sábado, noviembre 11, 2006

Acerca de la falacia de la cultura.


Estaba paseando al borde de un riachuelo antiguo y sucio, contenido en miles de cáscaras de hoja suicidada, dolorido ante la llegada apremiante del tedioso estío, mientras removía mi árida imaginación con las citas del venerado sabio alemán Goethe, cuando una inhóspita necesidad de albergar en una sola sensación la imagen de una creación absurda, egocéntrica e indisciplinada ha desatado una feroz crítica en mí ante el mencionado poeta.

Ha sido una de sus frases, tan llena de connotaciones, la que ha provocado la acción en mí. Pues dice Goethe, refiriéndose a la arquitectura, según él, blasfema del castillo del príncipe de Pallagonia: “ dragones que alternan con dioses, un Atlas que en vez de la bóveda celeste sostiene un tonel de vino”, o un poco más atrás: “lo mismo sucede con esas hileras de tejados adornados con hidras y bustos pequeños, esos coros de monos músicos y otras extravagancias similares”.

¡Qué brecha tan monumental, cuando resulta que la excitación al ver este panorama hubiese laureado la decisión mía de observar semejante acto de libertad!
Pues el hombre, aquejado por sus fantasías, dominado por sus éxtasis, dependiente de la errática y engañosa moralina, parece ser solamente libre cuando estimula su ímpetu artístico sin necesitar reglas ni otras directrices. Nuestro escritor defiende una rigidez plomática en el sinuoso sendero del Arte. ¡Bendita impudicia, sacrílega idiotez! Reza nuestro autor a la armonía y estilismo clásicos, y yo digo, ¡levántense, mis locos, rellenen las paredes con la vieja cal, ensucien las vitrinas de oro, y erijan estatuas cuyo jinete borracho parezca haber perdido la razón!

Si tan solo pudiese destruir mil años de civilización con mi mano, jamás tocaría las profundidades de la realidad; pero en un segundo el imperio del Arte habría quedado reducido a una broma ingeniosa, a una cómica ceniza. Me inspiré, amigo alemán, en ti, y a ti te dediqué un poema. Pero al notar el espesor del río ante el que me hallo, al sentir la crucifixión de mi médula espinosa, al oír los ruidos de cómo tu figura notable devino en un símbolo podrido de una nación enloquecida por la palabrería y la altivez, no puedo optar por otra acción que la de subestimar tu inteligencia, quedar íntimamente decepcionado por tu sencillez y poca hondura, y por último, arremeter contra el ideal de cultura, sea éste el que sea. Arte, cultura, formación...¡ benditas ilusiones, presa del que se sabe débil, aliento que le permite huir del vacío eterno!

Toda aquella actitud que quiera ver en el Arte mayores enigmas, se tuerce ella misma y se pierde sin remedio en la incoherencia y el sufrimiento, en las fuerzas mal gastadas. Todo el que pretenda trasladar nociones de peso y categorías a la mera actividad artística, es esclavo de profundas contradicciones y dilemas infantiles irresolubles. Y ahora, ¡levantemos un muro artístico al art pour l art, a la cultura pour la cultura! Divirtámonos un rato y descansemos de la seria mirada desafiante que la vida proyecta en nuestros ojos de forma perpetua.

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