martes, septiembre 04, 2012

La guerra ha comenzado.


Si de algo han servido las movilizaciones masivas surgidas a raíz del 15m, diríamos que al menos han logrado marcar un hiato, el fin de la aceptación de un modelo de organización social basado en una serie de rasgos característicos y que se daba por supuesto como, al decir de muchos liberales, el mejor de los sistemas posibles, dando por sentado que en política no hay sistema perfecto y que es preferible elegir lo menos malo a lo mejor pensado pero malo por improbable o irrealizable. O al menos es esta la tesis que habitualmente pergeñan muchos liberales, incluyendo también a filósofos críticos con el socialismo como Popper o Kolakowski. Si para el primero es urgente pensar una ingeniería social fragmentada frente a la ingeniería social total de tintes prometeicos y absolutos del marxismo clásico, para el segundo el mal es un bien relativo en cuanto antídoto contra el bien absoluto que, encarnado en la figura del estado totalitarista y proteccionista, anuncia en nombre del bien el terror bajo la bandera de la coacción y la destrucción de la libertad individual.

Y es que una vez conocidos los horrores de la antigua Unión Soviética, las hordas liberales pusieron el grito en el cielo contra el intervencionismo estatal y la utopía de la redención y la justicia universal. Volvía a aparecer el sujeto como fin en sí mismo, de raíces kantianas, un sujeto, a decir de Popper, autónomo y con capacidad de decisión propia, libre para elegir sus opciones morales y, siguiendo al epistemólogo, inserto a la manera de una conciencia flotante en un mundo en el que solo se trata de resolver problemas dados mediante el método- absoluto- del ensayo y el error. En cualquier caso, el estado -y el estado en funciones de juez universal- aparece como el mayor peligro para la democracia liberal, que debe ante todo garantizar el menor sufrimiento posible, en lugar de intentar asegurar por cualquier medio la máxima felicidad para todos, toda vez que ese intento lleva a la segura destrucción de la libertad individual.

En primer lugar, parece que Popper se excede en adjudicar funciones al fin último del marxismo. Es verdad que las raíces del marxismo tienen un componente -genético y en todo caso último- teológico, en el sentido según el cual utiliza Karl Löwith el término: en la doctrina marxista ocupan, desde luego en el lugar más fuerte de la teoría -que no en la praxis- temas fuertes de la filosofía tradicional como la filosofía de la historia, los fines de la historia, la razón en su sentido hegeliano y en clave de totalidad- como nos recuerda el propio Lukács- y similares. Como decía Engels, el proletariado es el heredero del idealismo alemán. Pero Popper se equivoca en la medida en que la teoría y la práctica políticas no están tan unidas como sospecha. Es verdad que el marxismo se enmarca en un contexto filosófico más amplio- y si se quiere, metafísico- pero también lo es que las mayores conquistas sociales de nuestra historia provienen de muchas de sus reivindicaciones y conceptos, que han permitido que ideas otrora impensables de aplicar como por ejemplo la sanidad gratuita, el derecho a la educación, los derechos de la clase trabajadora y otros fundamentales para entender nuestra moderna democracia se hayan podido producir como realidad tangible y límite a partir del cual definir incluso nuestro modelo de sociedad deseable.

Los movimientos sociales más recientes de nuestra historia en España son el síntoma y en último término la demostración – que luego hemos corroborado por desgracia- de que ese límite se ha sobrepasado y, con ello, muchos de los argumentos más famosos de los filósofos liberales comienzan a resultar desgastados. Cada día que pasa, comprendemos con mayor nitidez que el peligro de nuestras democracias no es el paternalismo estatal ni los fines metafísicos de determinadas doctrinas supuestamente indemostrables, sino el mercado, ese lobo con rostro indiferente que no mira la calidad de su víctima antes de matarla. Y junto con el mercado, un estado parasitario del mismo y colonizado en gran medida por él. Si el estado es hoy un peligro, lo es por estar en manos del anarco-capitalismo- por usar el magnífico término de Hinkelammert- y no por sus supuestos poderes monstruosos. De arriba a abajo, el estado ha perdido todo poder, inmerso en un contexto de globalización neoliberal en el que la política es solo un apéndice de un mercado suicida y sin control.


Otro motivo más para recordar a Popper. Donde nuestro autor veía un peligro- en la absolutización de los fines, en los fines a largo plazo, en definitiva, en la teleología- recomendando la racionalidad inmediata de medios- fines propia de su epistemología científica, vemos hoy un tigre de papel, sustituido por un monstruo mucho más tangible y más propio de esa racionalidad inmediata medios- fines que de aquel viejo teleologismo de cuño hegeliano y ya fenecido. En definitiva, la racionalidad instrumental que evoca Popper para ir progresivamente resolviendo los problemas inmediatos de nuestra sociedad- punto por punto, institución por institución- aparece ahora como más propia del comportamiento del mercado internacional- que es capaz de arruinar o tumbar un país entero gracias a la subida maníaco depresiva de la prima de riesgo de ese día- que de una sociedad racional cuya meta inmediata es resolver los problemas que su propio progreso va proporcionando.

Con esto último se derriba otra de las tesis famosas de Popper, y también del comportamiento de una cierta parte de la izquierda. Que no hay progreso -ni revolucionario, como en la ciencia, ni progresivo, como en la sociedad- es un hecho cuyo ejemplo empírico lo estamos viviendo en estos momentos, en este país: se desarma la sanidad gratuita y universal, se destrozan las garantías sociales, se recompone el fascismo mediante la implementación de los elementos más reaccionarios y oscurantistas, y se sustituye el folclore trasnochado por la investigación científica. El sujeto liberal de Popper parece bastante torpe a la hora de aplicar el fabuloso método del ensayo y el error, aplicado a la vida social y política.

La realidad a día de hoy es que el sujeto liberal comienza a tener hambre. El sujeto liberal está desnudo, sin futuro, anclado en un impasse civilizatorio que espera un estallido social, un cambio de modelo a largo plazo o el replanteamiento general de los fines de su especie. Con la muerte del estado del bienestar, el relanzamiento a nivel general del fascismo encubierto- y no encubierto- y con el despotismo absoluto de la Troika y el FMI, la sociedad se disgrega y se enfrenta cada vez más entre sí. El diálogo democrático se resquebraja para mostrar su cara más real y dura. Retomando el viejo dilema de Habermas, hoy el interés ha vencido y se ha demostrado más real que el conocimiento. En otras palabras, que la democracia es tan solo el velo bajo el que intereses opuestos se juegan su existencia.

Hay que decir algo a favor de Popper. Y es que, invirtiendo el objeto de su método, también hoy hay que aplicar la radicalidad pragmática, inmanente e inmediata de medios- fines, en suma, la racionalidad instrumental. Hoy es preciso ser técnico con el enemigo. Trabajar como un científico con el organismo enemigo. El viejo juego del diálogo intersubjetivo ha demostrado su fascismo radical oculto. Ya no hay excusas para aplazar la guerra. La racionalidad medios- fines nos invita a estar siempre al acecho, a descubrir al cínico detrás de la palabra, al enemigo detrás de la justificación. Quizás, junto con el cambio de modelo necesario, es preciso garantizar en todo momento que una cosa está bien clara: hoy el sujeto de la filosofía pasa hambre, y es que sus dueños le están quitando la comida de la boca. Hoy el demonio de Kolakowski- el demonio disfrazado de Bien- no es el estado, sino el mercado -y el estado atravesado por la lógica del mercado: el Mal mismo, el Mal sin máscara.


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