martes, mayo 29, 2007

Decisionismo filosófico

Carl Schmitt ha establecido el discurrir de la historia en base a centros de sentido que habrían ido modificando su preponderancia a lo largo de diversas épocas, que a su vez pasarían por la teología y la metafísica a la economía y la técnica. Tales centros son agujeros de decisión en torno a los cuales se reúnen los demás sentidos de una época, sectores gravitatorios bajo cuyo influjo se definen las actividades humanas de un tiempo determinado.

La época contemporánea es definida por Carl Schmitt como la “época de las neutralizaciones”. La neutralización opera rompiendo el centro de validez del sentido de toda época y tal acción no podría por menos que repercutir en la manera de entender la política, que ahora no depende de la teología ni de la metafísica, y que por ello mismo puede comprenderse desde la pura decisión del soberano.

Hay que pensar, en base a este modelo político, un modelo filosófico basado en él. En la época de las neutralizaciones no puede faltar la neutralización filosófica, aquella que se caracteriza por una descentralización y trayecto como modo propio de ser del pensamiento, y que se transforma indirectamente en la insensatez de aquello que está indeterminado por definición. Bajo el rigor filosófico de la tradición actual se oculta una lucha por escapar a todos los modelos posibles, que en lugar de constituir un lugar propio del pensamiento acaban por convertirse en mediaciones no resueltas entre los dualismos que animadamente pretenden, sin éxito, superar.


La mediación, en cierto modo, sigue el patrón de un comportamiento “democrático”. En nuestra época en la que se caracteriza como virtud el temple de la mesura, de la corrección política, del intento inútil de encontrar vías intermedias a una pro-posición violenta que se mantiene impávida ante nuestras ridículas estrategias, cabe pensar o comprender tal posición desde la incitación a la violencia, desde la incitación a no destruir ni incorporar un nuevo dualismo, sino a desbaratarlo respondiéndolo. La mediación que trata de destruir el dualismo no lo supera en realidad, sino que sólo se queda en medio de sus mares, buscando un lugar más acá o más allá, hasta que cínicamente termina por interpretar que su verdadera búsqueda es un camino de bosque confuso donde la tesis es el principio que hay que evitar, todo ello en un lacónico despliegue de refutación contradictoria en la que la contradicción revela y nunca refuta el proceso que se trata de elevar.

La imposición de la pregunta en la estructura que ella decide implantar sobre nosotros no puede ser a su vez modificada o superada por nuestra voluntad sin más. Mucho menos cuando se niega el poder de la voluntad. Por eso el pensador actual se introduce en la tiniebla de la huida, en la lucha desesperada por superar una violencia exterior que le impone una decisión, una vez que hemos penetrado en el seno de la época de las neutralizaciones, donde la mediación no deja de ser una conducta sospechosamente democrática y alojadora de actitudes cínicas e indeseables. Carl Schmitt sitúa el centro gravitatorio de nuestra época en la propia decisión. Es el propio acto de desmantelar el dualismo violento en la forma de la pregunta mediante un acto que constituye la propia subjetividad la que da aliento, fuerza y soberanía al gobernante. Lo mismo con el filósofo. Sólo un acto gratuito, sólo una comprensión del pensamiento que coloque el acento no en el contenido, sino en la mera decisión, puede hacer estallar desde dentro la imposición violenta de la pregunta, que nos requiere en todo momento desde nuestra misma constitución. No hay que comprender la subjetividad como refugio, pues, sino como ataque en un estado de guerra. El estado de guerra proviene del propio espíritu de la época, que en su conciencia propia de historicidad olvida al mismo tiempo su propia historicidad.

El peso neutralizante de la tradición y de la época sólo puede tener un ajuste correspondiente en la decisión pura e irracional del pensador. La idea de que este acto, en cuanto que se admite a sí mismo como irracional, sería propio de un cierto romanticismo tardío, es nada más un postulado de la misma época que se quiere la superación de todas las épocas. Nada más lejos de la realidad. La época de las neutralizaciones requiere la decisión soberana de valorar la toma de posición del pensamiento por su intrínseca reacción a lo que se establece como norma.

2 comentarios:

Horrach dijo...

Sensacional entrada, David, brillante.

Una cosa: no he leído a Schmitt (lo tengo en la recámara), pero tengo la impresión de que cuando se refiere a que nuestra época se caracteriza por las 'neutralizaciones', se refiere a cierto relativismo. Es decir, a un relativismo formal, que impide que los sistemas de sentido puedan imponerse definitivamente unos sobre otros, obligándoles a compartir distintas parcelas de sentido. Entiendo que vivimos en una época en la que es imposible que una unidad de sentido pueda imponerse como la única con vigencia.

Una duda: dices que el dualismo es en sí violento, pero ¿no lo sería tal vez más la decisión que lo reduce a identidad absoluta?

Son sólo apuntes, porque te repito que me parece espléndido tu texto de hoy.
saludos

David Carril dijo...

Hola, Horrach:

Con independencia de toda falsa modestia creo que en realidad el texto no es tan brillante como dices, y que en realidad está atravesado por irregularidades que reflejan muy bien mis propias inconsistencias. En fin, la coherencia total es mas bien un ideal fantasioso que no la condición de todo pensamiento, que necesariamente ha de balancearse sin tocar fondo. Es esta indeterminación la que me ha llevado a la idea del decisionismo. El decisionismo es un irracionalismo muy peligroso; en la politica sus efectos son desastrosos. En ese sentido, Carl Schmitt es un autor politicamente incorrecto y ademas animador de la politica nazi de su tiempo. Lo que me interesa de él es su analisis histórico que entronca muy bien con autores como Heidegger y Nietzsche a la hora de hacer relevante la necesidad histórica del nihilismo. Schmitt comprende que el centro de sentido ha sido disuelto por la técnica, y que desde ese momento sólo la ´fuerza de la decisión puede servir de orientación. Es verdad que la decisión es violenta. Pero la exigencia del pensamiento también obedece a una violencia no menos férrea. La idea de que es posible salvar tal abismo invirtiendo todos los dualismos violentos y escribiendo en un lugar aún no dicho puede ser hermosa, pero a mi no me parece del todo convincente.

Saludos.