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martes, enero 19, 2010

Raíz de luz y de extravío


Si el “caso Hölderlin” ha interesado tanto a psiquiatras como a filósofos por igual, no ha sido únicamente porque podría representar un paradigma de la relación entre el “genio y la locura” (Brenot), sino más precisamente porque nos muestra la auténtica naturaleza que exhibe aquel contenido que para Platón eran las Ideas, y que en Hölderlin sentencia su radical separatismo entre mundo y pureza, entre realización e idealización.

Pues es el aspecto más puro del concepto de Idea en Platón lo que seduce a Hölderlin, quien lleva más lejos aún su profundización en la pureza de la Idea, permaneciendo ya lejos de las concesiones que, según Jean Wahl, habrían llevado a la flexibilidad platónica del Filebo, texto donde Platón concede su lugar a las mediaciones del mundo sensible. Es el “caso Hölderlin”, pues, paradigmático de una problemática mucho más amplia, entendida desde el concepto de pureza (que no sólo es holderliniano, sino también cristiano, místico, etc). Paradigmático, diríamos, de la naturaleza misma de la Idea, del mundo intelectual en sí, cuyo agente particular es el intelecto humano, al menos desde Averroes.

Entendiendo así el problema, nos referimos al mundo Ideal como el mundo Intelectual en sí, lo que en términos actuales nos llevaría al problema de la mente y de los contenidos mentales. Si bien existe un gran salto entre las Ideas y lo que llamamos hoy el contenido mental o lo cognitivo, semánticamente ofrece la misma relevancia y sugiere los mismos problemas. Evidentemente, aquí no pretendemos señalar ni mucho menos una “solución” o hipótesis a este problema, sino simplemente resaltar la naturaleza de lo mental, de tal modo que se pueda aceptar de forma razonable su importancia.

Así pues, es Brentano quien hace fortuna con su concepto de la intencionalidad, por el cual no sólo el mundo sensible conecta con el mundo inteligible del sujeto, sino que hace que aquel sea para siempre dependiente, en forma muy precisa, de las formas cognitivas del propio sujeto, que tanto había destacado Kant. Esta interrelación del mundo y el sujeto, en la medida en que hace posible la concepción misma del mundo, crea aquel contenido inexistente del que hablaba Brentano, y que, en definitiva, no es sino la asunción de la categoría de la posibilidad; esta categoría, deducible del concepto mismo de intencionalidad, convierte también al mundo en contingente, de modo que este mundo empírico es sólo una realización de la virtualidad infinita que contienen nuestras ideas.

Estas circunstancias permiten dos cosas: por un lado, la creación en su máxima amplitud, en la que incluimos todas las obras de arte humanas y creaciones de la ciencia, etc; por otro lado, la posibilidad del extravío, de la locura, en la medida en que la mente puede sugerir posibilidades y afirmar mundos independientes del estado de cosas dado, y, en consecuencia, negaciones de ese mismo estado de cosas.

Así pues, se puede decir que la locura no es sino el error entre la distinción que la conciencia establece entre lo dado y lo posible, de modo que se adjudican las características de lo dado a lo posible, con la conclusión de la confusión entre ambos mundos. Hay que notar, por otra parte, que la Idea platónica no resulta de una contracción, por así decir, de la mente y de la cognición en sí misma, sino, por el contrario, de un tratar de superar esa distinción kantiana que nos recluye en nosotros mismos. Este es el caso de Hölderlin, quien, influenciado por Fichte y el idealismo alemán, intenta un descabezamiento de la filosofía kantiana en un intento desesperado por identificar su inteligencia con la inteligencia de la naturaleza. Lo paradójico en Hölderlin es que ese intento por superar la propia subjetividad termina por confinarla en sus propios dominios, y ese es el caso de la retracción que define la enfermedad de Hölderlin.

De la “condición natural” que implica el concepto de intencionalidad y su realización en el hombre se derivan también las condiciones naturales del extravío y de la locura, fundadas tanto en la concepción de la posibilidad como categoría como en la posibilidad de realizar el mundo al margen del mundo, en su vertiente cognitiva. Este otro aspecto lleva a la “platonización”, en la que lo contingente puede quedar separado de lo Ideal, y en esa separación también obtiene la locura razones para su legitimidad. El aspecto ascético de ciertas doctrinas filosóficas y religiosas, así como el impresionante movimiento monacal del cristianismo, beben en esta singular división que se produce a causa de la intencionalidad de la conciencia, rasgo por cierto irreductible de la maquinaria mental humana.


En definitiva, la intencionalidad es raíz de aquellas grandes creaciones del hombre tanto como de sus más graves extravíos; la noción de lo posible, que al hombre se le presenta como de una mayor altura que la de lo real o fáctico, permite tanto el ejercicio de las facultades humanas como el mayor alejamiento de lo real y dado en el instante. Quizás este “dado” sea menos real que lo posible. Ya se ha insinuado varias veces a lo largo de la filosofía, y ahí está el idealismo para comprobarlo. Quizás lo real y contingente tiene menos valor para el filósofo porque al final de la partida siempre espera lo Ideal, con ese sello insuperable en el que está escrita la palabra eternidad. Así al menos lo entendió Hölderlin, quien, en una acción de gracias sobrehumana para con lo Ideal, le sacrificó a éste la cordura de su inteligencia.



sábado, enero 16, 2010

Viae Sisyphi (fragmento)




La paz sin pensamientos es muy superior a la paz de los pensamientos.


Las grandes posibilidades nonatas del universo están en el mismo lugar en el que reposan aquellos de los que lamentas su partida.



Se puede decir que todo lo profano oculta algo sacro; como que todo lo sacro no es más que la búsqueda de una pureza en lo profano.



La oscura y laboriosa ciencia de lo cotidiano.


La libertad genera angustia-Kierkegaard-. Los países desconocidos amedrentan el corazón.


Esa mezcla delicada, ese equilibrio entre componentes complejísimos- en eso consiste la sabiduría-. Por eso mismo es indefinible- y en extremo difícil alcanzarla-.

Como la naturaleza de lo real, así es la naturaleza de la sabiduría: equilibrio inaprehensible entre los elementos más esenciales del pensamiento en contacto con las raíces más impenetrables de la materia.

Nuestra experiencia nos dice que el precio del saber-episteme- implica la renuncia a la contemplación fidedigna de la realidad en su auténtica extensión.

No es en la comprensión de los fines, donde se encuentra el sentido de los fines; y es en el anhelo tempestuoso de los fines donde el hombre pierde el sentido de los fines.


Para una fenomenología de lo sagrado: el respeto y el valor como esencia de lo sagrado.



Los errores del hombre provienen de su carencia de tiempo, o bien de su desprecio por el tiempo, y por el tiempo del silencio...








martes, enero 05, 2010

Un Mesías siniestro

En Sacrificio (1986), de Andrei Tarkovski, aparecen como protagonistas dos elementos que, por otra parte, es evidente que hallaremos siempre juntos: la nada y la locura. La nada, que en su forma humana aparece como aniquilación, y la locura, que siempre es patrimonio del hombre y cuya relación dialéctica con la razón no es necesario señalar aquí. La nada, no como aquella propiedad de Dios que ensalza el Maestro Eckhart, por ejemplo, sino como el fin de la especie humana, como ausencia de esa especie que tiene el privilegio de la razón y quizás, de la divinidad.

Entendida la nada, pues, como amenaza de aniquilación de la especie, detrás de la cual se cierra todo posible discurso y donde finaliza el sentido, no cabe situarla sino allí donde los teólogos más optimistas ponen también la realización de la esperanza: en un futuro escatológico. Este futuro es esencialmente un no-lugar, una negación de la apertura que representa un espacio histórico cualquiera, en fin, una utopía, por lo mismo, un lugar reservado a Dios, que sin embargo se presenta ahora accesible a los espíritus de los hombres. Entendida así la nada, no cabe hablar de fin de la historia hasta que ésta cierre su ciclo en forma de aniquilación total, destrucción total del ser humano. Algo que, podríamos decir, se le escapó a Hegel, pues para él toda realización del sentido histórico más allá de la consumación espiritual que realizó su época era de hecho imposible. Pero, desde esta definición, toda clausura histórica dentro de la historia es irrelevante.

El escenario que nos presenta Tarkovski es por ello, en la medida en que se refiere a ese lugar protegido por Dios que sólo en la hora decisiva será descubierto, un lugar irreal, como muchas veces declaran sus protagonistas, un espacio en el que, por la misma razón por la que es posible la desesperanza y la ruptura de todos los lazos con la relatividad histórica, es posible la salvación, en este caso, en la forma de un sacrificio.

Un lugar fantasmal en el que el milagro es posible porque ya no se está en el tiempo histórico, sino en aquel en el que se abrirían “nuevos rollos”, según la Biblia. La perplejidad que ataca a los personajes de Tarkovski es comprensible; hacer historia en un lugar que se encuentra fuera de la historia bloquea cualquier capacidad de reacción humana. Ya no se trata del fin de la república de Roma, que desde un punto de vista quizás crítico podría ser la metáfora de la destrucción de un mundo, de la misma forma que Auschwitz representa, en nuestras coordenadas históricas, la demolición y la pérdida de todo posible sentido, es decir, el gobierno de la locura. Se trata de la bienvenida del absoluto, de la irrupción del absoluto en un mundo contingente, de una colisión vista antes sólo en su forma positiva (la divinidad de Cristo), y que ahora aparece en su forma negativa- pero bajo cuya superficie se evidencia una esencia idéntica-. Hablamos de la completa aniquilación del género humano, y con ella, el cierre real, -no sólo metafórico- de la existencia de la humanidad.

Dos acontecimientos parecidos pero no parangonables a lo que ha obsesionado a todo el siglo XX, podrían rescatarse en el fin de Roma y en la filosofía de Hegel. El fin de Roma, hábilmente figurado por Broch en La muerte de Virgilio, representa, como la realización del espíritu absoluto de Hegel en el Estado prusiano, la consumación- positiva, negativa, esto es igual-, de un sentido, y con ello, la inoperancia semántica de lo que procedería después de esa clausura. En un tiempo así vivimos nosotros, y a esos dos acontecimientos virtualmente clausurantes, podríamos añadir el de las dos guerras mundiales de nuestro siglo y la amenaza de una tercera, que ya pregona el descubrimiento del átomo. Después de Auschwitz no hay poesía, decretó Adorno. Pero la existencia sigue. Esto – como en los casos de la decadencia de Roma y la culminación de la ontoteología hegeliana-, representa un problema y a la vez motivo de toda posible esperanza, pero, lo que es más importante, sella cualquier parecido con la época virtual que representa Sacrificio.

Pues lo que plantea Tarkovski, y en general, lo que ciertamente ha estado como amenaza latente en todos los espíritus humanos, pero que la realización de la tecnología ha llevado a una proximidad de realidad nunca antes sentida, es la venida del absoluto en la forma de la Muerte, de la nada, de la total aniquilación. No es ya esta una mera aniquilación del estado de cosas presente-como en Roma- ni una destrucción del sentido a causa de su propio éxito-como en Hegel-, ni siquiera como venida de la total falta de sentido y esperanza- Auschwitz-. No, aquí se plantea que ni siquiera es posible la continuación del mero devenir de los asuntos humanos, aún ya arrancados de todo sentido y esperanza. Se plantea el verdadero cierre de todo discurso posible.

¿Cuándo y dónde debemos, pues, situar la nueva perspectiva- terrible perspectiva- que se abre ante nosotros? Se dirá que ha estado siempre presente en la historia, quizás como aviso de lo que quedaba por venir. Ese aviso se ha hecho más urgente con la introducción de un elemento imprevisible en tiempos anteriores- la energía nuclear-. Este elemento, no filosófico, no conceptual, no político,-diríamos incluso, ridículamente físico- es el verdadero responsable de que nuestra situación ante la nada total- la aniquilación de la especie- sea más urgente hoy que en tiempos pasados.

Este elemento procede de la mano del hombre, de su razón, y es, a la vez, producto de su locura. Lo que reina en el ambiente de Sacrificio es la realización de la Nada, la ruptura final de la historia en la venida apocalíptica del fin de cosas existente, de la raza humana. Este ambiente apocalíptico no figura el fin de un estado de cosas cualquiera ni el luto por la destrucción de miles de humanos en cámaras de gas. Figura el fin real, la llegada en forma de conflagración del Mesías que rompe el tiempo secular para convertirlo en la forma peculiar de eternidad- en este caso, una eternidad negra y vacía- que llamamos Nada.

En Sacrificio los políticos se dirigen al pueblo para anunciarles el advenimiento de semejante Nada. Esta Nada viene precedida por la irrupción de la locura: la voz del político anuncia el fin de la razón, la desviación total de la razón, la entrada en un tiempo en el que los milagros son posibles, aunque sean milagros negros y terribles. No estamos aún en ese tiempo. De nuestro uso de la razón y de nuestras capacidades para evitar la siempre amenazadora locura dependerá que el Absoluto de lo Siniestro irrumpa en un tiempo para el cual la más grande de las desgracias será simplemente el hecho de un pasado irrelevante.

lunes, noviembre 30, 2009

Un hombre oculto, bajo sombreros brillantes...

La habitación daba a un patio oscuro donde una gran lengua de fuego azotaba las nubes perezosas. En la azotea de enfrente, un hombre oculto bajo sombreros brillantes descifraba la naturaleza. Todos los corazones flotaban en la noche, dirigidos hacia otro lugar del que nadie habla, pero hacia el que todos caminamos.

Una lengua desprendida de su sueño y que había colonizado ciertas fuentes y cerebros. Un Fedro desquiciado, aplastado por sus miembros. Un cubil en el que la avispa se retuerce. Los demás miran estas cosas, nada conquistados por ellas. Tan terco y caprichoso es el corazón.

El rey David, enfermo de embriaguez, sueña con el oro del desierto. Hombres que, atados bajo el sueño, dulcifican su lengua con el vino. Hijos posiblemente absurdos, y del todo absurdos si no se tratasen de los grandes padres inconscientes.

Dejó la poesía por razones técnicas. Es seguro que algún hombre en este mundo haya dejado alguna vez la vida por la misma razón: Cuestiones técnicas.

Todos éramos estrellas descendientes y, en tanto descendientes, ya no éramos estrellas.

Le seducía su lengua ardiente. Entonces observó, a la luz del astro ebrio, una hendidura en su mandíbula. Allí parían-¡coño! miles de gusanos su hediondo fruto. A partir de aquí, su seducción se convirtió en amor.

Los ciudadanos de la asamblea se dirigen, con largas túnicas blancas y barbas perfumadas, al centro del ágora. Todo parece pintar bien; la seriedad, el estilo, la elegancia, la superioridad del ateniense. Entonces fue cuando el pescado que comió Teofrasto se manifestó en público.

Gran vicioso era de la virtud. Hasta por ello fue ejecutado.Pensaba y pensaba. Su corazón crecía hacia atrás.

Sí, era un miembro fálico, ahí mismo, en medio de nuestra sociedad, en mitad de nuestras costumbres, cobijándose en nuestras lenguas. De acuerdo, era un falo; pero, ¿No era también un milagro?

Si allí no hay paz, es que la paz no existe.

Los muebles pedían subir al Everest. Lo hicimos por ellos; ni siquiera Alejandro llegó a alcanzar su cima. Todo por unos muebles miserables. Sí, en ellos había órganos genitales. ¿Es esto una justificación legítima?

¿Por qué andar con ese disimulo? Como si nadie supiera que bajo ese traje y corbata modestos, se oculta un corazón podrido por las peores taras humanas.

Hay algo inhumano en aquellos que se llenan la boca con la palabra humanidad.

lunes, noviembre 16, 2009

Viae Sisyphi (extracto-II)



El filósofo le echa una carrera a la vida. Esto es algo siempre peligroso y también señal de arrogancia.

La palabra poética tiene que ser un don del pensamiento. Cuando es producto de una talladura obsesiva sobre el verbo, su fuerza se resiente.

Una mirada desinteresada- un soplo de aire en el rostro, una melancolía vacía de contenido- ociosidad del libre.

Nunca olvides que la naturaleza de las cosas se empeñará siempre en convertir en medio lo que para ti es un fin.


Lo más valioso de este mundo está sujeto por principio a su propia disolución y desvaloración.

En presenciar la alteridad del mundo sin lograr un dominio sobre ella, se resume toda la capacidad cognoscitiva de ese ente que llamamos hombre.

En las entrañas de las palabras late lo esencial, y también la carne que oculta el corazón de lo esencial.

En el interior de un solo instante de este mundo es posible destruir el fundamento de todos los mundos posibles e imposibles.

Vi la muerte respirar a través de los almendros y elevarse sobre ellos y aparecer como belleza. Y a esto, otros lo llamaron Dios.

Hay que pensar sabiendo desde siempre la imposibilidad horizóntica de todo pensar- y sólo desde este conocimiento de su imposibilidad-.


No hay camino filosófico viable más allá de Shakespeare y el Eclesiastés.

Establecer las condiciones de la imposibilidad de toda filosofía- es también describir la esencia íntima de su estructura, el tronco que la atraviesa y que la confina como mitad entre el principio y el final que es ya siempre imposibilidad-.

Qué fácil es para el hombre sabio reconocer su ignorancia. Pero igual de sencillo es que en el curso de sus conocimientos llegue alguna vez a creerse sabio…

No tenemos un método que vaya más allá de la conciencia de la tensión y de la tensión como horizonte insuperable.

¿Qué queremos, ante todo? ¿Encontrar el final del camino y su solución amable o conocer el rostro real de lo real? Si lo segundo, vuelve al desierto y camina…

Hay mil sentidos idénticos en la cosa cuyo sueño o cuya vigilia son los responsables de que veas en aquella mil sentidos diferentes.

Hemos descubierto todas las propiedades de este mundo sin llegar a conocer a qué cosa pertenecen.

Como vagabundos en algún lugar intermedio entre la palabra y los pensamientos, como pensamientos que buscaran la palabra ausente o como presencia de la palabra vacía de todo pensamiento…

Duelen los pensamientos que nos hacen ajenos a nosotros mismos, y cómo se vuelven poco a poco piedras, y tú mismo quizás no seas sino una piedra…

¿No eres ya demasiado viejo para la hermosura, y aún demasiado joven para las canas hermosas de la sabiduría?

Lo Fundamental es como un barro en el que el mundo se baña y se desviste, en el que las cosas cambian su rostro en cada instante…el camerino del mundo desde el que se controla el teatro del mundo…

Cada muerto de la Historia es un elemento del camerino, un utensilio de maquillaje, la sombra de una máscara…

…Y aquí en el camerino del mundo, en lo Fundamental, piensa melancólicamente la Filosofía.


sábado, septiembre 12, 2009

La pasíón de la fe,

Con este paradójico término podría resumir Kiekegaard su filosofía: como dice en otro lugar, “el individuo religioso se apoya en sí mismo y desprecia los garabatos infantiles de la realidad exterior”. Aquí tenemos todos los datos ya para separar de una vez por todas la filosofía de Kierkegaard y la de sus supuestos seguidores, es decir, los existencialistas en la línea de Sartre y las filosofías de la decisión. Pues frente a lo que pudiera parecer, el salto al vacío de Kierkegaard- bajo el cual se podría fundamentar la acusación de nihilismo-, no es nunca un salto de la decisión, sino más bien una espera.

¿ Deciden acaso Abraham y Job? Estos, que son los que verdaderamente representan el temor y temblor kierkegaardianos, se mantienen en una espera sin esperanza, más cerca de la espera de Heidegger que de la esperanza blochiana. Un dejar en las manos de Dios, cuya único correlato espiritual es la pasión misma de la fe. Pero, ¿es Kierkegaard un caballero de la fe? ¿No duda acaso de si su certeza espiritual está de veras bien fundada? Ha de hacerlo; de otro modo, no se podría hablar de salto al vacío. El salto al vacío es posible porque es posible la locura, el error, el delirio. Y la fe en Dios es la que permite esperar en la desesperación, renegar de la posibilidad del delirio.

Pues esta es la clave que zumba continuamente sobre la filosofía kierkegaardiana: la posibilidad. Contrariamente a lo que pudiera parecer, no se trata aquí de un actualismo desnudo a la manera de Sartre, según el cual la vida es proyecto y la decisión es el único fundamento estable sobre la corteza vacía del ser, sino, retomando a Aristóteles, posibilidad en sí misma, posibilidad infinita, lo cual libra a Kierkegaard de la acusación de decisionismo.

Ahora bien, la diferencia es evidente: Abraham no duda, Job no duda. La inestabilidad del hombre moderno, la necesaria fragmentación a la cual el protestantismo abocó al hombre, impiden la culminación de una certeza absoluta. Kierkegaard no es el caballero de la fe, sino el que fundamentando filosóficamente la excepción, logra hacerla fundamento a su vez de lo general, y de ese modo hacer de hecho de la locura fundamento.

Pues, ¿No quedó preso acaso Kierkegaard de sus categorías? Como un Hegel al revés, aplastó los movimientos del espíritu bajo una tríada también; sus sufrimientos provienen de contemplar las cosas sensibles bajo rótulos suprasensibles. La supuesta existencia desnuda y el profundo subjetivismo kierkegaardiano no se ven libres del peso especulativo. Tan es así que el propio Kierkegaard renunciaría más tarde a su auténtico amor en función del complejo sistema abstracto que había cobijado y alimentado en su terrible cerebro.

La pasión de la fe kierkegaardiana se fundamenta, pues, en la espera, no en la decisión. Pues la decisión es siempre la de aceptar el compromiso supuesto del Destino con el individuo, que en Kierkegaard aparece como Dios-Abismo y como Trascendencia Absoluta. Dejar las manos en ese abismo supone primero haberse lanzado a él, es cierto; pero a la vez significa “andar muerto en vida”, como Kierkegaard dice de sí mismo, y como Lacan retrató muy bien en su análisis del obsesivo compulsivo. Este andar muerto en vida, sin embargo, es lo que posibilita la salvación en el abismo. Y también la repetición, que nos devuelve del largo infierno de la espera- y que para el hombre Kierkegaard, era ya irremediable.

lunes, septiembre 07, 2009

Tres poemas de descenso.


Föligami Sperezza

Shliva fur- dice el anciano,
Herido,
Tras tus cortinas de cigarro,

Y en el arcón guardas
Todos los cuchillos.

¿Serán pronto acariciados?
¿Guardarás tus muñecas
En sus selvas?

Más tarde llamearás,
Como todas tus espinas.

Ellas conocen el nombre
Y las puertas,
Pero nada de esto
Alimenta a sus cenizas.



Englengeleat

Otro hueso matinal
En la ventana
Come lentamente
De tu corazón.

Otra bandeja de plumas,
En las que migrar
Tu miembro.

Todo lo que permanece
Une hilos con las mazas
De lo que nunca ha sido
Oscuro para ti.




Eismira Trak Babilonia

Grandes caminos
Cavan nuestras lápidas.

Son amables viajeros,
Graciosos sombreros
Expirando bajo el fruto,
Puertos salvajes
Destilados en la uva.

Grandes caminos,
Como el anciano,
Como la vieja,
Como la ruta que se pudre.

En los pies grita
El flamígero,
El tonel sin fondo.

Grandes caminos
Lavan sus lápidas,
Tocan tus tobillos.

Iluminan tus altares.