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miércoles, abril 15, 2009

Anti-Deleuze.


I

La afirmación del simulacro, de la copia, frente a la esencia, el ser. Y ahora que dopo Nietzsche hemos descubierto la importancia de los fantasmas, de los simulacros, ¿Por qué no afirmar de nuevo la esencia y el ser precisamente en cuanto simulacros, frente a la tiranía de la evidencia del devenir?

II

Eterno Retorno pasado por el agua mal oliente de los franceses: ¿No sería demasiado frágil, demasiado espectral, el retorno en cuanto retorno si sólo se tratase siempre de un retorno de lo diferente? ¿Y cual es la posibilidad misma de lo distinto, sino el fantasma de la identidad?

III

Deducir todos los elementos de juicio y de realidad de valores morales previos- ¡eso sólo podría haberlo imaginado un hombre como Nietzsche, que redujo todo a la moral!

IV

Sospechar si tras un pensamiento ontológico hay un pensamiento de valoración- eso sólo es posible teniendo un pensamiento originariamente moralista-.

V

El dúo absurdo Spinoza- Deleuze: No se sabe lo que puede un cuerpo…¡pregúntaselo a los cadáveres!

VI

Si damos carta de confianza al simulacro, a lo que se opone a la verdad- abriremos con entusiasmo las puertas a toda teología.

VII

¿Qué virus hay en Francia para que ciegue de forma tan intensa las cabezas? Algo en el ambiente, quizás el cosmopolitismo de París, la vida de cartón de los franceses…¿quién sabe?

VIII

Lo que puede un cuerpo- sobre todo el aparato excretor y también las funciones orgánicas más bajas-.

IX

¡El elogio de la carne, de la superficie! O Deleuze como gran estilista en la pasarela de moda de París.

X

El amor a la vida en cuanto amor al retorno de lo diferente, ¿no será también amor por aquello que es lo diverso de la vida, lo opuesto, la diferencia ontológica fundamental de la vida, es decir, la muerte?

XI

¡Cuanto no debe el talento de Nietzsche a las taras que le ocasionó el cristianismo!

XII

Lo que amamos en Nietzsche es la visceralidad, la energía, la potencia del pensamiento en su pura acción. Pero más allá de esto, convertirlo en ciencia, como parece querer hacer Deleuze, es caer en el desvarío y la comicidad.

jueves, marzo 26, 2009

La pobreza según Eckhart

"Si el hombre quiere ser pobre en voluntad, debe poder querer y desear tan poco como quiso y deseó cuando no era. Así es el hombre pobre que no quiere nada.

Por otro lado es pobre el hombre que no sabe nada. Hemos dicho a menudo que el hombre debería vivir de tal manera que no viviera ni para sí mismo, ni para la verdad, ni para Dios. Pero ahora esto lo vamos a decir de otra manera, y vamos a ir más lejos si decimos que el hombre que quiera tener esa pobreza debe vivir de tal manera que ignore que no vive ni para sí mismo, ni para la verdad, ni para Dios; es más, debe estar tan vacío de todo saber que no sepa ni conozca ni encuentre que Dios vive en él; es más: debe estar vacío de todo conocimiento que habite en él. Pues cuando el hombre estaba en el ser eterno de Dios, no vivía en él nada más; es más, lo que allí vivía era él mismo. Por eso decimos que el hombre debe estar vacío en sí mismo, tal como lo era cuando [todavía] no era, y dejar actuar a Dios como él quiera, para que el hombre se mantenga vacío.

Todo lo que siempre proviene de Dios tiene por fin una acción pura. El obrar apropiado al hombre es, sin embargo, amar y conocer. Ahora bien, la cuestión es en qué consiste, esencialmente, la bienaventuranza. Algunos maestros han dicho que reside en el conocer, otros dicen que en el amor, otros que en el conocimiento y en el amor y éstos lo encuentran mejor. Nosotros, sin embargo, decimos que ni en el conocimiento ni en el amor; hay un algo en el alma de donde fluyen el conocer y el amar, que ni conoce ni ama como las potencias del alma. Quien lo conoce [ese algo], conoce en qué consiste la bienaventuranza. Ese algo ignora que Dios actúa en él; tan quieto y vacío debe hallarse el hombre, decimos, que no sepa nada ni conozca que Dios actúa en él, y así el hombre puede conocer la pobreza."

(Meister Eckhart, Los pobres de espíritu).

jueves, febrero 26, 2009

Como todos los viejos temas.

Como todos los viejos temas, el de la utilidad de la filosofía cobra su importancia en un mundo en el que lo aparentemente obvio es puesto en discusión y en el que hablar de los pórticos de esa cosa llamada filosofía se convierte en todo un mérito. Porque, si hay algo que para los iniciados en la filosofía ha quedado claro desde el principio, es que tal ámbito de conocimientos es lo suficientemente amplio y general como para que una apelación a su delimitación como dominio particular y específico deba ser considerado, por lo menos, como ingenuo.

Desde luego que la filosofía va mucho más allá de sus pórticos, pero estos preliminares son lo bastante amplios como para que resultara en principio absurdo discutir su posible especificidad. La filosofía, por el contrario, es lo menos específico que existe: todas nuestras ciencias actuales están cargadas en sus inicios por fundamentos o doctrinas filosóficas, por más que nos pese. Desde el psicoanálisis freudiano hasta la psicología cognitiva, pasando por la biología, la sociología o la economía, obtenemos un trabajo que tiene como fundamentos latentes toda una cosmovisión o forma determinada de elaborar el pensamiento. Hasta ciencias que se quieren objetivas y despojadas de toda ideología, traicionan a menudo su perspectiva empírica y tratan de resolver por medio de datos de la experiencia problemas ancestrales que preocupan al hombre. Sólo una mente muy ingenua puede aceptar tales deducciones, mente por otro lado típica de nuestro tiempo y oscurecida hasta la saciedad por un modelo ideológico que ha triunfado gracias a su talento para ocultar el sentido de su ideología. Hablamos, como no, del modelo del libre mercado y del, para decirlo en palabras de Hinkelammert, anarcocapitalismo.

El principio evidente de esta ideología se ha ocultado bajo la ya muy criticada creencia que en nuestros tiempos ha devenido convicción. La vieja discusión metafísica entre realidad y actualidad ha terminado, en este sistema, por resolverse a favor de la ecuación de su identidad. Lo cual es fatídico, y al mismo tiempo, lo más irreal por esencia que existe. Como dice Hinkelammert, la creencia en un mundo sin utopías es a su vez una creencia utópica. La asimilación acrítica de realidad y actualidad es una característica esencial del pensamiento torpe, que no ve más allá de sus narices. Pero a su vez es resultado de un éxito evidente, que hay que declarar: el éxito de un sistema que ha convencido a sus ciudadanos de que él es el único sistema posible.

Nuestra situación, por tanto, es tal que nos vemos obligados a sostener un discurso necesario e innecesario a la vez. Necesario porque parece que las cosas más simples y obvias se han vuelto oscuras, e innecesario porque es un discurso ya mil veces dicho. Pero como la característica de nuestro tiempo es que lo obvio se ha ocultado, habrá por tanto que proceder a una desvelación del ser de lo estúpido de nuestros tiempos y retornar a lemas incómodos, como aquel de la Ilustración kantiana que encomiaba el hecho de pensar por nuestra cuenta. Lo inédito ahora es que pensar por propia cuenta, tener capacidad crítica, se ha vuelto un hecho insólito.

Tener que elaborar un discurso o manifestación a favor de la utilidad de la filosofía revela el paupérrimo nivel intelectual y humano de nuestra propia sociedad. Que haya que defender como necesario lo completamente obvio es quizás triste, pero desde luego ya un motivo y una razón para aquellos que quieren saber qué y para qué es la filosofía. Pues ya lo tienen: la filosofía existe para defenderse a sí misma. Defenderse y destruirse, que es su ámbito o no-ámbito cuya universalidad hemos olvidado completamente atrapados por un modo de pensar particular que se quiere universal. Quizás haya que volver a las viejas verdades, a desempolvar hechos que si para el filósofo resultan obvios, es que han de ser en extremo tangibles. Pues no se olvide que el primero que duda, el primero que se encuentra en el abismo y en la tierra sin fundamentos, es el filósofo. Algo terrible ha de pasar para que lo que él considere límite se convierta en otros en algo a debatir. Evitémoslo.

viernes, febrero 20, 2009

Voces de Antonio Porchia

Algunos pensamientos del poeta italo argentino.

Un poco de ingenuidad nunca se aparta de mí. Y es ella la que me protege.


Las alturas guían, pero no en las alturas.


Y si llegaras a ser hombre, ¿a qué más podrías llegar?


Éramos yo y el mar. Y el mar estaba solo y solo yo. Uno de los dos faltaba.


Dirán que andas por un camino equivocado, si andas por tu camino.


En plena luz no somos ni una sombra.


Donde hay una pequeña lámpara encendida, no enciendo la mía.


Hallé lo más bello de las flores en las flores caídas.


Quiero tu bondad, pero no sin una sonrisa en tus labios.


Nadie es luz de sí mismo, ni el sol.


No ves el río de llanto porque le falta una lágrima tuya.


Mientras creemos tener algún valor, nos hacemos daño.


En mi silencio solo falta mi voz.

lunes, febrero 09, 2009

Valéry vs Wittgenstein

Es increíble que todavía la filosofía académica no haya tenido en consideración algunos márgenes del pensamiento que sin embargo son profundamente enriquecedores, sobre todo en este caso: el de los Cahiers de Paul Valéry, cajón de sastre del que rescatar piezas filosóficas de sumo interés, sobre todo cuando se trata de intuiciones que preludian algunas de las más importantes realizadas por las "grandes figuras filosóficas del siglo", como por ejemplo, el mismísimo Wittgenstein. He aquí una muestra.


- "Todo está predicho por el diccionario" (1909-1910), donde Valéry se anticipa a una especie de concepción trascendental del lenguaje, que preludia el "espacio lógico" en Wittgenstein,


- "La filosofía y lo demás son sólo un uso particular de las palabras", ya en 1918, anticipándose a la tesis wittgensteiniana de los juegos de lenguaje,


- "Palabras como "verdad" o incluso "realidad" han embrollado las cosas y han creado dificultades gratuitas " (1925), demostrando una profunda conciencia lingüística de la filosofía,


- "Un problema filosófico es un problema que no se puede enunciar. Todo problema que llegamos a enunciar deja de ser filosófico", (1929), recordando a la tesis de Wittgenstein: "el enigma no existe",


- "No hay misterios...sólo insuficiencia de los datos o de la mente" (1933, 1934), ésta ciertamente posterior al Tractatus,


- "Yo no digo: no hay Dios. Digo- antes de decir que no hay Dios- que debo preguntarme lo que significaría para mí tal o cual respuesta". Esta cita, (1935) increíblemente similar a esta otra de Wittgenstein, que data de 1946: " La forma en la que empleas la palabra Dios no muestra en quien piensas sino lo que piensas."


- "El problema más importante es aquel que puede ser resuelto" (1903-1905). "Si una respuesta no puede expresarse, la pregunta que le corresponde tampoco puede expresarse" (TLF).


Estas son pequeñas muestras que deberían hacer pensar a nuestros académicos acerca del valor de un pensador no considerado canónico, quizás porque no era estrictamente filósofo...


( Los Cuadernos han sido traducidos al español por Galaxia Gutenberg (2007), bajo la dirección de A. Sánchez Robayna. Son un extracto del documento original, que alcanza las 26, 000 páginas).


jueves, enero 29, 2009

Algunos fragmentos de Schelling


376. Todo el universo extendido en el espacio no es otra cosa que el corazón ardiente de la divinidad, el cual, mantenido por fuerzas invisibles, persiste en un pulso o cambio continuo de extensión y contracción..


396....El dolor es algo general y necesario en toda vida, el punto inevitable de paso hacia la libertad...La participación en todo lo ciego, oscuro, paciente de su naturaleza es necesario para elevarlo (a Dios) a la conciencia suprema. Cada ser ha de conocer su propia profundidad. Esto es imposible sin padecimiento....


364. Nosotros no le tenemos miedo a la contradicción, sino que más bien intentamos, en la medida en que somos capaces de ello, comprenderla correctamente..."


( ) Si la vida se detuviera aquí, no habría más que un eterno inspirar y espirar, una alternancia continua de vida y muerte que no es una verdadera existencia, sino sólo un impulso y celo eternos para ser, pero sin ser real".


Tomado de Schelling, Weltalter.

sábado, enero 24, 2009

El espíritu deseante ( extracto)

Como se ha indicado en numerosos lugares, el deseo puede ser definido como la negación de lo presente, siguiendo una sugerencia de Wahl tomada del pensamiento de Hegel. El deseo de lo infinito aparece entonces como ancla, motivo, raíz de la experiencia del espíritu. La negación de la realidad aparece por tanto vinculada a la naturaleza del espíritu, en cuanto que el espíritu está condicionado por el comodín ausente del deseo. Así, decimos con Scheler que existe un antagonismo entre la vida del espíritu y la vida biológica. La vida del espíritu es de hecho el reverso de la vida biológica, el impulso que crece negando el establecimiento circular de la vida. Por eso también cambiamos el término, y en vez de impulso vital, (Bergson), decimos impulso metafísico. Donde hay verdadero impulso, e impulso deseante, es en el espíritu. La raíz del deseo se encuentra en la ausencia de lo metafísico que constata la conciencia. El deseo como tal señala una nada, un límite u horizonte que no puede jamás concretarse, pues tal concreción significa para el espíritu la muerte de su esencia. Este es el motivo por el que la vida del espíritu es un reverso en la vida biológica, una negación de la estabilidad propia de una vida acabada que está regulada cíclicamente y que no espera “nada nuevo bajo el sol”. La vida del espíritu es justamente la negación de la vida, y así lo demuestra la historia misma, que asemeja más bien un trazo irregular y artístico que una fidelidad a la constatación de la eternidad del ser. El deseo anula la satisfacción y provoca la insatisfacción. La historia del espíritu es la historia de un espíritu insatisfecho.

Negando su esencia, negando su existencia, el espíritu avanza, liquida, construye, reconstruye. Sin ningún momento en el que pueda parecer detenerse, su historia es como la de un impulso que ha de explotar por algún lado, y al que ninguna concreción o determinación le satisface. El espíritu es de hecho la insatisfacción misma, como nos recuerda Kazantzakis, y así se asemeja al amante que ha idealizado a su amada en la letanía de su ausencia. Una vez rotos los amarres con la finitud y caducidad de una naturaleza que no le comprende, el espíritu se embarca hacia la experiencia de un contacto futuro con su amada, la trascendencia siempre ausente y negativa a la que ahora el espíritu considera Fundamento del mundo. ¿Será la experiencia del impulso metafísico una experiencia juvenil, un momento de inmadurez en el desarrollo total de lo espiritual? Nadie puede predecir, en contra de lo que pensaba Hegel, dónde acabará esta aventura del deseo. El descubrimiento del espíritu es precisamente la contingencia y la nulidad de su ser, y lo que de negativo tiene la doctrina del nihilismo es también el germen que posibilita la esperanza en la presencia de lo absoluto. El nihilismo aparece como fundamento mismo del espíritu, y como ocasión para una novedad que se halla en continua lucha contra lo que de estático hay en el mundo. Tal es la característica común del espíritu, que se agudiza en lo que hemos llamado el impulso metafísico, motor de la experiencia misma del espíritu en acción. El impulso es el impulso del deseo, de negación de lo dado para ascender negativamente hacia la presencia de la amada. La esencia del espíritu es por esa misma razón, insatisfacción. Toda la experiencia del espíritu es esta negación inconclusa, en la cual todo ha de ser destruido, como dice Kazantzakis, para preservar la materia originaria, la fuerza primordial, de la que surge, con una pretensión de eternidad, lo artístico del espíritu mismo.


De este modo es como se puede comprender que el enigma es también la prueba del carácter de “nadería” del espíritu, de su carácter de brillo, (Schein) a la manera hegeliana. Él mismo desarrolla el enigma al despegarse de la conciencia, al negar la conciencia de lo dado y al asumir la realidad de lo posible como la esencia misma de lo real. El espíritu es la sombra de la conciencia, el impulso ciego que se levanta en la noche de la conciencia para emprender un viaje inacabable. El espíritu en acción, el impulso, es como la voluntad ciega de Schopenhauer: infinito, insatisfecho, aniquilador. Lo que aniquila el espíritu es el espacio de su desarrollo. El enigma se hace entonces más y más poderoso en la medida en que el espíritu se despega de la conciencia, pues cada vez que alcanza un nuevo nivel, cada vez que se aleja más, más razones tiene que dar de su lejanía con la conciencia, más huecos ha de rellenar en su anhelo infinito. El enigma demuestra el carácter nadiente del impulso al hacer ver la imposibilidad de su esencia, y la conciencia propia del espíritu le revela su nulidad, demostrada especialmente en los análisis profundos del Yo, que prueban con claridad lo abismático del sujeto. De este modo el carácter artístico del espíritu favorece, contribuye, produce de algún modo el enigma, le da consistencia, lo hace más inextricable. Porque desde el momento en que el espíritu apunta al enigma, ha hecho ya de su propia esencia un enigma, al negar de continuo su estabilidad y al proyectarse en la Irrealidad del Absoluto. Cada peldaño recorrido es producto de su versatilidad, de su falsedad, y la sinceridad, la idea clara y distinta se pierde en la dialéctica infinita de su desarrollo. No puede existir esencia del espíritu porque su objeto, su razón de ser, es el Absoluto de la Irrealidad.

Lo Irreal alienta por tanto el recorrido, las máscaras del espíritu. Como bien Nietzsche sabía, la máscara es un elemento fundamental de lo espiritual. Pero Nietzsche quedó atrapado en su apología de la máscara, en su negación de la esencia, pues al negar la esencia, lo que realmente estaba haciendo era ponerse del lado del espíritu, que era lo que en su último período de lucidez, en la premonición del Eterno Retorno, negaría. Al alentar el devenir y negar el ser, Nietzsche mismo realiza la última expresión del espíritu, o para decirlo con Heidegger, la última filosofía del ente como negación del ser. Porque lo verdaderamente devenido es el espíritu, y lo que alienta tal devenir es la Irrealidad del Absoluto, lo que niega todo dato y toda percepción consciente. Detrás de las modificaciones infinitas del espíritu se halla la misma esencia: lo Irreal mismo, que obliga al espíritu a no detenerse en ningún momento. Es la irrealidad del Deseo, el Deseo mismo, lo que mueve al espíritu, lo que produce el devenir, y como tal, la nada. La experiencia del espíritu, como sabía Nietzsche, es la experiencia de la nada. La máscara no es una burla de la permanencia, sino el medio que utiliza la misma permanencia para sostenerse infinitamente, sobre el corazón deseante del espíritu. Como el amante, el espíritu queda colgado de esa infinita permanencia de no- ser que utiliza el devenir como su propia manifestación. Sólo el espíritu sabe de enigmas, pues ha perdido ya desde siempre la perspectiva cíclica de la eternidad.