lunes, mayo 07, 2007

El precio de la gratuidad

Aguijoneados por el peso de la tradición, hundidos por el discurso que nos habla y de cuya acción sólo se salva una conciencia que se quiere pura ficción, quizás el único lugar en el que podamos descargarnos de esta alienación que ejerce de forma absoluta el control de lo que somos, sea el lugar del no-lugar, el sitio paradójico que, fuera de toda historia, fuera de toda determinación posible, se plantea gratuitamente, sin razón previa que lo sustente, como única concepción posible de la libertad.

En su relato sobre Erzsébet Báthory, en el que se describe la historia terrible de la “condesa sangrienta”, Alejandra Pizarnik concluye sentenciando: “Ella (Báthory), es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”. Si no horrible, al menos la libertad absoluta demuestra su falta de arraigo a cualquier tipo de suelo, su vuelo sin límite que a menudo puede degenerar también en una violencia infinita, alentada quizás en un orgullo desmesurado (hybris), o en el extraño goce del masoquismo y la destrucción.

Sin embargo, lo que interesa aquí es esa concepción o definición de la libertad como lo que no se somete a un arraigo previo, como lo absoluto sin fundamento cuyo sentido reposa en su propia autoposición. En definitiva, entender esta libertad como un acto gratuito, que no por gratuito tiene que llevar, como en el caso anteriormente mencionado, a la violación de todo derecho humano o al libertinaje anárquico, sino que bien se puede entender como un espacio en el que seamos capaces de generar un sentido nuevo que no dependa de ningún tipo de causalidad.

Se puede pensar que esto es una ilusión, que no existe el no-lugar desde el que narrar la historia, desde el que asignar o constituir el sentido. Lo cierto es que tal gratuidad no está paradójicamente absuelta de un cierto absurdo, un absurdo positivo, que, como cualquier absurdo, va justo en contra de aquello que lo predetermina, como la rebeldía sin causa que se agota en sí misma, y justo este agotarse en el acto en sí es lo que lo define como libertad, como acto auténticamente independiente, dentro del texto o tejido de la historia continua e indefinida, que no permite un sentido independiente que no quepa a su vez en la medida de su determinación.

Pues el precio que todo acontecimiento paga por escapar a ese sentido es justamente su carácter de absurdo, de gratuidad; y sin embargo, es lo que éticamente se puede valorar como supremo, como garantía no dependiente de ninguna otra razón. Tal es el caso, más allá de la supuesta ilusión con que sucedan, de los actos de amor desinteresado al prójimo o de un dar absoluto al otro, que no es amor cristiano, pues según el concepto que quiero exponer de gratuidad, el acto del puro otorgar cristiano no puede nunca tener conciencia de su absurdidad, de su absoluto oponerse al devenir lógico de los acontecimientos. Que la acción tenga este carácter de absurdo no la revela inmediatamente como imposible. El acto de libertad total sólo puede lograrse reduciendo al mínimo su sentido, pues si se aferrara a él no sería libre, y por tanto no podría construir un sentido nuevo. Es este sentido nuevo que se produce una vez admitida la gratuidad del acto lo que hace que no se disperse en un mero sinsentido.

Que nuestra habla no puede, no debe agotarse en la recepción insensible de los discursos que hemos recibido, que debemos acceder a un no-lugar aunque sea precisamente bajo la negación de su racionalidad, y sin embargo, aún así, concebirlo como posible, es la única posibilidad, teniendo en cuenta el grado de conciencia histórica que hemos logrado a lo largo de los últimos siglos, de un cierto margen de libertad, que éticamente se podría concebir como esa gratuidad de donación cuyo precio es el momento (y no la totalidad) del absurdo.

Tal sentido es posible; diríamos incluso: una vez disuelto el mundo ideal, como dice Nietzsche, también hemos roto con el mundo aparente. La ficción es la condición aquí de la pura creación, una ficción que lejos ya de tener que parangonarse con un ideal rector, con una realidad según la cual tomaría su sentido más propio, puede construir nuevos mundos de sentido, superponiéndose a las determinaciones que muchas veces construimos nosotros mismos por el miedo contemporáneo a la pura ingenuidad.

4 comentarios:

Viper dijo...

Hola de nuevo!

Déjame que juegue con los argumentos y ponga en duda el concepto de libertad en el célebre caso de Elisabeth Bathory que, junto a Vlad "El Empalador" Tepes constituyen dos de los ejemplos más notorios de psicópatas del pasado. Como tales, y asumiendo (que no es poco) su alteración en el cortex prefrontal y/o su "desconexión" con sus respectivos sistemas límbicos ("culpables" principales de sus..."hábitos" malsanos de beber sangre y esas cosas...) vale la pena preguntarnos cuan libres eran...que no son otras personas "víctimas" (?) de sus trastornos. Vale que las consecuencias de éstos fueron dramáticas...aunque esto es harina de otro costal...no?

...en fín, que, como verás, me he permitido la licencia de jugar con algunos detalles de tu texto para confrontar posibles opiniones de las que creo que puede surgir un interesante debate.

Un saludo del Clan!

Renton dijo...

Un debate que me gustará seguir... :D

Renton

David Carril dijo...

Hola, Viper. Tu planteamiento es bastante problemático. Desde luego, es muy posible que en estos casos cierta enfermedad produzca seres de este tipo. En realidad, no era mi intencion centrarme en esta cuestion, que de hecho creo que es confictiva pues representa ademas una problematica social y legal que se refiere a la condicion de inocencia o culpabilidad de estas personas. Pienso que aun cabe la posibilidad de que ese tipo de conductas no tengan necesariamente este origen, es decir, que si bien muchas de ellas estan producidas por una enfermedad "mental", no es asi en todos los casos, que por tanto, se puede llegar a la "maldad" desde el puro comprometerse sistematicamente con la violacion de las leyes morales de todo tipo. No me entretengo mas. En fin, mi intencion era ver una posibilidad ética y por tanto "libre" en la determinacion del absurdo como conducta gratuita, libre de cualquier posible interes. Quizas esta etica sea, es verdad, un tanto desesperada. Pero evitar el lugar común que la provoca es solo una ingenuidad todavia mas explicita.

Saludos, y gracias por visitarme.

Renton dijo...

David:

Aguafiestas... has arruinado un interesante debate.

:D

Renton