Support independent publishing: Buy this book on Lulu.

jueves, noviembre 30, 2006

De todo lo finito y lo infinito.


Retomando una lectura de las pruebas de la existencia de Dios en San Anselmo de Canterbury he comprendido con exactitud el sentimiento nauseabundo y al mismo tiempo estremecedor de la Idea misma de Dios, a una vez con el rechazo particular que solemos sentir muchos al hablar de cosa tan inmensurable.

Y quizás lo más extraño de Dios sea que es lo más cercano a su vez, que cosa tan lejana se halle anclada, es justo reconocerlo, en lo más profundo del túnel de nuestra mente, allá con las cosas inescrutables de las que creemos ser un fragmento causado, un mero reflejo. Éste reflejo es el motor con el que arden las ideas delirantes de los locos, y también la causa de los hallazgos más geniales y extravagantes.

Con todo, la mayor repulsión de admitir "lo divino en nosotros", por utilizar las palabras de Plotino, no puede ser otra que el contraste que causa ello al medirlo con la fragilidad de la carne, pues tal idea de lo infinito ilumina desagradablemente lo finito y limitados que en realidad somos, y en cuanto nuestro entendimiento ha de admitir tal cosa, se asusta horrorosamente de sí mismo y trata de refutar por todos los medios la idea de divinidad, y, sin darse cuenta que en la medida en que habla más y más sobre ella con la intención de rebatirla, se encuentra también más inmerso en su dominio, hasta tal punto de que a oídos extraños resulta absurda la diatriba contra lo divino en función de cuantas cosas se hayan atribuido en torno a ello para refutar su existencia.

No me quedo conforme, sin embargo, ante ninguno de los postulados. Éste es el precio del escéptico y del cínico. Ni siquiera con ser cínico y escéptico, o, precisamente por ello, puede el que profesa esta doctrina sentirse a gusto y en sus cabales. Pero ese movimiento de renuncia y aceptación dialécticos deja un margen a lo estético, que es al fin y al cabo donde la gente de mi condición acabamos metiendo el hocico.

Pues bien, decía que no me quedo conforme. Ni admitiendo lo divino en mí, como sujeto perteneciente a lo universal, y mucho menos en la medida en que tal ontología de la divinidad está entrelazada, no sé de qué manera, a alguna facultad de mi alma o a mi raciocinio, pues esta idea resulta repulsiva, a saber, la de que nosotros podamos llegar por nuestra propia condición a lo eterno, y tampoco me quedo contento con la afirmación de la finitud asumida, en cuanto que el énfasis en esta finitud implica una mayor concesión al trasunto de la divinidad y la infinitud.

No hay duda de que seguiré errando y chocando con tales cosas por dos razones; primero, porque no comprendo cómo de abarcar lo infinito en mí, en el sentido de que tal infinito pertenece por raíz a las profundidades oscuras del entendimiento, no puede al mismo tiempo apresar con la mayor de las inteligencias tanto la dirección tan pueril y rastrera de mi mísera existencia como el más grande de los secretos de esa infinitud en la que yazco cobijado; y segundo, porque de poder hacerlo me sentiría culpable de orgullo todopoderoso, (hybris) como si acaso el hombre pudiera mínimamente, dada su condición mortal, acercarse a los dioses sempiternos.

Reflexionando sobre esto, he llegado a negarme concebir tal divinidad en mí: si así fuera, ello agravaría más aún las condiciones de nuestra existencia, y nos veríamos obligados, como de forma terrible insinúa Platón en alguno de los pasajes, a figurarnos marionetas de los dioses. Y, de cualquier modo, me niego a tener nada que ver con la inteligencia divina; si alguna relación tuviera con ella, no estaría escribiendo esto. Más bien andaría de la mano de los ángeles, compartiendo los secretos de la infinita potencia de los dioses y demonios, allá con el padre Swedenborg, o bien en un manicomio no menos celestial, con no menos profundas discusiones que nada deberían envidiar al mejor banquete de teólogos imaginable.

martes, noviembre 28, 2006

El pecado sublime del arte.


Expropiados de un don virtuoso que haya acompañado la noche en que vimos por vez primera la luz de la existencia, centenares de almas perdidas y reos de su propio castigo hemos visitado con frecuencia esas cajas de madera acústicas que vibran y producen algo que incomprensiblemente nos agrada, y que muchos místicos han acabado por creer que se tratase de un nuevo enigma matemático.

Nos hemos levantado entre los pliegues de sucias sábanas y cortejado a unas damas cuyas virtudes y defectos son proporcionales a los de aquellas mozas que dan color a los salones con sus graciosos bailes, pero sin el elemento divino que hace que las primeras se encuentren a la altura de las estrellas, y que, rodeándolas, formen parte de su luz para andar sobre ellas como si se tratase de su propio cuerpo.

Así, en esa noche en que finalmente hemos roto el cascarón superficial que nos impedía ver la enorme oquedad e interminable confusión de grietas vacías que pueblan las almas más errantes, en esa noche en que los sueños nos han negado su presencia, hemos acudido como inválidos al arcón, a la buhardilla, y allí concertando una cita improvisada con el sacerdote espiritual, acabamos por utilizar su voz para descargarnos la miseria que llevamos años arrastrando, miseria que en muchas ocasiones asusta con vetarnos para siempre la confesión exculpadora en el seno mismo de la Iglesia.
Y de manera muy oscura, tal como los ritos de los histriones en los valles desolados, tratamos con el Demonio y con su musa, nos ocultamos de nosotros mismos, nuestra imagen siendo confundida por la niebla opiácea de la melodía.

Los aquelarres ciegan con crueldad y parsimonia, y en las orgías en que creemos vernos reflejados, un fuego cavernario se expulsa de entre las entrañas para desaparecer en los hilos de las cuerdas que tocamos con vehemencia.
¡Cúantas depravadas mujeres, arpías de lo desconocido, semblantes ambiguos y cuerpos retorcidos en la marea negra de la embriaguez que pertrecha lo ruin y lo calamitoso, cúantas señorzuelas de la lujuria han tomado con nosotros la última copa mustia en el peor diván de la ciudad, o han fumado la sangría de beleño en el desierto detestado por el día, la claridad y la frescura!

Somos los jeques de la prostitución espiritual, y vendemos y traficamos las pestes del corazón.
Cualquiera que haya tenido entre sus piernas la falda grotesca de la lira o el arpón venenoso del violín sabe a que me refiero, pues es la música la sustituta de la negrura con la que uno se levanta cada mañana.
Poesía, música, literatura, los dardos de la fantasía que se aolja en las almas que nacieron entristecidas, que no pudieron contestar al mundo con la afirmación de su inteligencia, que se vieron confinadas al silencio, al martirio, a la estupidez.

Es por eso por lo que no dejo de preguntarme qué maleficio puede respirar en los placeres del intelecto, qué descabellada idea diabólica ha arremetido y dado vida a la trompeta y al tambor, y cómo éstas han seducido e incluso arrancado el espíritu a grandes hombres, cómo éstos han vendido lo más intenso y profundo de su ser a una planta alucinógena producto de una soberbia y dulce maldad.
La naturaleza ha dotado con el arte al hombre vacío de la misma manera que una madre dona a su hijo una gran suma de dinero para ayudar a que se recupere de su infinita enfermedad.

El juez implacable.


En algún lugar escribí, en algún papel que ahora debe andar durmiendo bajo el polvo, la siguiente frase: “La madrugada que nos levanta del sueño despierta también nuestras angustias. La noche es la hora de la honda confesión. El insomnio es juez de nuestras oscuridades. Pues es en la soledad donde también nos mostramos puros, y donde no existe apelación posible, donde se hace justicia sin ninguna compasión”.

Todos los insomnes egregios, (entre los que sobresale uno que, si bien no es egregio en materia del pensamiento, sabe mucho acerca del sufrimiento y de las noches en vela, quizás su mayor e incluso única virtud, estoy pensando en Émile Cioran), han comprendido que el insomnio no puede ser otra cosa que un pago por ciertas actitudes contrarias a la vida, por astutas y peligrosas imbricaciones en los terrenos metafísicos de la realidad, que, lejos de ser ámbitos neutrales donde practicar la ciencia, se revelan muchas veces como auténticas divinidades en las que el contorno físico del mundo pierde sus conexiones de causalidad para devenir destino meditado.

En efecto, el insomnio no tiene otro sentido, aparte de este terrible pago por la lucidez, que el de continuar el hilo de la consciencia que, una vez implícito en el sueño, se pierde para retomar nuevo y distante. Cada día se distancia del anterior por esta breve cortina de sueño en la que perdemos gran parte de nuestro tiempo vital. El descanso, tan necesario y a la vez tan pernicioso, pues en él se condensa más de un tercio de nuestra vida, aparece truncado cuando ése juez del que compartimos su maldito destino ha decidido no sellar aún el día y continuar el lamento amargo hasta la misma desesperación.

Parecería entonces que el descanso viene a ser un antídoto contra las cargas de la jornada, contra la acumulación en nuestra alma de los dolores que el día, desde que se levanta con la aurora, hasta que muere en el ocaso, acomete sin pausa. Por ello es por lo que el insomnio es una especie de castigo, pues extiende más allá de su límite el tedio insoportable del día consumado hacia la noche desbaratadora, donde perdemos la continuidad con la jornada siguiente y al mismo tiempo entramos en la desoladora conciencia de vagar inútiles una noche en la que amablemente podríamos estar recuperándonos para soportar el peso propio del día siguiente.

Con todo esto no está dicho nada sobre el insomnio ni tampoco sobre el sueño: éste no es solamente regenerador, sino, en una medida extrema, sinónimo de la muerte. Cuando nos fijamos en esos ancianos que pasan la mitad de su jornada durmiendo, como por ejemplo, yo mismo, cuando en uno de esos días en que parece que un manto de pereza y aburrimiento ha caído impasible sobre nuestros cuerpos, nos percatamos de la función intencional que reside en la voluntad de dormir: por eso el depresivo trata de hacerlo el mayor tiempo posible, pues teme la conciencia, a la que está asociado sin reparo alguno el dolor de la existencia.

Pero también aquí vemos la cara lúcida del insomnio; cuando nuestro juez nos levanta para resolver asuntos que sólo a la luz de la oscuridad resplandecen con brillo propio, en esa hora en que el mundo duerme y uno cree que puede aprovechar ese tiempo dilatado y silencioso para aventajar al prójimo y a uno mismo en sus meditaciones.

Nada de esto me ha sucedido a mí esta noche. En su lugar, cargado de diferentes sustancias tóxicas y medicamentos, he tratado de matar el insomnio en mí, hastiado del día inacabable. Pero el juez ha sido implacable: debo permanecer despierto mientras sufro la imposibilidad del descanso y permanezco en la apertura de la conciencia, junto con sus dolores.
Pues la muerte y el sueño no son solamente oscuridad y tinieblas, sino medicina sabia contra los estragos de esta vida.

domingo, noviembre 26, 2006

La fragilidad del pensamiento.


"No vivas como si fueras a vivir diez mil años. Tu destino está pendiendo. Mientras estás vivo, mientras es posible, hazte bueno". (Marco Aurelio, Meditaciones, 4.17).


Este siglo nuestro está vacunado y curado del “mal” de la inocencia. Que se haya desterrado de tal forma todo tipo de proyección espiritual y que ello haya sido perjudicial o no, de momento no lo tendremos en consideración. Lo cierto es que es un hecho incontestable, y en cuanto que tal, ineludible de cara a nuestra propia identidad.

El desplazamiento del alma hacia su centro de gravedad, el cuerpo, no es en este sentido casual. No es difícil comprobar que esta tendencia hacia la corporalidad es un intento por amarrar lo infinito que hay en el alma a lo mortal de lo que se enorgullece la carne. Y así hemos llegado a saber, no sin dolores, que todo pensamiento tiene su nacimiento y desarrollo, y que en su evolución natural no dista en exceso del crecimiento propio de la planta o del animal, que así como ellos, también tiene sus períodos de madurez y de esplendor, y por tanto, sus degradaciones químicas, sus propios marchitares, y que si podemos hablar de la podredumbre de una planta, por qué no deberíamos hacerlo de la corrupción de un pensamiento.

Lo que nuestra época ha llegado a marcar en su piel no es sino la conciencia de fragilidad. Tal fragilidad funciona como un centro de gravitación que impide a la ilimitada especulación del hombre un vuelo sin suelo, un acontecer sin espacio ni tiempo, y de ese modo se convierte en una especie de red o tela de araña que confina todas las excrecencias del espíritu a la localidad pura de su carne.
La vida entera del pensador es un intento desesperado por dar vida al pensamiento, un aliento y potencia propios y particulares que puedan desplegarse de sus manos con la fuerza inherente de todo lo que en sí mismo es sustancia independiente.

En el señuelo de esta grave melancolía platónica nace la remembranza de un espacio utópico en el que el alma individual se desplegaría en la universalidad del concepto. La esperanza de nuestro pensador idílico es que ese lugar no sea una mera imaginación, sino de veras un sitio en el que se den lugar las grandes palabras que convocan la esencia de la humanidad.

No es extraño entonces ese afán de despojarse del cuerpo que caracteriza los pensares de Platón y Pitágoras, como principales ejemplares de este filosofar; pues en cuanto que aspiramos a la universalidad y al mismo tiempo hemos de atender nuestro extraño cuando no inexacto y amorfo cuerpo, que a medida que pasan los años va cargándose de mayores imperfecciones, no podemos dejar de sentir un profundo menosprecio y su correspondiente tristeza ante esta cárcel del alma que es lo que precisamente le da cobijo.

Pero nosotros hemos alcanzado ya una madurez que nos separa definitivamente de Platón y sus secuaces. Tal madurez vuelve a ser una incógnita, y en ello reside tanto la esperanza como la desesperación. La madurez del fruto que con toda su energía absorbe la luz solar está a un paso de su próximo marchitar. Y a menudo, la ancianidad del pensamiento se confunde irremediablemente con el ocaso de su fuerza.

sábado, noviembre 25, 2006

De la ironía y la tragedia.


Nuestras intenciones suelen ser traicionadas por el puro azar de la acción que se pone en marcha con la reflexión. No hay nada que distinga tanto la presencia de la vida, es decir, el principio activo que forma una única substancia con el hombre, que esa desgracia divina de la ironía, que tiende a regular y a asimilar todos los esfuerzos y todas las mezquindades humanas en un mismo ámbito, resignándonos a la siempre admisión de una derrota que se perpetúa circularmente en torno a cualquier acción finita.

Y así es como la vida en su actividad más representativa vuelca lo cómico en desgracia, lo fútil en insospechada utilidad, lo honradamente valioso en pura inanidad. Esta capacidad insólita no deja de ser sorprendente aún cuando la costumbre nos haya habituado a ella. Parece que en efecto, la legalidad de la naturaleza no consiste tanto en una especie de justicia universal que compensara de forma seria la vida y su sentido, sino que, por el contrario, al fondo de todo se hallase la carcajada, la burla, la ironía descabellada.

Recordamos así a ese tipo serio que fue Odon Von Hörvath y que falleció absurdamente dando su paseo habitual, bajo una malévola rama de árbol que segó su vida inesperadamente. La frase de Pascal de que todos nuestros males nos suceden por salir de casa no sirvió de nada a ese otro gran querido filósofo que fue Maurice Merleau-Ponty, que, tras pasar toda su vida buscando un ser escurridizo, y de ese modo negando sin cesar el pensamiento clásico cartesiano, murió de un ataque al corazón mientras estudiaba a su acérrimo enemigo, Descartes. O qué decir del jovial, fuerte y vigoroso Nietzsche, cuya frágil existencia parecía un castigo de los dioses contra su hybris desmesurada.

No, no existe ningún lugar a resguardo de la esencia irónica de la existencia; el pago es universal y no existen excepciones. A los que se toman de forma poco seria la vida ésta misma les acomete un giro trascendental que les hace convertirse en los hombres más sombríos; a los que se enorgullecen de jugarse el pecho en cada decisión más tarde son sometidos a una vergüenza social que los desnuda ante el gran público al que siempre trataron de impresionar con sus oscuridades.

En efecto, esta legalidad cómico trágica de la existencia ha sido desarrollada a fondo por los payasos, los cómicos y los humoristas. Y como todo buen humorista serio sabe, la comicidad es la otra cara de la tragedia. Y por eso el enorme sufridor que fue el danés Kierkegaard pudo decir, tras sus excesos y sus bromas, esa frase que vuelca el cielo de lo amable en seriedad consternada, esa dualidad que presenta la vida a un mismo tiempo, pues ella, como Kierkegaard, bien podría decir: “Soy Jano Bifronte. Con un rostro río y con el otro lloro”. O quizás sea más preciso afirmar que todo se hace con el mismo.

martes, noviembre 21, 2006

El vuelo del ave


Una vez salí de mi estancia de reposo en el balneario de Tubinga, pude de nuevo reanudar mis actividades cotidianas, aquellas incluso que son más ociosas, y así, visitar el antiguo condado del norte de mi tierra, característico por sus empedradas calles y la dispersión de sus aldeas. Cierta tarde, cuando el Sol ya parecía declinar, observé en el nido de un árbol los esfuerzos de una cría de pájaro ya en calidad de volar, y tras varios intentos, así lo hizo, alejándose poco a poco de su lugar de nacimiento.

Pero, ¡he aquí una paradoja natural! Pues su madre, envenenada probablemente de algún gen maldito que la Naturaleza disemina en algunos tiempos y lugares, salió tras el pollito alegre y fuerte, experimentador de las cosas que le rodeaban, y con malicia asombrosa, comenzó a picotear el cuello de su hijo, el que reanudó más veloz el vuelo de sus cortas alitas, y ante esto la madre asesina giró su veloz ojo para ocuparse asimismo de un ala, y luego de la otra, y la sangre y el dolor en forma de alarido del pequeñuelo no tardaron en verse. Siguieron ambos el vuelo, pero circularmente, en torno al árbol y la madriguera, durante no poco tiempo. Finalmente, y tras un minúsculo graznido de pena y horror, el pajarito cayó liquidado entre el río de hojas otoñales, su cabecita frita y sangrante.

Y lo que siguió a eso originó en mi tal miedo y malestar que huí frenéticamente de aquel diabólico y enredado lugar, pues, después de mirar a todos lados, los ojos de la bestia, tras un fugaz rayo temporal, apresaron al pobre animal, y sus garras lo despedazaron.

Más tarde, caminando boquiabierto sin poder borrar de mi mente semejante atrocidad, concluí que lo sucedido no era sino una metáfora, una tormentosa simetría del lugar que ocupamos en este mundo. Porque si bien nuestra peculiar especie ha evolucionado, y se ha mantenido a distancia considerable de los peligros que en la era primitiva la cercaban, apenas se le ha ocurrido huir de la cuna, cuando su madre la ha acribillado a picotazos. Nos creemos conscientes y libres, vaticinamos proyectos que tengan sentido en el futuro como el pequeño pájaro que vuela instintivamente hacia un lugar mejor; nos ilusionamos con tener ideas propias, creamos para ello toda una serie infinita de artefactos, muchos de ellos inútiles, irreales; tememos a la muerte y no la aceptamos por nuestro instinto de supervivencia...

Cuando la consciencia se emancipó del cerebro, cuando la consciencia soñó con poder volar, fue entonces cuando el golpe nos dejó paralíticos, cuando la embolia sanguínea amenazó tan brillante creación.
Hemos inventado poderosos sistemas de pensamiento, pero el pico asesino de lo orgánico ha vuelto por nosotros. Neuronas, encéfalos, insectos, tormentas, fuerzas electromagnéticas, incluso el espacio mismo buscan nuestra consciencia, buscan la muerte de nuestra consciencia, ponen un precio a la cabecita del pájaro volador.
Fíjate en la historia de Jesucristo, cómo para que el alma vuele ha de morir el cuerpo, como para que la consciencia despierte, hemos de pagar con nuestras mejores cualidades, como para que el genio se satisfaga, su cordura ha de vender.

Reflexionando sobre esto, caí en al cuenta de que no podría decidir quién sería la madre en esta historia.¿Sería nuestro propio cerebro, que utilizando nuestra mente cree pretender la supervivencia de la materia de la que está hecho? ¿Es la Naturaleza la que persigue a toda costa la muerte del pequeño? ¿O quizás no haya madre en la historia, y sea el pájaro el único responsable de su cruenta destrucción? Un suspiro interminable me invadió el alma, y llegué a pensar que debería haber permanecido más, mucho más tiempo en el balneario.

Pesadillas


Esta noche me levanté bañado en sudores y con cierto nivel de fiebre. Creo que aún no se han estimado suficientemente los perjuicios que tienen las pesadillas ni tampoco con qué derecho se encuentran los sueños para poder decidir tan bestialmente sobre nuestra debilitada voluntad.

El primer sueño fue arrebatador. En los sueños de terror es habitual la conexión entre el sexo y el miedo, de modo que no se sabe cuando acaba uno y empieza el otro. En este velo de Maya mi amigo se disponía a cruzar la vía de un tren en el momento en que este se hallaba justamente desapareciendo por su cola, con lo que perdía la vida instantáneamente. Pero el inconsciente no se había cebado conmigo lo suficiente, por lo que procedió a reanudar la historieta macabra desde el principio, con la excepción de que esta vez mi amigo no perdía la vida, sino tan sólo un brazo. Y vuelta de nuevo, el review del video parecía inacabable. De nuevo en el sueño contaba yo el sueño, y de nuevo se repetía. Ad infinitum.

La siguiente toma no varió en mucho la primera, pues el sueño decidió colocarme no muy lejos de donde había ocurrido el anterior, de hecho, tan solo a unos raíles de distancia. Ahora era yo atravesado por hierros incandescentes hasta llegar a las manos de un probable salvador, que, agitadísimo ante la locura en la que yo rayaba al tocar los hierros con las manos, procedió sin más a arrancarme la piel de cuajo, para evitar las posteriores quemaduras, etc, con el consiguiente dolor.

Más tarde el escenario era de todo punto diferente. Me hallaba en un lugar remoto, pues los rayos del Sol caían de manera muy específica sobre la superficie terrestre, y el clima tan típico y característico que no dudé en pensar que mi sitio nuevo de ubicación era cercano a los Polos. Unos blancos felinos que hacia mi se dirigían acabó por confirmarlo. La huida era vital.

En fin, tras muchas disquisiciones, pude llegar a saber que me hallaba en Polinesia, a miles de kilómetros de mi ciudad natal. En ello consistía el terror, pues he de reconocer que me acongoja tan solo la idea de cruzar el Atlántico.

Y así mi inconsciente ha sabido jugar conmigo de la mejor forma que podría hacerlo mi consciente. En los sueños caemos víctimas de nosotros mismos, de una manera muy parecida a como los animistas caen en sus propias trampas alucinógenas o como los malabaristas tropiezan con sus propias fieras. En la vida consciente podemos luchar por nuestros derechos, atisbar una pizca de lucidez, reirnos de nosotros mismos en el éxtasis de la posesión de nuestra libertad. Lo que nos confirma el oscuro mundo de los sueños es que tan sólo somos unos ilusos en las garras de lo irracional, y que ni tan siquiera dentro de nuestros sueños podemos codiciar el poder de poseerlos. ¡Bello regalo de la Naturaleza!