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lunes, septiembre 15, 2008

Fin de todas las disquisiciones

"Ningún problema tiene solución. Ninguno de nosotros desata el nudo gordiano; todos nosotros o desistimos o lo cortamos. Decidimos bruscamente, con el sentimiento, los problemas de la inteligencia, y lo hacemos o por cansancio de pensar, o por timidez de sacar conclusiones, o por la necesidad absurda de encontrar un apoyo, o por el impulso gregario de regresar a los demás y a la vida.

Como nunca podemos conocer todos los datos de una cuestión, nunca podemos resolverla.

Para llegar a la verdad nos faltan datos suficientes, y procesos intelectuales que agoten la interpretación de esos datos."

(Fernando Pessoa, Libro del desasosiego de Bernardo Soares).

Nunca antes se expuso, de forma tan precisa, rápida y breve, las condiciones trascendentales de la imposibilidad de la filosofía. Ante estas brevísimas sentencias, el imperio majestuoso de la investigación filosófica, con sus ornamentos doctorales y grandilocuentes, se reduce a un gesto inútil, una divagación caprichosa, pero que siempre viola la regla expuesta. Una pequeña referencia que sitúa el universo infinito de la filosofía dentro de su cebo. Caprichos del ser, si se quiere, ironías provechosas que nos inundan de conocimiento ( o de inutilidad, que es lo mismo).

martes, septiembre 09, 2008

Un cuento para niños ( o sobre la idea de una atrevida genealogía del espíritu)

La filosofía siempre se ha preocupado por el lugar desde el que habla, menos ahora: porque ahora parece que tal pregunta no tiene sentido, ya que no hay lugar para el sujeto, sino que el sujeto mismo es el lugar del objeto. Ahora bien, todo lugar es bueno para hablar. La institución filosófica será quizás la abstracción del ejercicio real de la filosofía, el cual habita en las mentes, en las mentes particulares, que a su vez son el centro rector de toda legitimación epistemológica. Pero supongamos que tampoco nos importa esto. Entonces, nos enfrentaremos al hecho de que idear un lugar para la filosofía significa tanto como que sea posible legitimar la acción de esa filosofía, su existencia real y su influencia auténtica en el mundo.

Este lugar entendido como legitimación está, aparentemente, roto. No hay tal lugar para la filosofía, por tanto, podremos ser libres en el campo infinito de nuestro intelecto, pero no libres como sujetos sociales representantes de un sentido sin el cual el mundo externo no se puede definir. Sin entrar en si esta representación es necesaria, situémonos en la actualidad de su importancia: no hay sujeto, sólo variaciones cuantitativas en una red anónima sobre la que se construye algo.

Tejamos, como el que teje una bonita historia cuya verdad no es importante, sino sólo en cuanto que consigue hacer dormir al niño que habita en nuestras conciencias, una genealogía del espíritu: desde las alturas platónicas en las que duermen las Ideas, reducto del Dios bíblico inaccesible, hasta la encarnación hegeliana de la Idea por mediación de Cristo. El espíritu se corrompe justo en este instante, un instante sin duda incomprensible: Dios hecho hombre, es decir, el espíritu devenido carne, el espíritu devenido corrupción. Dios salva al hombre corrupto mediante su propia corrupción. Con los pecados de uno salva los pecados del otro. Y entonces el espíritu entra en la Historia. De manera general, seguimos en ella. O eso parece.

Hasta la llegada de Descartes. El cogito se levanta de su sueño corrupto para elevarse sobre la materia. Kant no podrá eliminar la influencia de Descartes, pero ahora el espíritu se ve de nuevo rebajado a su condición de mero fantasma. Hasta Heidegger el recorrido es el de un espíritu que, primero ser cognoscente y separado del mundo, procede a mezclarse poco a poco con él, (hasta el punto de que, en Kant, llega a crear el propio mundo); la mezcla es paulatina, pero irreversible. El mundo-cuerpo de Merleau-Ponty confirma lo que ya íbamos sabiendo. Y el corte epistemológico de Althusser dará voz a la sentencia de Foucault. El hombre ha muerto.

Arbitraria descripción genealógica la hecha aquí, sin duda. No nos importa. El que habla desde aquí no tiene lugar real para hablar, es hablado, como dice Lacan del Yo consciente, porque el hombre es ahora el objeto de sus componentes. Ellos sí son los sujetos. El sujeto es la Máquina. Con la diferencia de que la Máquina ha logrado desembarazarse del Sentido. La Máquina es el superhombre nietzscheano, capaz de mutilar todo valor o moral y reducirlo a un espasmo de hecho, de facticidad desnuda y absurda. Lo que hay que plantearse es la cantidad de Sujeto que hay en la Máquina. Pero no su existencia, lo cual olvidan a menudo los que certifican la muerte de todo sujeto.

jueves, agosto 28, 2008

Las rutas de Sísifo (II)


1464

Eterno es el sucederse de las cosas- la eternidad está formada por el nacer y morir de todos los objetos- es el nacer y el morir de esos objetos.

1463

Si podemos dialogar y comprender al otro, es que sus problemas son nuestros problemas.

1462

Las culturas son sólo las distintas respuestas a un dilema idéntico y universal.

1461

En tres o cuatro conceptos se condensa la historia y la problemática de todo Occidente.

1460

La voluntad de poder- Nietzsche- es sólo la rebeldía contra la procesión muda del propio devenir- la incomodidad natural del espíritu del hombre.

1459

La vida crece sobre las sustituciones sucesivas- es por tanto una suma consecutiva de las muertes, el efecto de la adición de una muerte a otra muerte.

1458

En conocer y dar constancia del devenir- se resume la tragedia de la civilización occidental.

1457

La vida- efecto ilusorio de la perennidad y del traje con el que se viste la muerte en su apariencia inmediata.

1456

Sólo la eternidad de la vida justifica la creencia en el carácter positivo de todo ser vital.

1455

Los caminos que llevan a los dogmas son inescrutables.

1454

En las bolsas de viaje del pensamiento filosófico han de olvidarse los mapas de la razón y la cordura.

1450

Los que no podemos enfrentarnos a los dilemas del filósofo tan sólo construimos nuestra vida en los márgenes exteriores y en las sombras mismas de la filosofía.

1449

En un solo punto coinciden la inmensidad de los significados metafísicos y el chasquido imperceptible de la pulsión química.

1448

Alcanzar el pórtico de los preliminares ya es una hazaña bastante complicada.

1447

En un mundo desérticamente real, los enigmas cobran una consistencia casi omnipotente.

1446

Nada genera más enigmas que la descripción atómica de la realidad en su crudeza.

1426

Si has alcanzado el estado de ánimo filosófico, bienvenido a la excepción que marca la razón de la existencia. Una sola cerveza, un mal sueño, una mala digestión tirarán al traste ese excelente vapor que aún en su escasez constituye nuestra voluntad para vivir.

1425

El ver tiene como objeto las cosas, pensando que abarca todo con su ojo. Pero el ver no abarca lo que es él mismo. El ver, por tanto, es otro objeto más, otra posición del tablero en que se juega.

1424

Sacrificar la vida a los pensamientos o los pensamientos a la vida: ambas opciones son igualmente insatisfactorias.

1423

La embriaguez de la mirada consiste en olvidar por completo que ella misma es una mirada.

jueves, agosto 21, 2008

Estrabismo metafísico


El faro en mitad del océano sólo se ve a sí mismo. Si sabe que existe un océano, es porque ello le da una explicación coherente de su existencia. Nadie ha avisado al faro de la llegada del océano. Tampoco recuerda si antes de él existía otra cosa, porque él lleva existiendo desde la noche de los tiempos. Él ha llegado el primero y también se marchará el último.

El tablero de ajedrez sólo se ve a sí mismo. Si sabe que los jugadores tienen una vida más allá del tablero, es porque eso le tranquiliza. Nadie ha avisado al tablero de la llegada del jugador. Las piezas se mueven en él como el agua en el mar, resueltas en el azar y sacrificadas en la tierra. Es la perpetuidad de la muerte: generación tras generación, pieza tras pieza. No hay una partida idéntica, pero todas las piezas repiten su papel bajo la ordenación de una mente superior e inextricable. Estamos en el dominio del destino.

El ojo está encerrado en sí mismo. El oído está consumido por su ser. Los brazos se hallan destinados en una superficie contingente del cuerpo, de este cuerpo, de este cuerpo preciso. El río siempre lleva el mismo caudal de agua. Él es el caudal inmóvil que tiende el acontecimiento de su muerte sobre las dos orillas para que la eternidad del agua pueda consagrarse. También él ha llegado el primero, y será el último que se marche.

Dios es la oscuridad de la noche que habita dentro de nosotros, de la que un día emergieron el ojo, la luz, el faro, el río. Aquello con lo que cargamos en la mera inconsciencia pero de la que surge también nuestro aliento de vida. Aquello que perdimos y que al mismo tiempo nos posee. Aquello que, siendo mudo, es el resorte de nuestras palabras. Aquello que conforma una masa eterna, inmóvil, perfecta, sobre la que se levanta como un viejo acueducto nuestra alma, bailarín prodigioso aterrado por la fuerza de la gravedad que le llama con sus gritos. Aquí abajo la tierra muge como un animal moribundo. Nosotros somos simplemente la boca con la que ese animal se expresa. Simples instrumentos, pero con la terrible conciencia de su simpleza.


domingo, agosto 17, 2008

Las rutas de Sísifo ( extracto)



987

Un lecho donde poder morir a gusto ya es mucho más que una vida entera de éxitos fraguada con el martillo de la lucha y la inquietud.

986

La filosofía sólo aportó una visión más áspera y aburrida de los mitos.

985

Cuando la filosofía se ha convertido en una agradable butaca donde satisfacer las más exquisitas exigencias estéticas, entonces ya hace tiempo que se olvidó el asunto por el que se había llegado a aquella.

984

La belleza es la consecuencia del aprovechamiento del dolor por un alma inteligente.

983

Los hilos de la especialización filosófica están construidos con el cobre del aburrimiento y el metal de la insulsez.

982

Quien se encajona en la especialización y pierde el horizonte de la metafísica pierde a su vez la razón originaria de su propia existencia.

981

El tiempo es el potro del hombre, y el espacio su dama de hierro.

980

Las condiciones a priori que posibilitan la imposibilidad orgánica de un mundo para el hombre.

979

No escuchemos ontologías que están más allá del hombre de manos de quien no se llama a sí mismo profeta.

978

Quien llama con un silbido insistente al perro de la vida es el dueño invisible de la nada.

977

La filosofía es una esposa infiel que engaña a su marido, el filósofo, justo en aquel momento en que éste cree haberla conquistado.

976

Todo comportamiento ascético tiene un componente natural que inspira repugnancia.

975

Parece que con la elevación del espíritu se renueva de continuo el instinto de monstruosidad que el hombre lleva dentro.

974

Lo que digas ha de ser simplemente un punto que conecte de alguna manera con el resto de los puntos. Evitar el aislamiento es el fin de todo pensamiento marginal.

973

Quien se niega a sí mismo para depositarse en Dios no ha salido de sí mismo.

972

Nunca saldrás de ti mismo, pero podrás llamar exterior a aquello ajeno que te amenaza desde los abismos de tu espíritu.
971

Unos perdidos en el pensamiento- los filósofos- otros perdidos en la palabra- los poetas.

970

El espíritu sólo nace mediante un cataclismo espiritual.

969

Torturándote aprendes a dejarte agarrar por el centro gravitatorio de la esencia del mundo.

968

En medio de la luz los ojos quedan cegados. Pero a tientas en la oscuridad la pupila se dilata y logra ver.

967

El filósofo resolvería sus problemas si aceptara, a la vez, que Dios se encuentra en nuestro mundo y que no se identifica con él.

966

Nada te ayudará a escapar de tu responsabilidad.

965

La novedad en el Universo surgió ya siempre cuando uno de sus átomos se revolcaba en el caos de la Creación.

964

Átomos conceptuales que contengan la densidad de una galaxia.

963

Nada es de valor en el arte de la inteligencia cuando no se ha llevado ésta a los límites totales de su posibilidad.

962

Acostumbrarse a no rehuir el torbellino de los pensamientos.

961

El viaje de la filosofía es un viaje que hiela la sangre.

960

Todos los hijos de este mundo ya nadaron en las venas insólitas de Dios.

959

Los objetos de este mundo fracasan en su lucha por alcanzar y permanecer en el sentido.

958

Lo que perteneciente al infierno no puedas experimentarlo en vida, siempre podrás hacerlo en los lagares monstruosos de los sueños.

957

En el sueño abandonamos nuestro mundo para aterrizar en la infinitud de lo abisal. Sólo con el sueño rompemos las cuerdas que nos sostienen a la vida, sólo en el sueño la vida misma se detiene para dejar paso a las sombras del espíritu. En los sueños la trascendencia se practica con nuestro cuerpo, nos practica.

956

Se dedicaba a soñar cosas espantosas, y reclamaba el justo salario por sus terribles trabajos.

955

En la injusticia que practica el inconsciente al someternos a las pesadillas se evidencia la furia potencial del yo cuando se le permite sincerarse consigo mismo.

954

Cada noche morimos al dormirnos, cada día nacemos con cada nuevo despertar.

953

Mucho más digno es saberse perdido en los bosques de los pensamientos que erigirse con claridad en los féretros lascivos de los méritos sociales.

952

Otro kantianismo interesante: sólo bajo tales y cuales circunstancias debemos permitirnos seguir en la brecha inerte de la vida.

951

El filósofo siempre tiene conciencia de su estupidez. Pero el hombre vulgar se hunde entre sus aciertos a causa de la ignorancia febril de sus errores.

950

Mucho más fácil que el yerro de una inteligencia constante es que un mundo carente de espíritu se remoje de continuo en el error.







martes, agosto 12, 2008

El método

Arriesgarlo todo. No importa lo que se haga, no hay que satisfacer a ninguna divinidad. El mundo es un laboratorium salutis, al decir de Bloch. No saldremos nunca del taller. El taller es nuestra casa, nuestro descanso, nuestro trabajo. Por lo tanto: también nuestro éxito y nuestro fracaso. No hay exposición, actuación, día de prueba en el que lo trabajado en el taller haya de revelarse al mundo. Porque la actuación resulta ser el compendio general de todos los días de trabajo. Pero, ¿qué hace el artesano en su taller? ¿Evita ciertos útiles, ciertas herramientas, ciertas posibilidades? El artesano utiliza todo lo que hay. No se trata de escoger las mejores posibilidades para tratar de llegar al final lo más pronto posible. El final no es la actuación delante del mundo, sino el aplastante fracaso de la muerte. El día del final, ese por el que parece que damos todos los demás días de nuestra existencia, es un día fúnebre, triste, inútil, en el que ninguno de los espectadores podrá evitar un nudo fatal en la garganta. No nos interesa ese día. Nuestra actuación ha empezado desde siempre. Ya siempre estamos actuando, si es que alguna vez actuamos. Ya siempre estamos exponiéndonos, si es que podemos acaso hacerlo. Y lo que consideramos errores son nada más escenarios de esa obra, sentidos que desde siempre están ya justificados y consolidados.

Arriesgarlo todo. Si el poeta se distingue en este caso del común de los mortales, es porque no ha tenido miedo a usar todos los útiles a su alcance. No le importa fracasar. Cualquier fracaso es un éxito de cara al mayor de los fracasos: la muerte. La mejor actuación resulta en un ridículo espantoso cuando el día del verdadero espectáculo, el último día, llega ese terrible espectador. Es el espectador decisivo, aquel que ha permitido la función y el que se asigna el privilegio de darla por concluida. No, la función no tiene como fin ese día. Al contrario, a medida que avanzamos hacia el último día, nuestra obra tiene el derecho de hacerse más flexible, menos exigente. Cada vez podemos utilizar más cosas en nuestro taller. No nos extendemos suficientemente sobre él, porque a menudo olvidamos que el taller es el mundo. Nuestro miedo consiste en extendernos y en perdernos en él. Pero de eso justamente se trata. Solo una vez protagonizamos esta función. No hay útil que perder, experimento que realizar, batalla que lidiar. Toda experiencia es fundamento y es fuerza. Hay que agotar los útiles del taller. Ese es el verdadero artesano. Por tanto, no aquel que ha logrado el mejor experimento, sacrificando sus posibilidades, sino aquel que, hastiado e incluso roto, ha aprovechado al límite la experiencia de sus fracasos. Porque sabe que el fracaso es, para decirlo con Leopoldo María Panero, la más resplandeciente de las victorias. Pero sobretodo porque el fracaso es el fracaso final, inherente a toda vida, a toda función. El fracaso de la muerte.

La pérdida de sí

Jean Luc-Nancy ha hablado del espíritu de Hegel como la inquietud de lo negativo. Según Hegel, “el espíritu no es algo que permanezca en reposo, sino más bien lo que carece absolutamente de reposo, la actividad pura, la negación o la idealidad de todas las determinaciones fijas del entendimiento; no es abstractamente simple, sino que es, en su simplicidad, al mismo tiempo un diferenciarse-de-sí-mismo”. El devenir del espíritu es siempre un salirse de sí mismo en el encontrarse con lo otro dentro de sí mismo. Pero ese encuentro no se produce como una especie de unificación, sino como una lucha por la vida. El espíritu se halla enredado en el mundo como en el cuerpo- pues cuerpo y mundo son instancias que se autopenetran-. Mediante el cuerpo entra el mundo en el espíritu; pero el espíritu no se une con el cuerpo para formar una unidad, ni siquiera permanece a su lado como constitutivo de tal unidad. El espíritu es una inquietud negativa- como desesperar continuo de toda fijación posible, lo que significa la imposibilidad de su consumación estática, y por tanto, de una identidad.

Como sucede con el arte en su máxima expresión, (el arte romántico), el espíritu ha de abandonar la parcialidad de su determinación. Justo allí donde toca el punto de su perfección ya ha trazado la expansividad de su sustancia. De esta negatividad del espíritu se ha extraído la idea de que el espíritu es una nada, un para-sí no fijado que elude toda finalidad, como en Sartre: pero el espíritu también produce obras, y en esas obras expresa tal nulidad y la convierte en algo significativo. Cuando el espíritu se extiende sobre sí mismo, encuentra la alteridad como lo absolutamente insuperable por principio. Este principio debe interpretarse también como un principio ético (Levinas). La apropiación del uno por el otro genera la violencia específica de la filosofía occidental; pero también supone el salto teórico sobre lo que ontológicamente es insuperable. La relación del cuerpo con el alma, en este caso, no se limita a una consideración histórica o abstracta en la que pueda determinarse que es posible una armonía ética con el propio cuerpo o un virtuosismo que elimine o supere tales diferencias. Alma y cuerpo son simplemente símbolos de dos fuerzas ontológicas dispares que representan regiones distintas del ser, que por su naturaleza y juego pertenecen a sí mismas únicamente en cuanto alteridades correspondientes. El espíritu es mucho más que lo meramente intelectivo, y lo corporal también. Pero ello no evita que se tenga que considerar desde el principio la necesidad de lo interior por considerar su interior como algo totalmente exterior, lo cual no significa que lo espiritual se encuentre limitado por aquella alteridad interior. Pues en todo caso se trata de su alteridad, y por ello se podría decir que la limitación que experimenta el espíritu se realiza en la forma de su propia pérdida, de la pérdida de sí en sí mismo.
El espíritu se retuerce sobre sí mismo disociándose de aquello que lo constituye, y formando el círculo de necesidad en el que la naturaleza del propio espíritu parece haber diseñado una ley demasiado enrevesada. Aquella ley la llamamos libertad, y es el movimiento siempre inquieto de un espíritu que nunca podrá adherirse a la unidad de la carne, en cuanto su esencia es siempre, retomando a Nancy, inquietud de lo negativo, negación de sí mismo en el movimiento infinito de su aspiración a la totalidad.