domingo, abril 08, 2007

El texto del mundo

Pareciera que el hombre estuviese condenado a fracasar en su búsqueda de la verdad no porque ésta estuviese astutamente escondida, sino porque no hay verdad en el lugar en el que busca habitualmente el pensamiento humano. Esto no significa que no exista la verdad porque todo sea falso, por ejemplo, sino más bien que el mismo concepto de verdad parece resistirse a ocupar el supuesto lugar que le correspondería.

La existencia del mundo es algo inmediatamente dado, continuamente presente, irrebatible. La negación de su existencia no elimina la tenaz presencia del mismo, que con independencia de nuestros juicios sobre él se nos instala de continuo como un fondo monótono del que no cabe discutir su posible irrealidad. En verdad, dudar de la existencia del mundo no modifica el mundo mismo, que pavorosamente sigue ahí, como ese asunto de fondo, como ruido de fondo, si se quiere, único en su completa presencia y homogeneidad.

Esta presencia perfecta, sin hueco por ningún lado, conforma a su vez la forma lógica de la verdad, la manera en que, de existir una verdad, tiene que poder manifestarse. La verdad más exacta de todas coincide con el objeto al que remite. La tautología es la forma de la verdad y el modelo ideal de verdad, del cual se desplaza todo movimiento que no se ajuste a su estructura paradigmática. De este modo cabe distinguir entre un mundo y un texto del mundo; pero si la verdad pertenece al mundo por principio, ella ha de quedar fuera del texto mismo del mundo. Esta es la razón por la que todo texto del mundo no es verdadero ni falso, ya que no se adecua a la configuración formal del concepto de verdad, que es tautológico. En la medida en que se dice algo sobre el mundo, uno ya se está alejando de él, y no como falsedad frente a verdad, sino como otra cosa frente al binomio verdad-falsedad que constituye la afirmación de la existencia del mundo sin más y su necesaria negación.

El texto del mundo repliega al mundo y lo hace humano, finito. La palabra y el concepto sitúan un mundo infinito en un lugar, dan forma y figura humanas a una indeterminación que escapa siempre a la mano del hombre. La existencia del mundo es la verdad del mundo, pero su texto verdadero es intangible, es ciertamente indeterminado, inefable, en una palabra. Por eso Dios es el prototipo paterno de ese mundo infinito; en Dios no existen atributos, sino que, como puso bien de manifiesto la teología negativa, hay que negar lo que es Dios más bien que afirmarlo, y como Escoto, comprender que toda palabra no agota la descripción de lo Absoluto.

El texto del mundo es el lugar de la ausencia del mundo, la llamada y la referencia hacia algo que no está presente. Sólo es posible ese texto entonces en la misma ausencia, lo que hace posible el problema que da lugar a las escisiones entre concepto y objeto, entre significante y significado. Pues en definitiva el fin del lenguaje no es otro que el de traer esa presencia perdida mediante los recursos humanos, hacer tangible y finito lo infinito de la experiencia y del acontecimiento.

Sólo a partir de la aceptación general de que el mundo no es algo que esté más allá de su texto, que no existe ningún supramundo platónico, ha podido la filosofía ir reduciendo su objeto hasta invertir la búsqueda del texto del mundo originario en el mundo en el texto. Primero mediante la conciencia histórica, y después mediante la interiorización del mundo en las obras de la expresión humana, se ha podido destruir completamente las sacudidas de lo infinito, cuya máxima expresión era el concepto de Dios.

Schelling sabía que el Yo absoluto era a su vez la oportunidad de la libertad. La actividad de la conciencia como empuje subjetivo, como acto originario de creación, es la esencia del hombre y su máxima representación viene dada por el concepto de Dios. De alguna manera, tal libertad supone por tanto la lejanía total con respecto de la presencia inmediata del mundo, la pluralidad de discursos o de representaciones textuales de ese mundo que en cada acto de creación se pro-pone como algo nuevo e inaudito. Frente al Yo absoluto, el No-Yo se sabía limitación de la actividad infinita, presencia y rotundidad, vacío y silencio tautológico.

No hay verdad más allá de esta necesidad. Necesidad, presencia y verdad son sinónimos e intransferibles. No es el mundo en realidad lo que es infinito, sino la relación entre el mundo y la conciencia lo que provoca el acontecimiento infinito. La experiencia del mundo y la existencia del mismo son dos cosas distintas. Su existencia es opaca y muda, la experiencia es infinita, y el hombre es aquel que es capaz de regular el tránsito de un estado a su opuesto.

Es paradójico que esa actividad humana encierre el mismo mundo en el ejercicio de su expresión. Pues se trata de que la actividad en la que el hombre consigue liberar al mundo de su impenetrable opacidad es la misma que le lleva a condenarlo en la forma del texto, en la cárcel de las palabras y de los conceptos.

2 comentarios:

Phiblógsopho dijo...

«Vivimos en la verdad».

Aristóteles-Lask-Heidegger

Sobre la metáfora del mundo como texto, es de rigor consultar Hans Blumenberg: 'La Legibilidad del Mundo' (Barcelona: Paidós).

Saludos.

David Carril dijo...

Gracias por el consejo, Jethro. Un saludo afectuoso.