domingo, febrero 18, 2007

La absoluta exterioridad

La absoluta exterioridad de la muerte con respecto de la vida hace de aquella una instancia inmensurable con la propia vida. El hecho de que la muerte sea algo absolutamente individual no significa de hecho que ella acabe sólo en lo individual. De alguna manera, el fenómeno de la muerte que en cada caso es el mío es también la muerte del mundo en cuanto este es en cada caso el mío. Y es que el mundo siempre es en cada caso el mío. La aparente frivolidad de la frase de Wittgenstein, “el mundo del feliz es distinto del infeliz” oculta un grave problema que es el de conciliar la necesidad de suponer la existencia de un mundo objetivo con la necesidad de admitir la particularidad de cada universo propio.

Si hay tantos mundos como ojos e inteligencias, cada inteligencia que muere mata a un mundo. El mundo que muere con cada inteligencia no es un aspecto del mundo solamente, sino un mundo tan valioso y real como el mundo al que llamamos absoluto y objetivo. El problema de este tipo de comprensión es que la muerte siempre es aprendida desde el lado de la vida, y ello sucede por la paradoja óptica en la cual la vida aparece como lo absoluto, y por cuya realidad entendemos como accidente propio de la vida la muerte en sí misma.

Sin embargo, la muerte pertenece a la vida tanto como no pertenece a ella; el límite que la muerte impone a la vida significa no sólo dejar el valor de la vida como tal, intacto, sino todo lo contrario. El ansia de la muerte pretende borrar todo valor vital, relativizar la supuesta supremacía de la vida sobre la muerte como realidad absoluta, es decir, como aquella instancia desde la cual habría que dirigir de forma fundamental el sentido. Con la muerte fenece la vida, y perece también su pretensión de valor y realidad.

Si la muerte venciera a la vida, no quedaría en el universo sino un silencio sordo y abismal. Nada ha quedado del lenguaje, que es el instrumento de la memoria. La memoria y por tanto la Historia son para la muerte puro polvo, que el tiempo se encarga de destrozar. La Historia existe en cuanto lapso de esa unidad contradictoria que forman vida y muerte como ámbitos en los que el sentido ha de doblegarse en cada caso. Entender la vida desde la muerte significa reducir el valor de la vida. Entender la muerte desde la vida significa revalorizar la existencia, toda vez que se comprende que solamente es el destello, la copia de la muerte lo que recibimos de ella en la vida.

El lenguaje es ese ente misterioso que salvaguarda de alguna manera aquello que llamamos sentido. El lenguaje aspira a consumir, a devorar todo lo que existe, a comprimir la materia y la nada mediante el ejercicio de sus actos en la vida. Todo esto no son sino futilidades, que vienen a terminar en el lecho propio de la muerte. Para la muerte la vida no es sino un mero ruido que deja de ser en cuanto pertenece a un ámbito que alguna vez llega a ser propiedad de aquella. La vida es propiedad de la muerte y es capaz de reducirla a la nada, al puro eco del vacío.

Con todo, el reflejo de ella en nuestra existencia nos indica la forma de la vida. El abismo ontológico entre la vida y la muerte revela, sin embargo, la estructura paradójica de esa unidad total que conforma cualquier cosa del universo. Y nos obliga a romper el sentido allí donde parecía extenderse hasta el infinito, desnudar a las palabras de su significación y remitirnos silenciosamente hasta lo otro que con la vida forma una unidad inaprehensible, haciéndonos extraños partícipes de los límites insertos en las cosas. Es también una llamada a la relatividad del ser dentro de su seno, relatividad que apunta a una unidad que para nosotros es aún inaccesible en su absoluto.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Abandona la filosofía...es el mejor consejo que te puedo dar. Nada bueno vas a sacar de ella y, cuando pasen los años, te preguntarás la razón de haber desperdiciado la vida en elucubraciones sin sentido...Te lo digo por experiencia...¡Si yo lo hubiera sabido antes...!.
He llegado aquí por casualidad y no creo que vuelva; me es todo demasiado, horriblemente conocido.
Una amiga.

David Carril dijo...

Desde luego, cuando uno no tiene habilidades ni capacidades suficientes para una empresa, está irremediablemente destinado a fracasar en ella. La filosofía para mi no es un dolor; en todo caso, me ha ayudado en la tediosa labor de estructurar la propia existencia. El filósofo puede perderse por los innumerables caminos que ofrece la filosofía. Por eso solo algunos debieran dedicarse a filosofar.

Anónimo dijo...

Dirigirse a alguien de modo imperativo, no es dar un consejo, es ordenar.Esto, amiga, no es un consejo es un mandato.
Es muy egoista hacerle ver a alguien que porque algo nos ha ido mal a nosotros debe dejarlo, es no menos que determinista y propio de personas que no ven más que su ombligo.
Espero que como bien avisas: "no creo que vuelva" sea así y que no vuelvas o que sí lo haces no sea para ordenar y dejar como el que no quiere la cosa un comentario de esta índole.Pero como dudo que sea como dices, sé que volveras y leeras este comentario al que constestaras, porque aunque no te lo creas o no quieras creerlo todo esto te interesa precisamente porque a ti no te ha valido de nada, y porque crees que has perdido la vida y eso te asfixia, ¿quien puede creer que ha perdido la vida mientras respira y puede escribir? sólo un muerto en vida, y si ese es tu caso, entonces no compartas tu amargura o al menos no la impongas. La vida no se desperdicia en elucubraciones sin sentido, eso no es un desperdicio, creo que el tema es más amplio de lo que parece, asi que termino dejandote esta frase de Qohelet: "Excelente es la sabiduría con patrimonio, y provechosa a quienes ven el sol"

Un saludo.

Anónimo dijo...

Esta chica está muerta, no existe, sólo un muerto puede hablar así; y aquí no se deja hablar a los muertos.

Anónimo dijo...

Vaya, me he equivocado...aquí sola y exclusivamente hablan los muertos.

Anónimo dijo...

Aqui no se habla, aqui se escribe...lo haga quien lo haga, ha de hacerlo con respeto.

Anónimo dijo...

¿Quién es usted que reclama respeto y da órdenes? ¿Quién demonios es usted, que de la diferenciación entre el código primario y el secundario del lenguaje hace bandera para atacar? Se lo diré: usted es un payaso.