miércoles, noviembre 08, 2006

El filosofastro.


¿Sabéis quien es el Filosofastro? Amarga figura para los que se dedican al estudio, ataque cardíaco de los gustosos del refinamiento.
Su sombra fue llamada en la Antigüedad Diógenes, ironía que vivía en un tonel de vino. En la actualidad, golpea con su aplastante mano a los niños bien educados para convertirlos en futuros polichinelas.

¡Ha venido el Filósofo! Enciendan las velas de su habitación...las damas suspiran, ¡tiene tantas teorías que contarnos! Los ilustrados calientan su pipa con celeridad, ¡es tan hábil y agudo! Cierta vez comparó el crecimiento de una planta con el mecanismo universal de la Naturaleza que dicta el principio del movimiento mediante una tesis, a la que sigue una negación de la tesis, y que termina en una preciosa síntesis, ¡la floración primaveral!*
Pero el Filósofo no ha llegado, y en su lugar se ha presentado el que se dice verdadero filósofo, ¡el Filosofastro! ¡Y cuanta razón tenía! Los ilustrados terminaron devorando sus propios libros, tales sandeces emergían vivarachas de su boca; las doncellas utilizaban las pipas de los sabios como instrumentos de su excitación sexual; los cargos intermedios, ante el infernal espectáculo, decidieron el suicidio por fuego... tal era el concepto que se tenía del Filosofastro.

Y éste es un caso único, una excepcionalidad natural guiada por fuertes mutaciones aleatorias, un azar maligno que se empapa de vocabulario y que sonríe ante su propia ingratitud. Pero no fue este comportamiento el que adoptaron en todos los lugares, y en el norte de Europa, un filosofastro que se acercó al oído del más eminente de los académicos ingleses, provocó la risa entera de la Universidad ante las llanas ocurrencias del pobre aspirante a sabio, cuya capacidad intelectual en nada se podía parecer a las asombrosas asociaciones de los maestros en cátedra, lo que influyó en el suicidio del filosofastro, cuyo cuerpo ahorcado se encontró en el arenal de un río del que sus vecinos habían olvidado su triste existencia.

También en las altas tierras de los Cárpatos encontramos almas desoladas que suplican por un lugar en la Historia: y parece ser un deseo no muy elevado de entre los filosofastros, pues aún se puede decir que no hay pocos que se puedan encontrar entre las páginas de una superficial enciclopedia.

El filosofastro nació para cantar, para ser feliz; el filosofastro nunca fue un alma mala, y ni mucho menos aguda. Todos sabemos que donde la bondad reina en exceso la puerca lira de la idioticia vela su morada. Pero ahora concentrémonos en la idealización de nuestro protagonista, congelemos su imagen en una sola y saludémosle: ¡Ha venido el Filosofastro, pregonero de mentiras, cautivador de gorriones mediocres, inefable artista de la consumación humana! ¡Gloria y loor al que ríe Las Cortes, al que su aliento a ginebra hace ensombrecer las esquinas de la matemática más seria!

No sé que hacer contigo, filosofastro. Te admiro y te odio, haces cosas útiles pero tu vida es inútil. Pero yo tengo una idea: mirad a los insectos de ocho patas, y estudiad su función. De esta manera también tendrás tú un puesto, Filosofastro, en el circo de la vida, y, quizás, mientras los demás ríen, y se carcajean ante la sublime sabiduría que les domina, tu quizás estés bajo sus pies, mordiendo su escritorio y calculando las medidas de su lápida; quizás aquí el más sabio sea el más infame, y quizás el más despierto, el más menospreciado.

*Friedrich Engels “Sobre la Naturaleza”.

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