jueves, mayo 08, 2008

La realidad animal

La obra literaria es excepcional dentro de las acciones y producciones humanas. Las obras artísticas resaltan como puntos brillantes en mitad del océano de las vidas de los hombres, pero su brillo es breve en relación con la inmensidad de sus instantes vitales, y el hecho mismo de que la obra trascienda la vida del autor es prueba de la diferencia radical entre la obra y la existencia misma, que ha de acumular grandísimos esfuerzos para dar apenas unas migajas de arte.

En la obra de arte está condensado un mayor sentido de la vida que en el mero pensamiento discursivo sólo se halla como semilla y potencialidad. La obra literaria aparece como una intensificación del significado que recorre los instantes del pensamiento discursivo y del lenguaje. Pero este pensamiento, esta corriente de sentidos y articulación de sonidos que es el lenguaje, es a su vez un pliegue de la realidad, en concreto el pliegue en el que el hombre accede a la existencia en su sentido más pleno.

La palabra exige esfuerzo. Las artes literarias demuestran este hecho mediante la manifestación de su difícil estructura. La palabra poética exige más esfuerzo en cuanto que pretende alcanzar un mayor significado, y ese esfuerzo es la contraposición de una potencia que se le opone, y que consiste en el pliegue de la realidad en su cara más nefasta: el silencio. De este modo, toda palabra, ya sea en su dimensión de acontecimiento discursivo o de realización estética mediante el arte, está en lucha con el silencio, y en esa medida, con la locura. Pues la realización artística, como intensificación del sentido implícito en el pensamiento discursivo, busca el logro de una más alta coherencia, que se impone frente a la locura en su estadio ideal: el silencio.

Pero este silencio es la potencia que forma a su vez la vida de los hombres; ese telar de emociones y estados, necesariamente abstractos, que no se siguen consecuentemente, y que se acumulan en una densidad intangible, de la que brota milagrosamente la lengua, estabilizando el espíritu en un ámbito de claridad insuperable: la comunidad, la comunicación, el lenguaje, la sociedad. Cuando la lengua perece en esta mole primigenia, en la que los sentidos quedan anulados frente a la intensidad del silencio, entonces es que el espíritu mismo se halla sumergido en la animalidad de la realidad, ese otro pliegue de lo real donde la palabra es solamente un peldaño ya hundido ante la brutalidad de la tormenta. La claridad semántica y metafísica de la palabra ha quedado ya borrada por una intensidad metafísica sin límites, en la que el espíritu se convierte en mero espectador ante la furia incontenible de ese silencio que lo descuartiza.

La realidad en su pura animalidad, en su ausencia de lenguaje, aparece al espíritu como el auténtico mecanismo en el que la realidad misma se manifiesta en su intimidad más esencial. La realidad animal es aquella en la que el hombre aparece como desprovisto de lenguaje, hundido en la espectralidad de su espíritu, frente al cual el silencio aparece como la más fuerte de las realidades. Es también la realidad de la locura, aquel pliegue en el que lo pensable y lo decible se vuelven meros espectros de un fluido homogéneo, absoluto, despotenciador de todo acto creador. El silencio que convierte al hombre en un alma sin espíritu es al mismo tiempo el que hace tangible la precariedad del lenguaje. La palabra requiere esfuerzo porque no es otra cosa que el intento desesperado del hombre por no quedar recluido en esta realidad animal erigida sobre un eterno silencio.


2 comentarios:

Pau Llanes dijo...

DESPEDIDA: Vengo a despedirme… Fue un placer leerte y saber que alguna vez también tú leíste los textos de Pau Llanes… Un saludo fraternal y un abrazo cómplice… Pau

Horrach dijo...

Me alegro de que hayas 'vuelto', David, casi un mes después de la última entrada. saludos