sábado, noviembre 25, 2006

De la ironía y la tragedia.


Nuestras intenciones suelen ser traicionadas por el puro azar de la acción que se pone en marcha con la reflexión. No hay nada que distinga tanto la presencia de la vida, es decir, el principio activo que forma una única substancia con el hombre, que esa desgracia divina de la ironía, que tiende a regular y a asimilar todos los esfuerzos y todas las mezquindades humanas en un mismo ámbito, resignándonos a la siempre admisión de una derrota que se perpetúa circularmente en torno a cualquier acción finita.

Y así es como la vida en su actividad más representativa vuelca lo cómico en desgracia, lo fútil en insospechada utilidad, lo honradamente valioso en pura inanidad. Esta capacidad insólita no deja de ser sorprendente aún cuando la costumbre nos haya habituado a ella. Parece que en efecto, la legalidad de la naturaleza no consiste tanto en una especie de justicia universal que compensara de forma seria la vida y su sentido, sino que, por el contrario, al fondo de todo se hallase la carcajada, la burla, la ironía descabellada.

Recordamos así a ese tipo serio que fue Odon Von Hörvath y que falleció absurdamente dando su paseo habitual, bajo una malévola rama de árbol que segó su vida inesperadamente. La frase de Pascal de que todos nuestros males nos suceden por salir de casa no sirvió de nada a ese otro gran querido filósofo que fue Maurice Merleau-Ponty, que, tras pasar toda su vida buscando un ser escurridizo, y de ese modo negando sin cesar el pensamiento clásico cartesiano, murió de un ataque al corazón mientras estudiaba a su acérrimo enemigo, Descartes. O qué decir del jovial, fuerte y vigoroso Nietzsche, cuya frágil existencia parecía un castigo de los dioses contra su hybris desmesurada.

No, no existe ningún lugar a resguardo de la esencia irónica de la existencia; el pago es universal y no existen excepciones. A los que se toman de forma poco seria la vida ésta misma les acomete un giro trascendental que les hace convertirse en los hombres más sombríos; a los que se enorgullecen de jugarse el pecho en cada decisión más tarde son sometidos a una vergüenza social que los desnuda ante el gran público al que siempre trataron de impresionar con sus oscuridades.

En efecto, esta legalidad cómico trágica de la existencia ha sido desarrollada a fondo por los payasos, los cómicos y los humoristas. Y como todo buen humorista serio sabe, la comicidad es la otra cara de la tragedia. Y por eso el enorme sufridor que fue el danés Kierkegaard pudo decir, tras sus excesos y sus bromas, esa frase que vuelca el cielo de lo amable en seriedad consternada, esa dualidad que presenta la vida a un mismo tiempo, pues ella, como Kierkegaard, bien podría decir: “Soy Jano Bifronte. Con un rostro río y con el otro lloro”. O quizás sea más preciso afirmar que todo se hace con el mismo.

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