jueves, diciembre 18, 2008

Una trascendencia hogareña

En el análisis del mundo contemporáneo habíamos descubierto la incitación a la sospecha, una incitación que favorecería la aparición de pensamientos inquietantes, que se hallan dirigidos al esclarecimiento de una trascendencia oculta. Ahora bien, sería un error pensar que la idea misma de trascendencia nace de una ocultación provocada artificialmente por una determinada configuración del mundo; la idea misma de trascendencia es, obviamente, más compleja, y si bien el mundo en el que vivimos se ha especializado en fomentarla de un modo tangencial, hay que decir que la constatación simple del mundo (a la manera, por ejemplo, como querría la evidencia fenomenológica), lleva ya en sí misma el problema de la trascendencia.

¿Qué significan, por ejemplo, los actos cristianos de la fe? El cristiano busca pruebas y pide a Dios que algo le muestre su presencia, para aliviar la oscuridad propia de la ocultación trascendente; el cristiano quiere, ante todo, disminuir su angustia ante una esencia desconocida. Esta oscuridad emerge en la experiencia inmediata con las cosas del mundo, aunque en el cristiano o en el hombre religioso sus convicciones la conviertan en temor. ¿Cómo se produce semejante experiencia de la oscuridad? Sencillamente, a través de la negación de un convencimiento muy propio del mundo fenomenológico, a saber, que las cosas experienciadas en su pureza, contienen su sentido en sí mismas. Que el "enigma no existe" es por cierto una tesis tan propia de Wittgenstein como de Husserl. La creencia en que la claridad de la razón daría luz suficiente a todo el orbe de cosas por conocer encuentra sus límites en la propia experiencia: el sentido de las cosas no nos viene dado consigo mismas, cosa que ya podemos aprender en Hegel o en Marx. Un texto puede ocultar su verdadera intención; una palabra puede contribuir a oscurecer un pensamiento; un sentimiento puede albergar intenciones o pensamientos que su poseedor desconoce. En definitiva, la luz de la razón es muy breve, tan breve que la psicosis de la estabilidad de la apariencia ha sido un pensamiento recurrente a lo largo de toda la historia de la filosofía.

La totalidad fantasmal a la que apunta el sentimiento místico de todo hombre (sentimiento alienado en nuestro tiempo en otros tipos de manifestaciones, p ej, el cientificismo, el patriotismo, el nihilismo, etc), viene avalada por la propia experiencia. La totalidad inteligible que exige la razón no se manifiesta en el mundo sensible, sujeto a cambios, pareceres, transformaciones y engaños. Pero son estos mismos cambios los que alientan la idea de una unidad del sentido que los trascienda. La idea de la totalidad nos invoca desde la oscuridad pero aparece junto a nosotros, en la simple experiencia sensible y cotidiana. En el fenómeno aparece la posibilidad fantasmal de la idea, de una unidad absoluta que de razón de ese fenómeno. Y nuestro entendimiento no se equivoca. Lo que le cuesta comprender es que el alcance de esa unidad se encuentre más allá de lo que él puede ver. No es que el entendimiento (Verstand) vea sólo relaciones, y la razón (Vernunft) el sentido de esas relaciones. El entendimiento mismo es razón.

Pero lo que busca la razón sólo puede conseguirlo con su muerte. La muerte es el verdadero cambio, la verdadera entrada en la trascendencia que la razón intuye. Mientras llega ese momento, sin embargo, la razón se ve obligada a buscar un sustituto. Y ese podría ser el motivo de la sospecha de una trascendencia como lazo de sentido o razón que a la vez se presenta, con una claridad hogareña, a nuestra experiencia cotidiana.

5 comentarios:

Petrusdom dijo...

Agradecer tu buen trabajo que, al menos para mí, es todo un conjunto de peldaños que conducen hacia algo.

Saludos cordiales.

David Carril dijo...

Hola, Petrusdom. Gracias a ti por dedicar un poco de tiempo a este blog. Recibe un abrazo

David Carril.

Horrach dijo...

David, me alegro de tu regreso al 'tajo bloggero' estos últimos días.

En cuanto al texto, un matiz: no estoy seguro de que la fe del cristiano busque seguridades. Esa tendencia se da, pero la fe en el verdadero cristianismo (Pascal, Kierkegaard) es algo que no puede ser sobtrepasado, en el sentido de que se mantiene en una ambivalencia fundamental. La fe, entendida como tal, no es certeza, confianza en algo que se sabe nunca podrá ser completamente dilucidado.

saludos

David Carril dijo...

Buenas, Horrach. Es verdad que el cristianismo p ej, en Kierkegaard, es una alternativa al método de la ciencia que se halla inspirado por la búsqueda de certezas. Pero yo distinguiría entre la fe del filósofo cristiano de la fe del mero cristiano, que en ambos casos cumple funciones distintas. En una podría aparecer como la alternativa al fracaso del conocimiento humano, que sentaría por tanto una nueva creencia en un tipo de certeza no-científica; pero en el caso más habitual, la fe del cristiano parece nacer de la necesidad de un sentimiento de certeza que no encuentra en el mundo natural. En cualquier caso, es un tema a discutir con calma. Gracias por pasar por el blog y ten unas felices fiestas.

Saludos!

Horrach dijo...

Como yo no soy creyente, es decir, que no interpreto el cristianismo como una identidad religiosa al servicio de una divinidad, me sirvo de toda la escritura judeocristiana como si se trata de literatura o filosofía. Creo que en un marco como este se le puede sacar más provecho que en el estrictamente histórico-teológico.

Igualmente, felices fiestas, David.