jueves, mayo 03, 2007

La condición humana

La “contradicción fundamental” de Marx que según Hannah Arendt recorre toda la obra del filósofo alemán y que se condensa entre su definición del trabajo como necesidad eterna impuesta por la naturaleza (reino de la necesidad), y su deseo de que el hombre pueda emanciparse de tal necesidad, (reino de la libertad), puede ser entendida, en cierta manera, como un reflejo de la tensión dialéctica entre la actividad del espíritu y la pasividad del ser, entre la finitud y fragilidad del primero y la eternidad omniabarcante del segundo.

Este ser que no se deja decir, como lo absolutamente otro y de lo que brota el hombre como una planta ajena, es a su vez aquella solidez que nos atrae a su seno y que materializa la lucha necesaria entre el ser y el espíritu, entre la vida y el mundo del hombre, y más en general, entre el mundo y la conciencia, como momento irreducible de la tensión entre el sujeto y el objeto.

Este mundo humano producido en “la acción y el discurso”, como dice Arendt, está por tanto constantemente amenazado por el ser, en su forma dinámica del devenir y del olvido. La ciencia, en este caso, nos sirve de paradigma como aquella actividad perfecta que ejemplifica el comportamiento humano frente al ser. Lo que parece una regularidad científica no es la extracción del ser de sus rasgos ejemplares, algo así como la “definición” socrática, sino más bien la jaula en la que nos emplazamos frente a la nada que es el ser, resguardados de su violencia y su imposición, que en el hombre acaece en la forma de la pregunta. De este modo para Arendt, igual que para los griegos, el espacio público es aquello en lo cual una cosa comienza a tomar su existencia, mediante su comportamiento regular, mediante el lenguaje estructurado en el que se dispone del espacio regulado de la confrontación dialógica, frente a la existencia débil de lo privado o lo individual, aislado del “gran mundo” de las decisiones de la polis.

De manera que aquí se entiende la regularidad como comparecencia de lo ente; en la acción y el discurso comparece aquel ente que es el hombre en su manifestación más sublime, a saber, aquella que representa la presencia de su espíritu frente a sus iguales; en lugar del ideal de la Época Moderna, no se trataría, para Arendt, de la identidad de los miembros de una sociedad, sino de la igualdad a partir de la diferencia que somos cada uno. Esta comparecencia es similar al trabajo propio del científico en la medida en que se considera la presencia de lo entitativo como el criterio para diagnosticar el ser. El científico toma su muestra como aquel espacio que por virtud de la inteligencia resulta ser el espacio propiamente inteligible, y la sede misma de lo inteligible se convierte en la sede de aquello de lo cual se puede predicar que precisamente es.

Y sin embargo, esta actividad productiva humana, el “trabajo” de Arendt, no “inaugura” el mundo, sino que es permitida dentro ya de aquella madre que nos alberga, la vida en su cíclico no acabar que es una trascendencia para el hombre individual, pues siempre lo supera, aquella por la cual el animal laborans de Arendt siente especial predilección. Y es que la acción humana, el edificio de la producción del mundo humano no puede sino separarse paulatinamente del “arraigo a la tierra” que al tiempo que es condena del hombre es suelo propio suyo, lugar donde sellar su primigenia identidad. No otra cosa refleja esa actividad humana sino la lucha, el pulso de la temporalidad con la eternidad, y de ahí el “carácter frágil de los asuntos humanos”. Esta iniciativa del espíritu, que para Arendt es la condición precisa de la acción, tiene un paralelismo en la forma del espíritu más sublime, en la poesía y en el arte, en la lucha propia del poeta.

La escritura es el edificio que se levanta en el seno del ser con la intención de trascenderlo. Con la escritura comienza la existencia de un nuevo yo; el poeta que lucha contra esa plenitud que a un tiempo es la nada y el ser ( o el ser en cuanto nada, objeto, si acaso, pero nunca conciencia, como en Sartre), y que se opone a la actividad del hombre mediante la pasividad y el silencio, y deja, agotado por esa tarea titánica, de rebelarse contra la nada, perece en la batalla y pasa a pertenecer al ser mismo, “nada”, y entonces sobreviene la locura. Desde este ángulo, la locura no es sino ser vencido por esa absoluta opacidad del ser ( y tan cara a nosotros), que a un tiempo se demuestra rotunda en la solidez de su ininteligibilidad. De ahí que se pueda considerar la narración en general (como figura sobresaliente de la acción), en cuanto hilo débil de la razón que lucha por no ser fagocitada por el ser, pues todo aquello que pertenece al propio ser (la muerte, la nada, lo Otro), es inenarrable.

En la solidez de la nada, en la rotundidad del silencio, en la que el ser se nos muestra como otro mudo y sin habla, (y es este el caso del ser cuando se manifiesta a través de la vida enfrentada al espíritu y a la acción), la voz del hombre es sólo un eco en la montaña solitaria. Nuestro mundo perece de continuo; cada acción lleva en sí su muerte, pero la muerte continua del mundo es lo propio de la vida en su dimensión ontológica más propia. Y de ahí, nuestra “condición humana”: la lucha, la tensión en la forma de la acción y la poiesis que conforman el mundo de los hombres, un ruido de fondo sobre el silencio del ser inabarcable.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me es difícil cerciorarme de que tus conceptos digan lo que yo entiendo. Soy torpe. Pero, además de que el espíritu me hace cosquillas, mil veces di vueltas sobre asuntillos como el ser la libertad la necesidad. La existencia es curiosa. un saludo, me gustó leerte,n.

Phiblógsopho dijo...

No he leído nada de Arendt, ¿sabes? Presumo que tú sí...


Saludos

David Carril dijo...

Hola, Jethro. En ello ando, en realidad. A ti te deberia interesar, toda vez que fue el amor de Heidegger ...:) saludos.