sábado, noviembre 11, 2006

El hombre que quería hacer grandes cosas.


Lejos de mi ciudad natal, al sudeste de la periferia nacional, se vislumbra un atajo terroso, amarillento, árido, plegado en la brecha desértica que abarca la comarca, y que lleva a un pueblo ahora en ruinas, pero que fue habitado no hace más de treinta años.

La población, en gran medida anciana, tuvo que huir de allí, pues una extraña peste se apoderó de la ciudad hasta hacerla trizas. Y en el breve período de su cautiverio, nació en el mismo epicentro de aquella aborrecible situación K.P.. el hombre del que a continuación hablaré, bajo el estómago de una mujer que, por cierto, falleció con su nacimiento, probablemente debido a las malas condiciones del embarazo, ejecutado en plena travesía infernal, camino abierto por las llagas del calor y la desesperación ante la incertidumbre.

Cuidaron de él dos sujetos que caminaban sin rumbo, uno de ellos ya entrado en edad, y una vez llegaron a un poblado llamado Karitz ( ya no existe, un fuego acabó con él hace doce años), fue entregado el recién nacido al administrador de la ciudad, y este lo dispuso todo para que el hijo fuera adoptado por una buena familia que se interesase por él. Y así fue: no pasaron dos semanas cuando un matrimonio dichoso se hizo cargo del bebé. En aquella casa recibió los mejores cuidados, al menos los quince primeros meses.Pues cuando el niño, que había salido a pesar de todo fuerte y hermoso, acababa de cumplir un año, una voraz fiebre se hizo dueña de él, y las noches que se sucedieron, se alargaron interminables entre el deseo de saber cómo acabaría aquello y los dolores que estaban produciendo a los precoces padres. Bajo siete fiebres más atravesó el niño el desierto del invierno en esta zona de Europa, y tras este eterno lapso apareció una mañana cubierto de sudor , blanco, pero con una sonrisa en la cara. El niño había sobrevivido.

No cabe duda de que se hizo necesario pagar un precio por este extraordinario suceso. De hecho, los médicos visitantes solamente habían preconizado una muerte sin dudas, por lo que incluso dejaron de acudir a su casa. Pero esta mañana, como digo, el Sol le regaló una nueva oportunidad. Los cheques que habría que pagar por esta salvación los debería extender a lo largo de su nueva vida. Y así, el niño mostró tras los primeros días después de su recuperación una delgadez anómala, un prurito asqueroso y una tendencia hacia la actividad poco propensa antes de la irrupción de su dolencia.

En breves días, los animados padres ya habían matriculado a su niño en el colegio provincial (Der Provinze). Los informes fueron corrientes al principio, pero bien entrado el semestre acudieron extrañas observaciones a oídos de amigos de los padres, que les aconsejaron visitaran a los maestros. Por lo que se supo, los padres se tomaron como una buena noticia las peculiares afirmaciones de los maestros sobre el supuesto comportamiento del niño. Tan sólo ocurría que al inteligente Konrad no habían agradado los juegos de sus condiscípulos, y prefirió librar sus batallas solo, alejado de los demás niños.

No era esto lo que les preocupaba a los padres, orgullosos de que su hijo recobrase la salud, pues supusieron que las conductas de los niños no eran uniformes a esas edades y que además no era tan peculiar ese tipo de actitud hacia las cosas. De cualquier modo, y para quedarse tranquilos, acudieron al médico del colegio, el cual les expuso las múltiples hipótesis ante las que se encontraban en ese momento. Cierto tipo de autismo, o quizás una inteligencia maravillosa, etc, hipótesis todas que gustaron a los padres, pero fue sobretodo la de que su niño fuera extraordinariamente listo la que precipitó a la madre en una alegría asombrosa y en una fe tremenda que duramente se le pudo eliminar.

Pues las primeras pruebas confirmaban todo lo contrario: el inteligente Konrad apenas sabía ordenar los cubos, tenía dificultades con los puzzles y se oponía a contar los números del ábaco. El asunto quedó aplazado, pero la madre siguió empeñada en que había que hacer más pruebas.

A los seis años de edad comenzaron las sospechas. El niño no sólo había fracasado estrepitosamente en el colegio, sino que además no había conseguido aprender aún y tenía dificultades enormes en materias como las matemáticas o la lengua. Los profesores aconsejaron fuera visto de nuevo por el especialista.
Y así, el doctor Grigory Scheimetzer, que sustituyó al antiguo supervisor en este semestre, no anduvo con rodeos: su hijo padecía cierta demencia infantil que estaba asociada a un autismo profundo. El padre no se inmutó. La madre rechazó de inmediato el diagnóstico. Los años pasaron. En la adolescencia, el retraso mental de Konrad era espectacularmente vistoso. Los niños se reían de él y el joven comenzó a tomar drogas, lo que agravó la relación entre él, sus padres y los pocos amigos que había hecho a lo largo de los años.

Más tarde la madre solicitó la ayuda de un profesional, ilustrado, venido de lejos. El nuevo doctor era un veterano y estudioso psiquiatra deseoso de ampliar su currículo. Adoptó literalmente a Konrad y al cabo de un solo mes solicitó la baja profesional. Konrad era, según el doctor, un ser profundamente trastornado, que vivía su realidad como si de un genio se tratase, elucubrando sueños imposibles, maquinarias fantásticas, modelos de sociedad incorruptibles, mundos extraordinarios, etcétera. La madre sabía algo de esto, pero seguía convencida de que Konrad era un incomprendido y que había que tratar el asunto de forma tajante.

Según esta manera de pensar, su madre se presentó en el gabinete del doctor. Como ella aún no había visto los bocetos de Konrad, pues su hijo era muy cauteloso con respecto a lo que le enseñaba a sus padres, ésta se los pidió con urgencia al doctor, quien, amablemente, no opuso dificultad alguna.

Así resultó que los famosos dibujos de Konrad versaban de la manera siguiente: sobre un folio amarillo de unos cincuenta centímetros, había escrito en letra casi ilegible: “Proyecto de submarino termonuclear”. Lo que allí había trazado era realmente impresionante, si se compara con el título del proyecto: tan solo había una linea delgada, atravesada por una tiza blanca en forma circular.
El siguiente proyecto se titulaba “Crítica de una sociedad golosa” y sobre él se aplicaron cuatro manchas azules y una frase sin sentido que se perdía entre los garabatos. Y así, el médico, ya cansado de ver tanta necedad, entregó hoja por hoja a la madre aturdida, en total, seiscientos folios de necedad escritos en el lapso de un año.

La reacción de la madre no tuvo parangón en la historia de las madres. Su negativa a aceptar el trastorno de déficit del niño y su deseo de ver cumplido lo que el proclamaba le llevó a cruzar el océano, entrevistarse con intelectuales, colocar al niño en los mejores colegios y fundar incluso una asociación, tras años de inversión en la banca. Finalmente, la madre misma fue ingresada en el hospital de Luxemburgo, tras una crisis epiléptica cuyas causas se desconocen.

El padre había desaparecido hacía ya muchísimos años. La madre había logrado colocar al hijo en el departamento de informática de una cadena de televisión, aunque Konrad tardó más de diez años en licenciarse en la especialidad requerida. Todo terminó el día que éste prendió fuego a su escritorio, y, dirigiéndose a la pantalla en directo, proclamó:

“Buenas noches, americanos y europeos. He estado guardando mucho tiempo el proyecto que nuestros antepasados han estado interminablemente buscando, en su corazón, en las leyes, en las letras, en las filosofías. Yo lo tengo en mi mano. Sois afortunados al ver resplandecer una nueva era para el mundo. Una era que durará diez, quince años, cien años. Vuestros hijos llevarán mi mensaje a lo largo de los siglos, a lo largo de la eternidad”.

La madre aplaudía desde el psiquiátrico. El mensaje se cortó en el acto, tras las últimas palabras. Nunca más se supo de Konrad Peiletreirberg.

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