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miércoles, julio 13, 2011

Codex (Tantalus 1/2, fragmento),


[-718, 718]

Aquí en el lugar donde no hay tiempo ni historia ni continuidad ni padecer. Únicamente una estela muda, procesión de piedras.

[-719, 719]

La locura solo excede en una pizca la verdadera contemplación de la verdad.

[-720, 720]

Ahora que comprendemos que nunca entenderemos; y que lo que entendimos permanecerá siempre separado de lo incomprensible. Y si existe esta separación, entonces lo que comprendimos quizás nunca llegamos a comprenderlo.

[-721, 721]

Las verdaderas decisiones de nuestro pensamiento no las toma nuestro propio pensamiento.

[-722, 722]

Lo que crees que está al final ya lo tienes al principio. Y porque lo tuviste al principio, ya nunca lo tendrás.

[-723, 723]

El hombre desgarrado de la masa no es un hombre verdadero, sino la encarnación de la masa en una concentración determinada de materia.

[-724, 724]

No durmáis nunca. Al día siguiente, lo habréis perdido todo.

[-725, 725]

Porque hemos fulminado al pedagogo no podemos creer en la única figura que puede dar forma a la masa.

[-726, 726]

El ascenso al peldaño que separa la genuina voluntad de la verdadera perversión no se ve nunca.

[-727, 727]

El único hijo verdadero es el pensamiento. Los otros, los de carne y hueso, solo son hijos en parte, porque también en parte son algo completamente ajeno a nosotros mismos.

[-728, 728]

Mejor regálale los catecismos al sordo, al niño o al impedido.

[-729, 729]

El dogma siempre es reducción; alimento digerido para aquellos que no pueden masticar.

[-730, 730]

Sobre las aristas donde el pensamiento se fecunda con su propia imperfección.

[-731, 731]

Quieres que cierre los ojos a lo que me convertiré en el futuro, al polvo y a la nada en que consisten mi destino. Dar a esta vida un valor absoluto. Pero si esta vida es perecedera, ¿Cómo podré hacerlo?

[-732, 732]

He sido llevado al pensamiento por aquellas cosas que el pensamiento no puede atrapar.

[-733, 733]

No hay ningún tribunal más allá de esta vida, y la muerte no es juez de nada ni de nadie.

[-734, 734]

Todo lo que es legítimo y causa de esperanza aquí se revela como vano y desesperante un poco más allá.

[-735, 735]

¡Pero tienes que luchar, y precisamente por eso! Porque en eso consiste tu naturaleza.

[-736, 736]

Hay una naturaleza humana, porque no toda naturaleza tiene que ser fija.

[-737, 737]

Todo tiene sentido aquí, y sería una locura tener en cuenta que también existe un allí.

[-738, 738]

¿Cómo cerrar los ojos de aquel que los ha abierto? No puedes. Tendrías que quitárselos.

[-739, 739]

Quien ve el aquí es feliz. Quien ve el allí es infeliz. Pero solo ve aquel que ve el aquí y el allí.

[-740, 740]

Da igual si te mueres. De acuerdo. Pero entonces no me obligues a que me crea de veras todo lo que hago.

[-741, 741]

No se puede apagar nunca del todo el fuego de la vanidad, porque este vuelve a crecer apenas con un soplo.

[-742, 742]

No debes preguntarte por el sentido de todas tus acciones, sino por el sentido de cada una de ellas.

[-743, 743]

Sabiduría práctica para un destino nada práctico.

[-744, 744]

Día tras día, atravesando todos los tribunales, cargando contigo todas las sentencias. Y aún sabiendo que no existe juicio alguno, y que los jueces hace tiempo se han marchado.


martes, julio 12, 2011

Los fantasmas utópicos del 15-M.

Un fantasma recorre el 15-m, y no es el comunismo. Su fantasma es al mismo tiempo su virtud: ello es lo que le hace valioso y triste, necesario e imposible. Porque cabría ir tomando nota de que cada día que pasa, lo imprescindible, lo innegociable, lo inviolable irá convirtiéndose cada vez más en utópico, irreal, inexistente. Se trata también de la creciente expansión del poder en sí mismo: el pequeño propietario liberal del siglo XVIII se transforma poco a poco en una impecable máquina de matar bajo el manto de la democracia, en una aberrante administración asesina que cubre sus delitos bajo la máscara del bien de todos.

Puede parecer un escenario poco gratificante, y cuando pensamos que debido al peso lógico de las cosas, finalmente el pueblo cobrará conciencia de sí mismo y tomará las armas, no nos referimos a un asalto real a la Bastilla del capital internacional. Preferimos imaginarnos, en este caso, grandes masas despojadas y expropiadas de sus derechos vitales, sucedáneos de hombres arrojados a la locura violenta ante la imperiosidad del frío y del hambre. Ante ellos, espectral, gris e inhumana, una enorme muralla que los separa del mundo donde los Grandes Padres del Capital engordan sus cuerpos y se dan a todo tipo de vicios, delitos y locuras.

Pero volvamos al presente. Nuestra experiencia como integrantes y participantes de lo que podríamos llamar la última asamblea humana y política a la vez, comprobamos nuestra impotencia ante el desaire con que el Poder nos trata. Sí, se hacen eco de nuestras propuestas, miran, casi con telescopio, una amenaza casi intangible que desde lejos les apunta. Pero las propuestas verdaderas no pueden tener aquí correspondencia ninguna en un imposible programa político; lo que desde el corazón del movimiento emerge no se limita a la pequeña reforma de una administración pública infecta, no se conforma con una reforma del sistema de partidos. Va mucho más allá, es la vena utópica, necesaria e imposible del movimiento: el ala radical apunta a una destrucción del sistema económico actual, es decir, al núcleo esencial del sistema tal y como lo conocemos, a la raíz de donde surge toda la infección planetaria y al laboratorio de donde emergió el virus que amenaza destruir la humanidad.

Ni que decir tiene que tal reforma involucra la disolución e inversión de todas las demás esferas: social, personal, política, moral. Es por ello que todas las reformas que nos puedan proponer los partidos políticos actuales están muy lejos de satisfacer el ala más radical de la Indignación, y también el más coherente. Pero también el más imposible, y ello porque choca contra el Padre, contra el Intocable, contra el Absoluto: el Poder. Este ala es, pues, la más utópica y la más realista. La más utópica, porque choca contra estructuras intocables, cuasi absolutas: el ciudadano aplastado por una muralla infinita de procedimientos burocráticos y construcciones impersonales, tal y como le sucede al protagonista en El Castillo, de Kafka. Pero la más realista, porque sabe que sin ese cambio radical todo parche será peor que la enfermedad, porque la violencia que ahora se conserva explotará en su momento con toda su crueldad.

Parches, parches, parches. No otra cosa nos proponen esos políticos, infectos como el propio sistema, cada vez que dicen escucharnos. No, no pueden escuchar nada, sus oídos están obturados. El poder les ciega, el sistema les ata de manos. Son su Scila y su Caribdis. Allí donde quieren hacer algo, no pueden hacerlo. Allí donde pueden cometer un abuso, se les anima a ello. Tal es la lógica infernal de este manicomio que hemos construido, guiados por los consejos sabios de las agencias de calificación. Moodys el Behemoth del caos financiero global ha diseñado todo el proceso para cubrirse las espaldas: sí, sabe que surgirán elementos agresivos, pero para ello ya ha puesto su muralla personal: la colaboración del poder político con el poder financiero, mediando el poderío militar. Esta Santísima Trinidad, cuya síntesis hace posible la emergencia del Poder Absoluto- en la medida en que este poder sintetiza todos los poderes, colaborando en el diseño de un poder Único y Global- cada vez distingue menos sus miembros entre sí: en efecto, poder político y poder económico forman ya el mismo rostro al que dan vida, ese rostro de un Leviatán sumado al Behemoth del Caos, dando lugar a la verdadera e infernal construcción de Poder más grande que la humanidad haya imaginado jamás.

Hay un pasaje curioso del Apocalipsis que cabría recordar aquí. En un momento de inspiración, San Juan de Patmos dice: “Afuera están los perros”. ¡Qué curioso! ¿A quién se referiría? Quizás sean los perroflautas que han venido al único lugar aún no colonizado: la conciencia personal. Y es que afuera estamos los perros, y los ciudadanos. Al otro lado de la muralla. Afilando nuestras piedras, que chocarán inevitablemente contra el muro levantado por el Poder. Qué razón tenían los utópicos. Eran demasiado soñadores como para no darse cuenta de qué significaba la verdadera realidad. En ese tiempo el concepto de lo político solo será pensado por utópicos. Quizás incluso ahora ya haya comenzado a serlo.

martes, julio 05, 2011

Radicales, antisistema y ciudadanos: El cuestionamiento de la ideología.

Del movimiento de los indignados se ha dicho ya algo, si no es que bastante, y se seguirá diciendo. Todo ello a pesar de las dificultades del movimiento, que se ve obligado a transformar en respuesta y propuesta positiva todo aquel malestar negativo que aparentemente es consecuencia de una deficiencia por parte del Estado a la hora de vincular la esfera política a la esfera de intereses del ciudadano común. Poco ayudan por no decir nada aquellos instrumentos de formación de la opinión pública, como los medios de comunicación y los periódicos, nutridos de analistas asépticos cuando no de teóricos desligados de toda interacción con el hombre de la calle.

No digo nada nuevo si recuerdo que bajo la crítica de lo políticamente correcto a las respuestas contestatarias radicales y las facciones ideológicas no se encuentra el supuestamente neutral estado de Derecho, regido bajo el principio de la racionalización de las funciones públicas y la administración, y aparentemente ajeno a cualquier cosmovisión cargada de principios que vayan más allá de la distribución de los cargos y de la elaboración de leyes. En otras palabras, que bajo el supuesto estado de Derecho rige en realidad una ideología otra que no se presenta como tal, y que las mayor parte de las veces se encubre bajo un discurso de la secularización, del cual se ha eliminado teóricamente cualquier conato de ideología.

No se comprende de otra forma el rechazo general por parte de los formadores de opinión, tales como los analistas políticos, que recargan de epítetos como “radicales” o “violentos” a los que luchan de forma directa por sus derechos en un escenario de monopolio del poder enraizado en la administración estatal y la iniciativa privada de los bancos; no se comprende que bajo la secularización ideológica de la política se preserve como límite insuperable del discurso la apelación al imperio capitalista como única forma posible de organizar las fuerzas productivas de los estados; no se comprende, pues, que aquello que por principio debería estar a salvo de cualquier negocio ilegítimo- véase, el Estado mismo- colabore con las “ideologías de centro”- más propensas por ello a la prostitución con otras fuerzas de poder- que con la pureza de un ideario innegociable y que aporte no solo formas abstractas de organización y distribución del poder, sino un marco metafísico en el que todas las facetas del hombre puedan regularse con arreglo a un horizonte de expectativas pleno y no fragmentario.

Sé que con estas observaciones abro la puerta a todos los demonios que han sembrado de horror el siglo XX, y no solo el XX: desde Lenin hasta Hitler, pasando por el Ser Supremo de Robespierre, la ideología ha cavado su propia tumba y ha obligado a sus opositores a evocar, como defensa ante el totalitarismo, el espíritu de la burocracia administrativa del estado hegeliano. Con ello, se ha cerrado también el paso de un acceso directo al control del estado por parte del ciudadano: paradoja si se tiene en cuenta que el estado liberal está fundado desde la teoría en la primacía del pueblo como fuente primera del poder político. Pero si uno se acerca a los debates del movimiento de los indignados, encontrará también esta demanda pública, la cara más problemática, quizás, del movimiento, pero no por ello la menos urgente : me refiero a la necesidad de desfragmentar una vida regimentada y administrada por un Estado impersonal que no es capaz de inyectar un sentido a la vida de sus ciudadanos más allá de la necesidad básica de ir al trabajo y cobrar el sueldo a fin de mes. Las numerosas y contradictorias voces surgidas de este movimiento piden también una reforma que vaya más allá de lo meramente legislativo, que convoca a las fuerzas estatales a cumplir una función de integración de la vida social que se ha perdido en el transcurso de los siglos. Todo ello ha dado lugar a iniciativas chocantes, como esas iniciativas ciudadanas que comienzan a elaborar sus propios proyectos de ley y de organización de los recursos al margen de aquella condición que las haría significativas y reales: el poder.

Pero volvamos a los medios de comunicación: la campaña de propaganda que ellos secundan, casi sin excepciones, viene avalada por esa ideología subterránea que comienza con el principio de neutralización de Carl Schmitt y termina con la expresión indirecta de una ideología laica e impersonal cuya mejor manifestación podemos encontrar en el merchandising de empresas como Coca-cola o el Corte Inglés. Esta ideología subyacente pero más potente a la vez que cualquier ideología al uso convierte a los seres humanos en meros trámites de un proceso mercantil internacional que no respeta políticas, derechos ni fronteras. Esta ideología se ocupa también de transformar en “radical”, “antisistema” y “violento” a todo aquel que o bien propone un sistema de valores y conceptos centrado en la crítica a la desregulación del mercado internacional o al modelo de valores que propone este mismo sistema capitalista, o bien a todo aquel que lucha activamente contra un sistema que ha desactivado toda crítica legítima a su acción omnipotente.

Conectados con esta ideología, de la cual cabría hablar mucho, pero que se presenta como neutralidad pura y objetividad incuestionable, se encuentran los medios de comunicación, los analistas políticos, los periódicos. La utopía, que fue antaño idea rectora de toda teoría política, se arroja al basurero de lo infructuoso y marginal. Los grandes pensamientos políticos de nuestra tradición occidental se convierten en alegato del paria e insulto del descerebrado antisistema. Tanto es así que incluso dentro del movimiento de los indignados, se ha desterrado cualquier apología ideológica. Mas esto no representa solo un índice de la capacidad del capitalismo por desactivar cualquier crítica objetiva a su sistema, sino que propone un proyecto cuanto menos imposible. Porque la medida de esa supuesta objetividad anti ideológica que canalizaría la mayor parte de la indignación ciudadana se encuentra en el mismo modelo presuntamente no ideológico de anarquía de mercado que ha elaborado insidiosamente el capital internacional. Amén de la imposibilidad de estructurar un discurso coherente y omnicomprehensivo que sin embargo exige esta indignación fragmentaria y opuesta a ser convertida en pura mercancía.

No, no se puede postular críticamente el capitalismo sin convertirse automáticamente en un radical: Y es que un radical no puede negociar lo innegociable. Un radical es por ello mismo peligroso, porque pone en jaque el principio de organización de nuestro mundo contemporáneo. Lo opuesto es también cierto: El Papa como sujeto mezquino y representante del género porcino en Lutero tiene su paralelo, a día de hoy, en la puta de la democracia representativa a los pies del capital multinacional.

martes, junio 28, 2011

Luces y sombras de la Indignación.

Si seguimos la distinción de Martínez Sospedra entre partidos de catch-all o partidos de masas electorales y partidos de masas, casi cabría decir que estos últimos, a pesar de su potente carga ideológica o precisamente por ello, nos ofrecían elementos más dignos y más propiamente políticos que las modernas máquinas de merchandising que se hacen llamar “socialistas” u “obreras” y que solamente tienen de tales su título. En efecto, el análisis teórico pone en otro nivel las mismas intuiciones del sentido común que estos días encuentran ecos masivos: la percepción de que no hay diferencia entre unos partidos y otros, el hecho de que la clase política es una clase en efecto ajena a la sociedad civil y con privilegios frente a ésta y un largo etcétera. Todo ello aparece como expresión de un malestar creciente que tiene su justificación también en el ámbito teórico.

No solamente es esta aplicación de una política que utiliza de forma ilegítima los medios de comunicación de masas para vender su mercancía cual empresario capitalista, lo que ha derivado en el desprecio de la clase política por parte de la ciudadanía; es también su ideario obsoleto y sus señas de identidad arcaicas, ante una realidad que sobrepasa con mucho semejantes categorías y que genera más problemas ante el análisis que soluciones y esperanzas. Que el gobierno actual esté en manos de un “partido socialista obrero español” no solamente es ridículo desde la perspectiva de su evidente falsedad, su aparente cebo ideológico que solo sirve a los intereses del mantenimiento de la organización política como tal, sino también desde la perspectiva obsoleta según la cual el perfil “obrero” seguiría siendo una categoría analítica válida como representativa del grueso de la población. El paso de una sociedad industrializada a una sociedad del bienestar y basada en el sector servicios dinamita muchas de las categorías bajo las que también se encuentran organizaciones ideológicamente arcaicas como los sindicatos, basadas en la figura analíticamente obsoleta del “trabajador”. Lo cual no elimina un dato básico de la vida social de nuestro tiempo, que es también la de la modernidad en general: el hecho de una clase que posea los medios de producción y una clase asalariada, y los conflictos entre una y otra.

Se trata por tanto no solo del descrédito de una forma de entender la política que parece más bien la venta de un eslógan a través de la manipulación de la opinión pública mediante el merchandising electoral, sino también de una polarización que subsume la complejidad de las nuevas formas sociales en la categoría de luchas de clases no representativas del electorado en general. Bien que no hay que perder de vista que el electorado no es un grupo de opinión que se produzca a sí mismo sino que, más bien, viene moldeado ante todo por la fuerza de los medios de comunicación y en concreto del papel nada despreciable de la prensa. Si esto es cierto, entonces lo que falla en la organización de una opinión pública que sí está cuanto menos de acuerdo con un rechazo general a la forma de entender la política que tienen los actuales partidos políticos, es quizás esa organización clave de gestión de la opinión que resulta de forma paradigmática ausente en nuestro tiempo. En efecto, el sindicato, la familia, la iglesia como enclaves de formación de la opinión han dejado de cumplir la función de organización que tuvieron antaño. Mas ello no significa que las “multitudes” (por usar el término de Negri) sean ahora más libres que antes para poder pensar, o que la actual política democrática dividida entre una entronización de la clase política y la administración pública y por otra parte la utilización de la política misma como instrumento de ayuda a las iniciativas del libre mercado no impliquen serias consecuencias de calado ideológico en el grueso de la población.

De hecho, tener en cuenta esto supone privilegiar un modelo de análisis u otro. De una parte, un análisis marxista vería un continuo en las formas democráticas actuales, la expansión del mercado internacional y la dependencia estricta de estos procesos por parte de la clase asalariada, junto con las consecuencias superestructurales derivadas de ellos. En esta línea, se podrían entender muchas de las realizaciones culturales de nuestro tiempo bien como ausencia de significados trascendentales más allá de las relaciones sociales producidas por el mercado, bien como apología de las mismas (como en Warhol y el pop art). Respecto de la dimensión propiamente filosófica, las consecuencias metafísicas de la ideología del mercado son bien evidentes. Toda la discusión del nihilismo en filosofía desde Nietzsche hasta Weber debería (o eso creo) tener cierta conexión con esa ausencia en nuestro tiempo de esos enclaves de organización de la opinión pública, que son también producto de la decadencia de la ideología burguesa y de sus disfunciones o duplicidades. Y en este punto se vislumbran también las dificultades que tienen que afrontar movimientos como el 15-m.

Como movimiento, el 15-m tiene frentes sumamente confusos: de una forma se podría entender como manifestación espontánea de la voluntad de la sociedad civil por exigir una forma política más justa. En este sentido, el 15-m sería simplemente una forma de expresión social, bien que no exclusivamente social sino también política, en la medida en que quiere vincular esta con la voluntad general. Y es aquí donde el movimiento se precipita en otra de sus indefiniciones: puesto que las propuestas propiamente políticas del movimiento exigen de alguna manera una acción concreta encaminada a hacerlas posibles. De otro modo no tendría sentido siquiera proponerlas.

Pero junto con esta indefinición, que sitúa al 15-m entre la categoría de un movimiento social y un movimiento político, se da la circunstancia de que este movimiento se ha hecho cargo -quizás, creo yo, con un sentido de excesiva e innecesaria responsabilidad- de toda la complejidad que la sociedad de hoy supone. Frente a los monolíticos antagonismos de los partidos y sindicatos (ya sea en el binomio trabajador-patronal, asalariado- empresario o competidor en el mercado- paria de la sociedad), el 15-m ha decidido asumir la enorme complejidad social de un mundo que no es blanco ni negro, que no puede sintetizarse en una sola categoría, ya sea económica, ideológica o social, y que incluso transgrede los antagonismos analíticos clásicos al mezclar elementos dispares entre sí e incluso contradictorios.

Junto con estas dificultades, al movimiento 15-m se le añade la ausencia de ese factor que siempre ha cohesionado- de forma falsa, artificial y manipuladora, por supuesto- el grueso de la opinión pública. Eliminada por principio la legitimidad de una élite intelectual que fundase el marco teórico donde dar cauce a las necesidades que esta población expresa, absueltos de sentido desde el principio la autoridad teórica de las antiguas organizaciones moldeadoras de opinión, y dudando cada vez más de la capacidad orientativa de los medios de comunicación tradicionales, el sujeto -fundamentalmente unido y definido de forma virtual a través de internet- político de la indignación se enfrenta a un debate quizás interminable en el ágora de un mundo que no cabe en categorías. Y si esto es lo hermoso del movimiento, es también lo que puede ralentizarlo de cara a tomar un papel activo en la realización de sus intereses.





viernes, junio 24, 2011

El placer sádico del capital.

El único modo de producción posible es el modelo de producción del capitalismo internacional. Las ideas políticas de izquierda implican en la praxis un estancamiento general de la producción y un retroceso en el desarrollo de nuestras sociedades. La privatización de los servicios públicos no solo es una cosa deseable, sino que además es imparable: es lo intrínseco a cualquier proceso de desarrollo de la producción de un país. No, no nos hemos vuelto locos: son las tesis del ministro de economía del PP. Este señor, al que le cuesta hablar sin que parezca que un pez nauseabundo se ha colado en su hocico, señala en sus intervenciones la naturalidad intrínseca de un capitalismo globalizado que tiene el carácter de ley natural. Pronto suenan, escuchando estas opiniones, los ecos de Adam Smith cuando hablaba de la mano invisible o la coincidencia entre el interés general y el particular, como en Bentham.

Y es que la ideología liberal se tiñe desde el principio con el carácter de una ley científica. Científica y cabría añadir, darwinista. La filosofía política que subyace a estos principios conserva la imagen moral de un hombre en lucha constante con el vecino por satisfacer de forma salvaje sus intereses. Para este modelo filosófico, el hombre no es sino una máquina de goce y satisfacción del goce, completamente ajena a cualquier sentimiento de solidaridad, indiferente en lo relativo a la construcción de una sociedad justa. Por otra parte, el carácter cientificista de esta ideología no solo es pesimista en el fondo- de la misma manera que Hobbes no pone su Leviatán por encima de las cabezas humanas porque en realidad le guste, sino porque cree que es la única forma de contener el caos humano- sino que priva al hombre de una pluralidad de experiencias creativas que sin embargo su potencialidad conserva.

Este carácter de ley científica tiene la misma eficacia y la misma legitimidad que la potestad con la que los reyes soberanos deducían su poder temporal del poder divino. Como notaron los anarquistas, la irrefutabilidad del Estado como componente necesario de una sociedad es la otra cara del poder de Dios aquí en la tierra. El Estado se presenta con la misma necesidad con la que Dios produce el mundo mediante su voluntad, para los hombres del medievo. Ahora bien, no estamos en el medievo, y si aprendimos algo desde Nietzsche y Rilke, es que la divinidad está ausente en el mundo. La pregunta obligada ahora es: nosotros, que aprendimos a utilizar el martillo nietzscheano para derribar todos los ídolos de la tradición, ¿Nos dejaremos seducir por la supuesta eternidad del capitalismo internacional? La única justificación de los que no solo aceptan sino que desean que este modelo persevere aún cuando tenga que llevarse a cientos de pueblos por delante, no es la de mejorar un mundo injusto y colaborar a la paz mundial. La única justificación de sus teóricos es que el corazón humano está podrido y que el hombre no tiene legitimidad para reclamar un mundo mejor. Finalmente, nadie tiene derecho a pedir algo que no se merece. El fondo de la legitimación es, por lo tanto, la declaración de un nihilismo abierto.

Se piden bases teóricas y razones para fundamentar unas acciones concretas. No se trata simplemente de mejorar el modelo productivo. Pero cuando uno exige encontrar qué mueve todo este tipo de políticas, cual es la razón originaria o el impulso esencial del sistema, encuentra la negación de todos los derechos de la raza humana, su intrínseco deseo de aniquilación. Pues el modelo ultraliberal que conocemos hoy en día es la extrema radicalización de un modelo teórico que no se basa en el análisis racional, sino en el concepto de placer inmediato como justificación de toda acción. Detrás de la burocratización weberiana de un mundo organizado, no se encuentra la fría razón de un calculismo inhumano, sino la disposición de satisfacer de forma automática todos los placeres y de construir un mundo dedicado a los sentidos. Todo ello, claro está, a costa del hambre, la muerte y las guerras. No, nuestro mundo no es racional. En última instancia, todo está fundamentado en la dirección de satisfacer los apetitos del empresario sin escrúpulos. La mafia organizada es pues el fundamento último del proceso productivo capitalista a nivel internacional.

Con estas justificaciones, uno se pregunta qué queda del discurso político que no produzca sarcasmo. ¿No sería mejor admitir de una vez la defunción de toda idea socialista y todo género de teoría que pretenda un mundo mejor, y declarar la bancarrota de Dios- esta vez un dios humanista y utópico- a favor del poder eterno del Capital? ¿Por qué todavía hay que disfrazar la política y la economía con buenos modales e ideales, si lo que rige el mundo es el impulso sádico y lascivo bajo el que subyace el verdadero deseo, esto es, la aniquilación de la raza humana? Estas preguntas serán, quizás, pronto contestadas. De momento, es evidente que al ciudadano le toca organizarse. Por sí mismo, y para sí mismo.

martes, junio 21, 2011

Falacias de la democracia representativa.

La última entrevista realizada en televisión española a José Bono demuestra el alejamiento radical entre la clase política y las actividades políticas de los ciudadanos. El presidente del Congreso cree que los “indignados” proponen un “método asambleario” como sustitución de la vigente democracia representativa; una especie de “anarco-democracia” (?) sin organización ni alternativas políticas realistas. Con ello, no solo se demuestra el absoluto desconocimiento que el presidente tiene sobre lo que está sucediendo ahora mismo en numerosos barrios de muchas ciudades españolas. También se denigra y se reduce el movimiento a un contertulio de utópicos ensimismados que desprecian toda organización y toda realidad política.

Nada más lejos de la realidad. Primero, es obvio que el método asambleario ha sido la opción inmediata de los ciudadanos a la hora de organizar sus propuestas y debates. Pero eso no implica, ni mucho menos,que el objetivo de los indignados sea popularizar a nivel nacional una política asamblearia que sustituya la estructura de la democracia existente. Es simplemente su propio método de organización inmediato.Ni mucho menos tampoco supone la propuesta de una especie de “anarquía” insensata sobre la que desplegar todas las frustraciones burguesas de nuestro sistema del bienestar. Recojamos entonces cual es el modelo propuesto por los indignados: no otro que la democracia participativa o la democracia directa, en la que el proceso político está sometido a referéndums ciudadanos y en la que una serie de partidos políticos e ideológicamente orientados no sustituyen mediante el interés propio el interés general ciudadano. La democracia directa o participativa lucha por no permitir que los partidos políticos, a través de campañas de elevado coste propagandístico, interfieran mediante este poder en las deliberaciones de los ciudadanos. La democracia directa trata de impedir la facilidad que otorga el sistema representativo para sustituir la premisa de interés general por el poder particular, generando corrupción. De hecho, la corrupción es uno de los problemas más evidentes y patentes que genera la democracia representativa.

La representatividad es problemática. Supone el alejamiento del sujeto y del objeto, su separación e incluso su disociación definitiva. La representatividad es propia de un pensamiento moderno, un pensamiento cartesiano en el que el sujeto de la representación cognitiva es un sujeto privilegiado que debe manejar desde sus propias elaboraciones mentales el objeto de la realidad. La consecuencia es la abolición de lo real mismo a manos de la representación pura como verdadero contenido de lo real. En términos prácticos y marxistas, la alienación, el extrañamiento.

Aplicar este análisis a la realidad política es sencillo. La democracia representativa hace las veces del pensamiento cartesiano que pretende concebir la realidad mediante su pura aprehensión en el pensamiento. El objeto del pensamiento es en el plano político el pueblo, la decisión y la voluntad populares. Esto es lo que queda alienado en el proceso político de representación. De la misma forma que para Descartes pensar la realidad es tener conciencia de ella, en la política representativa tomar partido por las decisiones de los ciudadanos es el sustituto de la verdadera voluntad popular. Pero como se sabe, la realidad es lo suficientemente compleja como para no permitirse el lujo de ser captada mediante el simple pensamiento, como en Descartes. Y de la misma forma, la voluntad popular no puede reducirse a una mera representación que finalmente declina en la autorrepresentación, es decir, en la coincidencia entre los propios intereses y la idea que el parlamentario tiene sobre la verdadera voluntad del pueblo.

La escisión entre la clase política y la voluntad popular vulnera los principios de la democracia. La idea de que la única actitud política del ciudadano se encuentra en unas urnas domeñadas desde el principio por procesos de marketing político y manipulación estratégica de las decisiones ciudadanas es por tanto una falacia. La supuesta representatividad de la voluntad popular en un sistema político que se define a priori por una política económica basada en el capitalismo de mercado, sobre la que no cabe opción deliberativa y que se supone desde siempre es una falacia. La única forma de cambiar estas cosas no está en las urnas. La única actividad verdaderamente política está en las calles; en una campaña de información que vincule a un electorado ausente y ajeno ya a las preocupaciones verdaderamente políticas. La única actividad política está día a día, en ese referéndum virtual que son las asambleas cotidianas, donde el ciudadano cuestiona de continuo el fantasma de la representatividad y aboga por una democracia real, directa y participativa. Todo lo demás son falacias de Bono y sus secuaces.














lunes, junio 13, 2011

15-M: El sentido práctico de la ideología.

La viñeta del diario Público de ayer era más que significativa. En ella aparecía Rubalcaba detrás de las fuerzas de seguridad, satisfecho con que “mientras sigan así de pacíficos, nosotros no les haremos caso”. Con frecuencia se nos olvida que el Estado de Derecho ostenta el monopolio de la violencia (Gewaltmonopol des Staates, según Max Weber). Cualquiera que haya asistido a una manifestación se dará cuenta de qué pequeño es el límite entre la expresión del individuo y su represión. En realidad, justo en el momento en que comienza la libertad de expresión, comienza también la represión de esta expresión.

Es por ello que si bien cabe destacar la nobleza de las manifestaciones del movimiento 15-M, tales actitudes merecen una reflexión. Y la merecen porque hay un instante teórico en el que deberá surgir como irremediable la fractura de su propia esencia. Será el instante en el que el movimiento deba violarse a sí mismo si quiere perseverar. Pero será también el instante de una parte del movimiento, aquella que según dijimos comprende su lucha en términos globales y no solo institucionales; en términos metafísicos y no solo instrumentales. Mientras tanto, será posible la apelación a una revolución “pacífica”. En este momento, se plantea el alcance de unos objetivos prácticos.

Entre estos objetivos están la reforma de la ley electoral, la separación clara de los poderes, la vigilancia constante de la corrupción y la separación entre poder político y poder económico. Estas primeras reformas son las que podríamos llamar instrumentales o pragmáticas; promueven un cambio a corto o medio plazo; entre las personas que se acercan más a estos fines se encuentran todavía sectores de la ya decadente clase media o los que podríamos llamar burgueses tradicionales; también se encuentran sectores cansados de la política y obreros. Pero se reclaman también, desde otros sectores, reformas de mayor calado. Aquí se encuentran los defensores de la tradición republicana, la izquierda tradicional, los movimientos antisistema y los críticos ácidos del neoliberalismo. Este sector será el que más tarde se comprometerá, sin duda, con una revolución más directa, más global si se quiere, y por ello, el sector que se verá obligado a abandonar el propósito pacífico que se supone esencial en este movimiento. Son reformas estructurales, destinadas a lograr un cambio que choca con la satisfacción de los fines de una clase globalizada de hombres llevados por el afán de lucro y la inmoralidad; son reformas que se dirigen contra los intereses del mercado mundial, contra los colonialismos capitalistas y contra el esquema básico de producción de la realidad global. Se entiende que en este sentido la reforma pacífica sea cuanto menos una ironía. Pero la respuesta violenta plantea muchos problemas también. ¿Cómo luchar violentamente sin el poder del capital militar? Sin el poder que brinda un capital estatal, a título individual o colectivo es imposible pensar en un cambio estructural a través de la violencia.

Hay una tercera vía que al menos resuelve las inquietudes de los sectores más ideológicos. Hay que llevar a estos sectores la idea de que la teoría no puede justificarse desde arriba, sino desde abajo. Hay que establecer ese eslabón que permita comprender que el acceso a la legitimación de la ideología en un mundo ya cansado de ideologías, que mira a estas teorías como a un dinosaurio perteneciente a un mundo caduco, solo puede llevarse a cabo a través del logro pragmático de una serie de reformas concretas. La teoría se legitimará precisamente en el proceso que lleva a cabo no solo la abolición de una ley o de un juego de poderes, sino a través de las consecuencias teóricas que suscite semejante transformación. Cada componente estructural de la sociedad tiene un signo ideológico. Nada está al margen de la teoría. Pero para que el común de los humanos pueda encontrar estos signos, es preciso primero poner en práctica la realización de lo concreto que desvele en este movimiento el carácter ideológico de aquellas estructuras que comprendíamos como legítimas y desideologizadas. La reforma de una ley siempre exige a la ley sustituyente un sentido profundo que está directamente vinculado tanto con el sentido de sus reformas adyacentes como con el sentido global del conjunto de estructuras que se quiere derribar. En ese sentido, el sistema es un conjunto interrelacionado, cuyas partes definen entre sí a la vez que ocultan los fundamentos ideológicos sobre los que se sustenta.

Quizás entonces esta táctica sea más inteligente. No se trata de seducir al pueblo con la nobleza de ideales trasnochados o banderas ideológicamente vinculantes. Se trata de efectuar reformas prácticas cuya aplicación manifieste lo oculto: el verdadero fundamento ideológico del sistema. Es evidente que en el momento de la evolución el movimiento ( si tenemos la fortuna de que llegue hasta este punto), se escindirá. Es inevitable. La exigencia de la violencia y el sentido de la transformación de las instituciones y su finalidad última suscitarán duras controversias. Pero, ¿por qué adelantar las consecuencias de un fenómeno que todavía no ha fertilizado? El logro de este fin solo puede hacerse mediante la suspensión ideológica temporal y la aplicación práctica de las transformaciones institucionales o legislativas que manifiesten el sentido profundo de toda ideología, y sus consecuencias reales.