miércoles, abril 25, 2007

El texto singular

¿Es pensar la cultura un verdadero pensar? ¿O se trata más bien de una nueva determinación, en la que de alguna forma nos desviamos del enfrentamiento directo con el pensar más auténtico? La repetida y artificiosa distinción que separa los dos movimientos principales de la filosofía en analíticos y continentales en cuanto a que los primeros tratarían el problema del pensamiento desgajado de su contexto vital, y que los segundos estudiarían siempre en relación con un texto de la cultura o de la civilización, (sea el texto que sea), es en el fondo una falsa distinción, que no da cuenta de un problema real, que pretende diagnosticar decisiones de estilo allí donde se fraguan problemas filosóficos ya en sí mismos, con su propia autonomía y seriedad.

Es decir que la cuestión de si, a la hora de pensar, es más relevante la centralidad de un problema filosófico en sí, o si por el contrario tal pensar sería una ingenuidad de aspiraciones científicas, que no da cuenta de la determinación contextual, no es, a mi modo de ver, únicamente un estilo que definiría distintas formas de pensar, sino un problema filosófico en sí mismo.

Es verdad que el peso de nuestra Überlieferung, como llama Gadamer a nuestra tradición, ya nos aboca a un texto más o menos tangible donde podríamos ejercer de sujetos. Es curiosa esta determinación, pues que en la medida en que conocemos mejor ese texto más facilidades podemos tener a la hora de situarnos en él y constituirnos. Ello quizás signifique que la pretendida ilusión del sujeto cognoscente no se elimina de hecho del discurso de la filosofía continental, de manera que la pretensión de una determinación de ese tipo quizás sea más constitutiva incluso que aquella que nos pretende seres libres y sujetos de pensamiento propios.

En todo caso entre esos dos polos debería moverse nuestra actitud; entre aquella consciencia que sabe de sus limitaciones y aquella otra que no hace de tal limitación una justificación para dejar al texto del mundo recibido de la tradición como el lugar total desde el que podemos constituir nuestro lenguaje.

Quizás la veracidad de un texto sea dependiente de la capacidad de proponer un sentido que a su vez genere algún tipo de convicción. El discurso de la cultura, como el lugar de la civilización occidental, ya sea en su descripción positiva, o en su descripción del desarrollo de una metafísica del poder, es desde luego un lugar que genera sentido, pero que no agota al sujeto participante, que siempre puede quedar a solas consigo mismo, sin que ese lugar solitario tenga visos de un ámbito privilegiado desde el que mirar, pero sin que esa razón le niegue un lugar, un sitio generador de sentido.

El texto de la cultura nos obliga a trabajar en él no tanto por sus indemostrables visos de veracidad, sino porque es un lugar compartido donde podemos comunicarnos y situarnos. Es un lugar, en fin, donde poder desarrollar un discurso, un lenguaje entre habitantes de un mundo compartido. En ese sentido el texto de la cultura es primordial. Pero la cuestión del pensar no se agota ahí. Donde verdaderamente se agota es en la responsabilidad única del existir auténtico, revocando las palabras de Stirner, en cuanto que “la propiedad del Único”, ciertamente irrepetible. No se trata de que este Único haya que celebrarlo a la manera de una egología que hace gala de sí misma, sino como un hecho irreducible y singular en su misma naturaleza. Tal lugar es desde mi punto de vista la oportunidad del otro pensar, del pensar aquel que piensa los problemas filosóficos sin ningún tipo de compromiso con aquello que podría constituirlos en un texto de la cultura o de la cotidianidad.

El motivo fundamental de hacer un pequeño elogio a este pensar está basado tan solo en no olvidar que el texto que recibimos no agota todo el sentido posible, que es precisa una actitud de cautela frente a todo aquello que nos constituye desde fuera. Alguien dirá: no existe ese adentro. Bien, al menos existe en la forma de la responsabilidad legal y civil. Ello indica ya algo de la naturaleza de ese yo, que no es una mónada absolutamente conforme de sí, sino una replicación a pequeña escala de lo que constituye el fenómeno del mundo.

Tal responsabilidad hace que la mayoría de los discursos en los que participamos sean tan sólo “juegos”(eso sí, necesarios e importantes), frente al verdadero discurso, del que no se puede extirpar el sentido que de alguna forma lo hace irrepetible, que es la esencia de nuestra existencia inalienable.

8 comentarios:

Luis González Santamaría dijo...

Inquietante No sé si entiendo:

¿Cómo puede ser ese pensar en contexto cultural "necesario e importante", una vez vislumbrado el otro pensar, ese pensar construido en la original singularidad, definido casi como d´Ors definía al Ángel: "adecuación de lo divino a la exigencia de exclusividad personal", "la sed de compañía y el hambre de dominio"? ¿Qué espacio ocupa ese pensar? ¿Tiene algo de original-originario-auténtico o es otra cosa? ¿No será ese otro pensar un pliegue del propio pensar en contexto cultural - haciendo pleitesía para con un vocabulario reconocible por los giros y las citas - una suerte de sombra o válvula para mayor gloria y poder del pensar---como lo fue el buen salvaje para el ilustrado urbanita?

David Carril dijo...

Desde mi punto de vista, no es que sea un pensar "especial" ni nada por el estilo. Es el pensar de la responsabilidad como ejercitación ultima e irreducible del ego,como posición frente a lo otro. Es quizas una comprension cartesiana en ese sentido; la diferencia es que yo no creo que tal experiencia sea fundamento de nada, sino que reproduce solo la pluralidad y la complejidad del mundo en otro nivel.

saludos.

Luis González Santamaría dijo...

Me parece interesante esa idea de "el pensar de la responsabilidad" (¿radical?) y de la "reproducción de la complejidad en otro nivel". Sin embargo sigo viendo en el perfil del que piensa de ese modo (o lo desea) un elemento de "sobreconsciencia" o irreductibilidad "como si" fuera posible un pensamiento desligado de su océano nutricio --- llámese horizonte cultural, fondo de la inconsciencia, naturaleza, vocabulario etc.

En todo caso bonita reflexión.

Leo Zelada Grajeda dijo...

Interesantes tus reflexiones

Horrach dijo...

Hola David.

Acabo de descubrir tu blog y, aunque de momento sólo he podido echar un pequeño vistazo, da MUY buena impresión. Y eso quiere decir que volveré por aquí.

saludos

Horrach dijo...

Una cosa más. Veo que eres gallego. ¿Alguna conexión, personal o/y filosófica con los vigueses (a la par que divinos) Marzoa y Leyte?

David Carril dijo...

Hola, Horrach. Me alegro de que te haya causado buena impresion. Me ha hecho gracia lo de que soy gallego. Bueno, yo no, lo es mi padre. ES una lastima, pues apenas he conocido a la familia por parte de mi padre, que se ha disuelto en el olvido y el pasado. De Marzoa he leido algun que otro libro, pero nada mas. Eso si, es un gran profesor. De Leyte no conozco nada. Saludos, estamos en contacto.

David Carril dijo...

Gracias, Leo, por tus comentarios,

saludos.