tan necesario y a la vez tan pernicioso, pues en él se condensa más de un tercio de nuestra vida, aparece truncado cuando ése juez del que compartimos su maldito destino ha decidido no sellar aún el día y continuar el lamento amargo hasta la misma desesperación.

Parecería entonces que el descanso viene a ser un antídoto contra las cargas de la jornada, contra la acumulación en nuestra alma de los dolores que el día, desde que se levanta con la aurora, hasta que muere en el ocaso, acomete sin pausa. Por ello es por lo que el insomnio es una especie de castigo, pues extiende más allá de su límite el tedio insoportable del día consumado hacia la noche desbaratadora, donde perdemos la continuidad con la jornada siguiente y al mismo tiempo entramos en la desoladora conciencia de vagar inútiles una noche en la que amablemente podríamos estar recuperándonos para soportar el peso propio del día siguiente.

Con todo esto no está dicho nada sobre el insomnio ni tampoco sobre el sueño: éste no es solamente regenerador, sino, en una medida extrema, sinónimo de la muerte. Cuando nos fijamos en esos ancianos que pasan la mitad de su jornada durmiendo, como por ejemplo, yo mismo, cuando en uno de esos días en que parece que un manto de pereza y aburrimiento ha caído impasible sobre nuestros cuerpos, nos percatamos de la función intencional que reside en la voluntad de dormir: por eso el depresivo trata de hacerlo el mayor tiempo posible, pues teme la conciencia, a la que está asociado sin reparo alguno el dolor de la existencia.

Pero también aquí vemos la cara lúcida del insomnio; cuando nuestro juez nos levanta para resolver asuntos que sólo a la luz de la oscuridad resplandecen con brillo propio, en esa hora en que el mundo duerme y uno cree que puede aprovechar ese tiempo dilatado y silencioso para aventajar al prójimo y a uno mismo en sus meditaciones.

Nada de esto me ha sucedido a mí esta noche. En su lugar, cargado de diferentes sustancias tóxicas y medicamentos, he tratado de matar el insomnio en mí, hastiado del día inacabable. Pero el juez ha sido implacable: debo permanecer despierto mientras sufro la imposibilidad del descanso y permanezco en la apertura de la conciencia, junto con sus dolores.
Pues la muerte y el sueño no son solamente oscuridad y tinieblas, sino medicina sabia contra los estragos de esta vida.

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