martes, enero 13, 2009

Lost, supervivientes del nihilismo.

Aquí interpretaremos la serie de televisión Lost, (siendo conscientes de la infinidad de interpretaciones que se le pueden dar, resultado de su riqueza argumentativa), como una metáfora de un problema básico de nuestra época. La experiencia del nihilismo y la reconversión religiosa en una época carente de fundamentos, protagonizada en la serie esencialmente por un personaje extraño pero significativo, Jhon Locke.

La transfiguración existencial de Jhon Locke tiene elementos en común con la experiencia religiosa de Kierkegaard y su concepto de lo cristiano como salto de la fe o alternativa en la que no cabe mediación. Kierkegaard concebía la experiencia cristiana como un salto hacia el absurdo de lo Absoluto, absurdo que no admite las mediaciones racionales como las que proponía Hegel, sino que se establece en una relación directa entre el sujeto finito y pecador y lo Absolutamente Otro. Esta relación exige el sacrificio de la razón tal y como la concibe el entendimiento, y en ello se observa la consideración de Dios como algo irreductible al movimiento de la razón. El salto de la fe es, para Kierkegaard, un enfrentamiento cara a cara con algo que está más allá de lo ético y que subvierte lo racional.

En nuestro caso, también para Locke el espíritu de la isla se convierte en lo Absolutamente Otro con el que no existe la posibilidad de una relación dialógica de índole racional, sino una entrega sin condiciones en la cual la existencia se convierte en una prueba continua que no ofrece esperanzas de salvación. La fe de Locke, como la de Kierkegaard, es la fe de Abraham. Es el acto por el que el padre sacrifica al hijo aún sabiendo que con ello Dios no se apiadará de Él. Pero es Eko, ex traficante de drogas, quien padece también una profunda transformación religiosa, el que llevará la fe a sus verdaderas consecuencias cuando la razón evidencie que presionar la tecla del ordenador no significa absolutamente nada. Como el sacrificio de Jacob, la introducción de los números malditos en el ordenador es gratuita. Como el verdadero acto de fe, en el que no existen esperanzas, en el que la experiencia religiosa se convierte en auténtico temor y temblor.

Al igual que toda experiencia religiosa, en el acto compulsivo de la introducción de los números no faltan elementos patológicos. El ritual del obsesivo, que exige la contemplación de una serie de reglas para evitar la catástrofe y la angustia, se parece mucho a esta compulsión numérica en la que la acción irracional de escribir unas cifras que no significan nada tiene gran relación con el contenido de los actos patológicos del obsesivo, los cuales no son tampoco sino actos de fe. En efecto, la relación entre la fe y lo irracional se manifiesta de modo evidente en los rituales de los obsesivos. No hay ninguna razón por la cual creer que las reglas seguidas por el obsesivo tienen alguna conexión con la posibilidad de escapar a la angustia y a la destrucción. Pero para Kierkegaard es inútil tratar de comprender lo que Dios tiene en la mente cuando ordena a Abraham el sacrificio de su hijo. Lo religioso se encuentra por encima, y viola a menudo, lo meramente ético.

Sin embargo, la experiencia de la angustia no se puede separar de la experiencia de una época en la que se han disuelto los fundamentos y en la cual toda meditación es meditación sobre la crisis. Experiencia que tiene su sentido en el argumento principal de la serie: el avión, paradigma de la seguridad, acaba estrellándose contra una isla desconocida que significará una conversión espiritual para los personajes. Experiencia cercana a lo que conocemos como nihilismo, y que vemos en la filosofía de Nietzsche cuando ejemplifica cómo una vez destruidas las seguridades metafísicas, hay que abrirse paso por la selva de las inseguridades filosóficas. Y, al igual que en Nietzsche, los acontecimientos sucesivos y las vivencias de los personajes invocan una interpretación de la realidad que no sacrifica la multiplicidad de lo real a la identidad de la teoría. Al igual que las máscaras y las pieles de las que se despoja progresivamente el individuo Nietzsche, las teorías van quedándose obsoletas a medida que las vivencias ganan en riqueza y complejidad.

Porque lo que al final de cuentas nos transmite la serie, es que lo más importante, más que saber por qué y qué significa lo que les sucede a sus personajes, es la sobrevivencia. Esta es la enseñanza que Kierkegaard quiso transmitirnos, la experiencia de la fe como transformadora de la vida. Y es la fe que lleva a Locke a depositar toda su confianza en la isla. De la seguridad de unas vidas desprovistas de sentido, los personajes pasan a la inseguridad de una vida que les puede otorgar sentido. De la sociedad administrada y el absurdo, a la sobriedad del asceta y la pobreza del cristiano, pensamientos comunes a Tolstoi y Wittgenstein pasando por Kierkegaard. Ellos sabían que sus problemas religiosos eran una cuestión de supervivencia. En la época del post nihilismo, se han de sacrificar las seguridades metafísicas por actos concretos de sobrevivencia. La catástrofe es entonces ocasión para la meditación, para la salvación. Como dijo una vez el loco de Tübingen, en el peligro crece lo que salva.

5 comentarios:

jordi dijo...

No conozco muy bien la serie, pero me parece que tu argumentación es fundamentalmente correcta y de hecho más inteligente seguramente que la serie misma.
Se me ocurre leyéndote que hay una contraposición entre lo que llamas "sentido" y la lucidez, cierto tipo de lucidez.
Como diría el teorema de Gödel: los sistemas de interpretación del mundo tienen que elegir entre Rolex y setas, o pretenden ser completos -y por tanto se inventan espiritus y fuerzas misterioras- o son coherentes y entonces han de asumir un cierto grado de desamparo y de sinsentido que seguramente sea inseparable de la lucidez moderna. Por eso decía Cioran que uno debía darse el gusto de fundar una religión -como el Locke este de la serie- o bien de echar a perder una, que tampoco es mala ocupación.

David Carril dijo...

Hola Jordi, gracias por tu comentario.

Pues lo que sucede con Lost es que no se sabe qué pasa detrás de todo lo que ofrece la apariencia. Ese misterio metafísico que es de hecho el hilo central, es el responsable de la "adicción" que para muchos supone esta serie. De modo que no sé si los guionistas han profundizado mucho o no; lo cierto es que los nombres de varios de los personajes son nombres de filósofos; así Jhon Locke, pero también un tal Desmond David Hume y Mijaíl Bakunin(!) además de una superviviente salvaje que se hace llamar Rousseau. En cuanto a lo que dices de Cioran, me parece interesante eso de fundar una religión :) habrá que pensarlo. Un abrazo y nos vemos.

jordi dijo...

Ah bueno! con semejantes protagonistas, la serie tiene que ser todo un prodigio alegórico, como aquel partido de futbol entre filosofos griegos y alemanes de Monthy Python... en el que Marx se pasaba el partido entero calentando en la banda, ja ja ja
Aqui Marx ya no sale, claro. Estará crujido de agujetas con tanta banda como se ha chupado el pobre.

David Carril dijo...

Ja, ja. Ese partido es excepcional. Pero no es justo que ganen los griegos, y todavía queda por saber por qué le sacan tarjeta a Nietzsche. Está claro que los alemanes protestan con razón.

Saludos.

Anónimo dijo...

Fuente de hipocresía inagotable es este blog: ¿cómo te atreves a hablar de la adicción que es para algunos esta serie cuando tú mismo la has devorado como un enfermo? ¿Acaso no te das cuenta de que esta entrada en sólo un subterfugio con el que justificar tu gusto por un producto mediático que carece de interés trascendente? Amigo, reconoce que eres capaz de gustar del olor del orín y de la flor de la montaña de la misma manera, y así tal vez tu conciencia no se enajene en demasía.