domingo, febrero 25, 2007

La vacuidad del fenómeno

En la soledad más silenciosa es donde surge, como una tormenta en un cielo de preocupación, el interrogante. "El que se aísla busca su propia perdición" dice la Biblia. Y, sin embargo, es en esa intimidad con el mundo que los entes se nos revelan en su profundo silencio como cosas que nos constituyen, como nuestro mundo, y no sólo como un mundo general, que estaría desnudo delante de cualquier observador.

La apropiación del mundo por nuestra acción es al tiempo cercanía con las cosas, crecanía siempre dada por supuesta, pero que sólo con la experiencia de la reflexión como reflexión perceptiva capta su intimidad particular. En ese residuo al que hemos sido arrojados con violencia (¿desde dónde?), nos vemos obligados a fabricar una vivienda donde morar, en la que la tensión entre los distintos factores que nos componen sea lo suficientemente sólida como para no desmoronar el mundo que habitamos.
El interrogante tiene siempre la forma del sentido. El sentido no deja capturarse, y cuando ingenuamente lo alcanzamos, sentimos su desmoronamiento radical. Como un obsesivo tintineo que acaso fuera el recuerdo de lo que quedó tras una catástrofe natural, el sentido roza etéreo el mundo para a continuación abandonarlo, siempre regresando a nosotros, siempre nosotros dirigiéndonos hacia su seno.

Una vez caídos y arrojados en el mundo, podemos engañarnos con la futilidad de hallar un estrato primordial en su corteza originaria, que no sería sino la huella de una intencionalidad de trascendencia, o bien constituirnos mediante el amor con estas cosas que conforman nuestro mundo. El ser para sí convierte al ser en sí en su propio mundo constituyéndose con él mediante esa relación afectiva. Regresar a un mundo preobjetivo es también regresar a aquel contacto primario que tuvimos con el mundo. Todo contacto convierte sin duda el mundo en un mundo cada vez nuestro, y mediante la familiaridad con el mundo conseguimos nuestro propio emplazamiento en él en conformidad con la conciencia.

Ese mundo que nos rodea y que nos inunda con sus significaciones, y en el que nosotros nos extendemos a través de nuestro cuerpo ha de ser apropiado aún por la conciencia. Esta apropiación depende del carácter "intencional" de las cosas en el mundo cuya forma de presentación es la del silencio y la pasividad. Las cosas no significan excepto cuando la labor activa del hombre las transforma o las toma como entes posibles de una utilización. La idea de Marx de producción de un mundo mediante la naturaleza indica la dificultad de considerar el mundo en un enlace continuo y claro de comunicación con la conciencia. La labor de apropiación humana hace de las cosas vacías elementos fragmentarios del mundo en que la conciencia se enquista. Y así, los instrumentos del hombre poseen una capacidad infinita de utilización, modificación, y por tanto, de significación.


Por sí mismas, las cosas se hallan en un trasfondo sin forma. Merleau Ponty ha demostrado esto mediante la diferencia entre la temporalidad humana y un tiempo absoluto que, lejos de cualquier observador, no puede distinguir sus instantes. El enlace entre el mundo y la conciencia viene a ser el enlace entre el silencio de la eternidad y el lenguaje de la temporalidad.
Por eso la relación de apropiación de las cosas está constituida por una afectividad irrebasable. Si yo de pronto suspendiera mi confianza en los objetos que me rodean, no metódicamente, como Descartes, sino realmente, pondría en peligro la configuración de mi mundo, y con ello, mi propia conciencia. Tener una relación de implicación con el mundo significa, por lo tanto, estar en simbiosis con él. Lo que implica una afectividad intencional hacia ese mundo.

Y sin embargo, en esta soledad indefinida, miro de forma despojada y fría esos objetos y de pronto comprendo su nulidad, su vacío. En estos instrumentos puede estar realizado perfectamente ese mundo que me invade y cuyo centro yo penetro de continuo. Pero, ¿es ello acaso desvelamiento de una significación que verdaderamente sea para mí algo más que "la cosa misma" y que satisfaga el anhelo de totalidad de mi espíritu? ¿Es de veras una bendición el arrojamiento a nuestro mundo fenoménico? ¿Nos dará un sentido que no sea puramente tautológico una mayor comprensión de la temporalidad humana? ¿O no será que, aún en su pretendida falsedad, todos los símbolos de la trascendencia son mucho más vivos y profundos que las estériles llanuras, cargadas de verdad, de la inmanencia?

Una ruptura que no vemos siega, como una sangrienta diagonal, la unidad del mundo, del espacio, del tiempo. Cuelgan del pasado signos destruidos. Y la calidez del mundo se hunde en un espacio opaco y monótono, una llaga anónima donde se presiente el hundimiento de todo lo que existe.


4 comentarios:

Ana dijo...

El primer contacto creo que es la mirada; pero la mirada puede ser afectuosa o indiferente. El que sea afectuosa no significa que sea necesariamente amorosa (aunque creo que es ésta mirada la única que puede salvar). La mirada indiferente es la mirada fría, más bien helada, que cosifica y objetiva haciendo imposible cualquier relación y abriendo un abismo insalvable.
Sin embargo, la mirada afectuosa (sea del tipo que sea tal afecto) ya es el inicio de una relación, de una comunicación y de un re-conocimiento.
Un afectuoso saludo.

Ana dijo...

"El que se aísla busca su propia perdición".
Cuando se mira al otro objetivamente, es decir, de manera fría y sin ningún lazo de afecto, le estamos cosificando, instrumentalizando...a fin de cuentas, matando. Desde aquí quizás se puede entender el gran horror que fue Auschwitz. La mirada objetiva e indiferente hacia el otro, es la mirada del psicópata.
Cómo dice un especialista (Vicente Garrido) en psicópatas –no son enfermos, saben perfectamente lo que hacen-, éstos son la muestra de lo que sería un mundo sin Dios.

Por el contrario la mirada afectiva y en concreto la mirada amorosa, no sólo crea lazos cuando no existen, sino que refuerza los que ya se dan. Hace que salgamos de nuestra mismidad y que nos reconozcamos en el otro y que, como muy sabiamente sabe el cristianismo, lo reconozcamos como hermano, así el mandamiento que Cristo dió: "Ama al prójimo como a ti mismo", es la realización efectiva y afectiva (amorosa) de lo anterior.

Pero esto además se amplia a lo que nos rodea. Sabiendo que las cosas y animales son distintos, sin embargo bajo la mirada amorosa, la relación que se establece ya no es de explotación, sino de cuidado, de reconocimiento de aquello con lo que compartimos la Creación.

Se me dirá que entonces, bajo ésta mirada, la ciencia ya no es posible. Mi contestación es que sí, claro que es posible e incluso dará fruto sano, pues únicamente bajo la mirada amorosa se considera al otro como un todo. Y es que la mirada amorosa re-conoce. Un ejemplo, en medicina el método es la objetividad, pero la mirada es amorosa; cuando la mirada se convierte en objetiva, es cuando se dan casos como la utilización del enfermo como cobaya.

David, muchas gracias por tu blog. Quizás no fuera una casualidad que, casualmente, fuera a parar aquí.
Desde la afectividad.

David Carril dijo...

No hay nada que agradecer. En todo caso, yo soy el que debo de agradecer tus visitas y tus comentarios. Saludos.

Julián Severo de Medina dijo...

Algo fuera de lugar para este blog:
http://www.headheritage.co.uk/unsung/aotm.m3u