jueves, abril 05, 2007

Paradojas postmetafísicas

La perplejidad que nos ocasiona, una vez asumido el destino de esta época como el fin de todos los mitos y todas las fábulas, el hecho de que la idea de un Dios omnipotente y una teleología de la Historia hayan sido en otro tiempo una cuestión ineludible en el pensamiento humano se debe, creo, a que el mismo concepto de realidad es algo que en modo alguno ha quedado nunca determinado, y por lo mismo, que si nunca ha sido determinado, menos aún podríamos pensar hoy que lo hubiésemos concluido.

Si la idea del fin es otro mito, ello es porque la pretensión de haber abandonado la posibilidad de recaer en una nueva fabulología es un sinónimo del mito del progreso que se quiere abandonar. Lo que tiene que afrontar el pensamiento de la posthistoria es por lo tanto la paradoja de cómo hablar desde un lugar innominable, cómo pensar desde el lugar del no-pensamiento.

Considerar desde esta óptica la importancia en otro tiempo de que lo fenoménico y lo aparente como criterio de realidad es sólo una posición más donde pueda instituirse el texto de la realidad, significa ser consciente de la dificultad del hecho de abandonar toda mitología o todo pensamiento metafísico, de la dificultad de instituir como realidad el criterio del fenómeno, y en esencia, ser consciente de la debilidad de nuestra tendencia a la mitologización.

Pues lo verdaderamente paradójico es que la esencia de la metafísica haya podido dar fundamento a la realidad, es decir, que se haya presupuesto como criterio de realidad algo ajeno al mundo fenoménico, algo que en efecto escapa de la percepción, cuando resulta que por otro lado la única forma de considerar tal metafísica parte de lo meramente sensible, pues al fin y al cabo, en ello se agota nuestro mundo.

¿O no se agota? Lo que demuestra la permanencia del pensamiento metafísico a lo largo de la historia es que esta cuestión no es tan sencilla de determinar. Que lo que habitualmente consideramos completamente obvio, a saber, que el mundo fenoménico es la última instancia pero sobretodo la primera que nos puede proporcionar un criterio fiable, es a su vez objeto de duda, puede a su vez ser el reflejo de otra cosa que en lo inmediato no aparece, que, en fin, su irregularidad fragmentaria puede obedecer a una esencia anterior y oculta.

Lo oculto en efecto no tiene por qué constituir una esencia metafísica, pero toda metafísica se ha referido a la posibilidad de la existencia de algo más que no se halla inmediatamente ante los ojos, a modo de fenómeno. Aún no está claro que nuestra evolución vital como hombres que poseen pensamientos a su vez inmersos en un trayecto, en un recorrido, sea tan fragmentaria como suponemos. El pensamiento que aparentemente se diluye bajo el flujo del tiempo quizás aparezca más tarde fortalecido por una nueva experiencia, traído a la luz de la oscuridad en la que se encontraba.

Lo que con ello quiero resaltar es a su vez la dificultad de suponer una fragmentación absoluta en el ser y en el pensar, desde el lugar del pensar. Es decir, que desde el mundo del nóumeno quizás se pueda desde luego suponer una “metafísica del puro devenir”, dicho sea esto con toda la mala intención que se pueda suponer, pero que inscritos en el esquematismo kantiano, en las condiciones del espacio y del tiempo, y en la dicción del pensar que aún en su negación lógica sigue constituyendo un algoritmo lógico, tal condición es imposible.

Dicho de otra manera, la dificultad aquí es hallar un pensar que se trascienda a sí mismo, que pueda rebatir su propia existencia. Esta es la misión que se ha asignado cierto pensamiento postmetafísico, y nada malo hay en ello. La única objeción es la supuesta facilidad que plantean en su asumpción del devenir y del fenómeno como lo absolutamente obvio y perfectamente comprensible de por sí.

Por otro lado no se puede obligar a nadie a asumir sin más la finitud y la muerte. Es de todo punto respetable que el hombre tome ciertas medidas para evadir la vacuidad pura del fenómeno sin que haya que determinar que su salud corra riesgo, primero, porque tal criterio necesita de una fundamentación que esta propuesta no puede afirmar sin negarse a sí misma, segundo, porque la expresividad del hombre encuentra su mayor culminación en la negación de lo real, en la afirmación de la misma fabulación.

Tal supuesta superioridad con respecto ya no de la tradición metafísica, sino de otro tipo de manifestaciones expresivas del hombre como la religión o la poesía, es lo que incluyen temporalmente a este pensar como el nuevo mito de la superación del propio hombre; tarea desde luego posible, pero imposible como negación de una cierta mitología del progreso.

4 comentarios:

Phiblógsopho dijo...

Hola David.

Muy interesante texto.

Yo veo en la salud de los consuelos, en la adultez y madurez de los hombres serios - que se toman el mundo en serio, es decir, como dado e inobjetable - mucha debilidad, incluso 'enfermedad'.

Y lo otro, es que al menos en sentido fenomenológico, lo obvio no es precisamente lo dado. Lo dado (Gegebenheit) puede ser incluso cuestionado por ser demasiado teorético, al saltarse la exigencia básica de ir a las cosas mismas, y sustituirla sutilmente por una teoría de los fenómenos tal como se dan a una conciencia.

Lo obvio es el problema fundamental de la fenomenología. La cercanía óntica que, a la vez, implica la más grande lejanía ontológica en los respectos de comprensión que competen.

Saludos.

David Carril dijo...

Estoy de acuerdo, pero, ¿cómo llegar a eso inmediatamente obvio en las condiciones de nuestro pensamiento? Por eso yo pienso que por muy excéntrica que sea una filosofía con respecto de la filosofía considerada tradicional le cuesta mucho trascenderse a sí misma. Creo que en ese sentido la poesía y la música saben unir esa fractura entre la intuición sensible y categorial y el ser entendido como flujo del devenir. (espero que al hablar de intuición no pienses que soy un neokantiano) :) saludos.

Phiblógsopho dijo...

Comprendo bien lo que dices de la poesía y la música. El pensamiento, en lo que más le atañe, tiene el peso ingente de transgredir la cosidad y la teoría. Esto es, soportar el nihilismo en términos nietzscheanos. Y esta es una lucha que sólo puede ser librada por el pensamiento (ya no por la filosofía).

Saludos.

Renton dijo...

David, conoces a Mircea Elíade y su concepto de Homo Religiosus?

http://www.arrakis.es/~ruteol/eliade.htm

Renton