lunes, julio 16, 2007

Filosofía desde Japón

En la búsqueda de una alternativa a las lógicas clásicas, que no serían fieles a la estructura dinámica de la realidad, Kitaro Nishida ha propuesto su fórmula de la “identidad contradictoria”, que ya en sí misma aparece como una contradicción. Y sin embargo Nishida pretende con ello rescatar el carácter de esa fórmula sin la apelación a una tesis idéntica a sí misma, que sería lo propio de lo que él llama la lógica objetiva o lógica de objetos.

Bajo esta fórmula se ocultan, no obstante, las múltiples influencias de Nishida, que convergen en la afirmación de tesis aparentemente opuestas y Nishida no trata de solucionar, en la forma lógica de una tesis afirmativa, sino de conservar en la alteridad de cada proposición. De este modo se hace aún más efectivo el hecho de la identidad contradictoria.

Así es como Nishida recoge de las escuelas tradicionales budistas el concepto de lo eterno y al mismo tiempo se emparenta con autores como Hegel o Heidegger; del primero tomando la idea de una autorrealización del absoluto en su alteridad que se expresa de forma dinámica, y del segundo su rechazo a la lógica clásica y la toma en consideración del problema existencial de la muerte.

Es en este punto donde Nishida coloca lo que él llamará el problema religioso: la religión es, para Nishida, y en contra de Kant, algo que va mucho más allá de la moral, que está orientada hacia lo social. La religión es un hecho profundo del espíritu del que emanan los verdaderos problemas de la filosofía. En definitiva, aquí se acerca Nishida a planteamientos kierkegaardianos y agustinianos; primero porque el hombre sólo se hace plenamente consciente cuando asume la propia nada que es, su propia finitud; y segundo, porque es en la pérdida de sí donde el hombre se halla a sí mismo.

Esta pérdida, aclara Nishida, no es una pérdida de la consciencia, como se podría suponer. En todo caso, la pérdida de la consciencia tiene como objeto una más auténtica autoconciencia. Es en la total negación de sí donde el hombre se identifica consigo en la forma de una identidad contradictoria. Este hecho paradójico de la existencia es lo que Nishida llama el hecho religioso.

El mismo absoluto, entendido como Dios, conlleva dentro de sí su propia negación mediante la cual él es, en el sentido de que sólo negándose puede acceder a su propio ser, y mediante la cual al mismo tiempo no es, puesto que su ser siempre acaece en forma de una identidad contradictoria. El absoluto no puede enfrentarse al mal; no puede ser que Dios esté en lucha con Satán, como algo acaso que viniera desde el exterior. Si así fuese, no sería absoluto. El absoluto requiere que él mismo coloque su negación, y es en esta negación donde al tiempo se desgarra y se encuentra, donde se oscurece y se hace pleno. Tal condición contradictoria la expresa Nishida recurriendo a un viejo poeta japonés que expresa estas palabras:

Buda y yo, a distancia infinita en el tiempo,

Sin estar separados un instante.

Cara a cara todo el día,

Sin estar un momento frente a frente.

El hecho fundamental de vivir es ya para Nishida una contradicción, en cuanto que hay que morir. El hombre consciente es por eso un ser para la muerte tal y como ha analizado Heidegger. Y es en la proporción de esta nada eterna, la muerte eterna que somos, donde Nishida ve la honda problemática religiosa, que a la manera de Kierkegaard ha llegado a definir como algo en lo que va la vida y la muerte. De esta concepción se sigue una ética de la desesperación que va a las cosas últimas (Tillich), que parte desde el abismo para la reconciliación.

Sin embargo lo interesante de este filósofo es su voluntad de no querer zanjar la brecha ontológica. Al contrario que Hegel, tampoco ve una resolución sintética en la asimilación de la negación por la afirmación. Por eso se aleja de las metafísicas occidentales, cuya seña de presentación es la resolución de los conflictos mediante la forma del sistema. Aquí el sistema no deja de ser algo paradójico, y la fórmula que lo define (la identidad contradictoria) lleva en sí misma el hecho de un conflicto que no se puede superar.


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