sábado, junio 04, 2011

El futuro del 15-M y el resurgir de la conciencia.

Una de las enseñanzas que nos legó Marx fue su concepto renovado de dialéctica, que nos hace entender las relaciones recíprocas que establecen entre sí pensamiento y realidad. En efecto, su concepto de praxis revolucionaria va dirigido a comprender que lo que hacemos constituye lo que pensamos, y al contrario. Al hacer cosas, modificamos nuestro pensamiento. Pero sobre todo, pensar es hacer.

Lo que ha sucedido en estos días revueltos en torno al movimiento 15-M nos recuerda también otra idea fundamental de Marx: el para sí que representa la conciencia de clase. Bien que en otro entorno y, llevando esta idea de conciencia a una categoría más general, podemos hacer dos observaciones: que a medida que la conciencia se hace más refinada, surgen de inmediato las contradicciones, las diferencias que nos separan de unos y nos hacen acercarnos a los otros. La aparentemente irrelevante discusión entre okupas instalados en la plaza del Sol y la actividad inmediatamente política de los asistentes a las asambleas, demuestran ya una ruptura que evidencia el inmediato síntoma de una conciencia (no necesariamente de clase) emergente. Pues la conciencia se delimita en principio por sus oposiciones. El sistema capitalista actual intenta ocultar estas diferencias. De ese modo, puede organizar la vida de sus miembros más allá de sus inmediatas diferencias económicas. Pero cuando la conciencia llega a comprenderse a sí misma, cuando en fin, despierta, entonces no solo sabe posicionarse a favor de sus intereses o necesidades sino que, además, enseguida sabe definir sus oposiciones.

Estas oposiciones no son únicamente oposiciones económicas. El sistema organiza las vidas de los individuos a un nivel en el que la conciencia difícilmente puede llegar. Es por eso urgente que esta conciencia vaya conquistando gradualmente escalones en los que pueda detectar las incursiones contrarrevolucionarias que el sistema inyecta sutilmente en las conciencias. Pronto se verá entonces que las protestas y las diferencias no son únicamente relativas a la aplicación correcta o no de unas leyes y a sus cumplimientos por parte de los responsables, sino que se refieren a una situación mucho más amplia y compleja, mucho más fundamental: el modo y sentido último de organizar la sociedad, que incluye valores y cosmovisiones, es decir, todo ese repertorio del que habitualmente se ocupa la filosofía.

Marx creía que el modo de producción de una sociedad inyectaba también sus propias formas a las estructuras más refinadas del espíritu: la cultura, las ideas, los valores. En efecto,  el sistema capitalista, que estaba formado para él por la sociedad burguesa, imbuía de su espíritu a todas las esferas de la sociedad, incluyendo aquellos ámbitos supuestamente privados y que en realidad eran generadores de la frustración típica del hombre moderno, como la religión o las creencias privadas. Pues bien, esto quizás era difícil de asumir en la sociedad en la que vivió Marx: quizás su veredicto era demasiado radical. Por contraste, Marx es quizás más urgente que nunca: su veredicto sí se cumple en el desarrollo global del actual capitalismo, que como Antonio Negri entre otros ha demostrado, llega a hundir sus raíces en la estructura misma de la vida humana.

En el movimiento que nos ocupa, se han registrado de hecho las dos variantes que podrían tener su correspondencia en dos modos de comprender el socialismo: en el primero, la reforma parlamentaria moderada de una socialdemocracia (Bernstein); en el segundo, el proyecto mucho más radical de un Marx. En la primera línea, podrían encontrarse aquellos que piden la reforma de la Constitución, la separación real de los tres poderes, etc. En la segunda, aquellos que, quizás de forma más utópica y antisistemática, se dan cuenta de que el trasfondo de la protesta afecta a formas más íntimas de organizar y comprender la vida. Son aquellos que se dan cuenta de que el liberalismo económico actual y su ejercicio anárquico implica consecuencias de calado radical en torno al cómo y al qué significa el hombre, su historia, su moral y su existencia. Es aquí donde la conciencia antes mencionada tiene su ejemplar función.

El futuro de este movimiento está ligado a sus propias deficiencias estructurales y al dominio de la idea postmoderna de que una estructura tolerante y accesible al entendimiento del hombre del siglo XXI debe poseer todas las características de ese propio modelo humano (en realidad, un modelo ideológico del capitalismo globalizado): debilidad ideológica, horizontalidad, tolerancia, etc. Si bien la idea marxista de conciencia de clase no tiene una adaptación inmediatamente práctica en nuestro propio horizonte de cosas, su concepto de conciencia es más que nunca necesario para escapar de la lobotomía moral e intelectual en la que nos han sumido los resortes ideológicos de un sistema moralmente anárquico. La conciencia delimita poco a poco la posición real del sujeto en su sistema simbólico de cosas y gracias a ella puede progresivamente diseñar modelos de acción. Ya que las antiguas estructuras de poder ideológico han desaparecido, el hombre actual debe apañárselas solo. Aunque no está tan solo: ahí esta el universo informativo de Internet- con su potencial anárquico disgregador, pero también con su posibilidad de conocimiento al alcance de la mano- y por supuesto, la literatura científica y filosófica. 

En un instante en el que no existe representación ideológica para ese hombre musiliano que sin resortes expresivos de ningún tipo intenta moverse en el caos de un mundo oscuro y sin definición, el concepto de conciencia como progresiva reactualización y conocimiento de uno mismo y su situación en el entramado ideológico-económico de nuestro tiempo, es imprescindible. Esa conciencia, por supuesto, se ve reafirmada en el acto, en la praxis. Por ello es tan importante moverse. El acto dará poco a poco el contenido, y el mero flujo de la acción otorgará y dará una estabilidad a esa conciencia despierta que poco a poco va encontrando guías, posibilidades y oposiciones. Tarea monumental, tarea fáustica. Y una vez que el movimiento se desata, esa fuerza no puede agotarse. Se reanudará en otro momento posterior. Quizás cuando el para sí de esta conciencia se encuentre maduro para ello. No sabemos entonces qué sucederá, si esta conciencia se comprenderá a sí misma en categorías de clase, de espíritu o de ideología. Lo que es claro es que para entonces, el entramado heterogéneo y caótico de la protesta habrá dado paso a un contenido claro y a un objetivo capital.



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